Coahuila
Hace 2 años
El Santo Cristo de la Capilla del Ojo de Agua de Saltillo fue protagonista involuntario de la Guerra Cristera, que envolvió de sangre a nuestra ciudad, y por supuesto al país, tras una ley impuesta por el Presidente de la República, Plutarco Elías Calles.
Dicha iniciativa pretendía acotar el culto y sacerdocio católico. No reconocía la personalidad jurídica a las iglesias, ni de su derecho a poseer bienes raíces; no participación del clero en la política y prohibición de impartir culto fuera de los templos. También planteaba la reducción del número de sacerdotes.
Tres “heroínas” saltillenses desafiaron el mandato constitucional, Brígida García, Jacinta de Anda y Guadalupe Fuentes, en medio del conflicto bélico entre los católicos y el Gobierno federal, no sólo ordenaron con propios recursos la construcción de la imagen del Santo Cristo de la Capilla del Ojo de Agua, sino que fueron por él a Italia y con él regresaron en barco a México, y desde el puerto de Veracruz lo trajeron por ferrocarril a Saltillo.
Valientemente hicieron primero un simulacro para medir la peligrosidad del hecho, rellenaron una caja con ropa y telas, y desde la estación de los Ferrocarriles Nacionales de México, en Acuña y Coss, en un camión de redilas la trasladaron a la casa de las señoritas García, en la calle General Cepeda sur 735, donde comienza el barrio; como no encontraron dificultad alguna hicieron otro viaje, ya con el Cristo famoso, única pieza en el país y tal vez en Latinoamérica, que por algunos años iba y venía de la casa de las García a la iglesia del Ojo de Agua.
La imagen del Santo Cristo que se venera en este barrio fue tallada en madera en Roma, Italia, y traída a esta iglesia en el año 1927.
Entre 1926 y 1929, tuvo lugar esta rebelión abierta en todo el país contra las nuevas leyes de persecución del Gobierno, que fueron formuladas y estrictamente aplicadas bajo el Presidente mexicano Plutarco Elías Calles. La resistencia a las leyes inició pacíficamente, en forma de boicots económicos y demostraciones. Pero en agosto de 1926, levantamientos esporádicos desencadenaron el inicio de la Guerra Cristera, o Cristiada.
Los rebeldes tomaron como su grito de batalla: “¡Viva Cristo Rey!”. Para el Gobierno mexicano, estas palabras proclamadas por muchos cristeros antes de morir en el paredón, era más que una declaración de fe, era un acto de traición.
La Guerra Cristera dejó saldo de 250 mil muertos, y similar cantidad de refugiados hacia Estados Unidos. Tanto el mando cristero como la Santa Sede, su aliada, y los gobiernos de México y Estados Unidos, aliado este a su vez del mexicano, decidieron poner fin a la contienda el 31 de julio de 1929.
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