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Coahuila

El Sarape de Saltillo: una voz tejida

Por Alfonso Yáñez Arreola

Hace 11 meses

Hay objetos que son historia, que sin decir una palabra, narran siglos completos y el sarape de Saltillo es uno de ellos. Es un símbolo que ha cargado, durante generaciones, la memoria de esta capital, que aprendió a tejer su identidad a la misma velocidad con la que tejió su destino. Las ciudades no necesitan monumentos para decir quiénes son; les basta un telar y una pieza de lana. Saltillo encontró en el sarape ese espejo donde reconocerse. Cuando una ciudad adopta un símbolo, lo defiende, lo presume y lo incorpora a su vida.

Hablar del sarape de Saltillo, es hablar de un origen compuesto. Las piezas culturales importantes dificilmente nacen de un solo punto. El sarape de Saltillo, no fue una chispa espontánea que surgió “en una tarde de inspiración” en algún taller local. Su historia está hecha de caminos, de migraciones, de encuentros forzados y de decisiones que marcaron la forma en que el norte de México fue poblado. Durante la Colonia, cuando la Corona española buscaba consolidar su control sobre territorios rebeldes y extensos, trajeron a grupos de tlaxcaltecas para asentarlos en lo que hoy es Coahuila.

Con ellos llegaron nuevas costumbres, alimentos y creencias; llegaron técnicas que no existían en la región, el telar de pedal, el conocimiento de patrones complejos y la disciplina del tejido fino. Todo eso cayó en tierra donde la lana abundaba, donde el clima obligaba a protegerse del frío y donde la necesidad se encontraba con la creatividad. Los habitantes de estas tierras tomaron el conocimiento, lo reinterpretaron e hicieron lo suyo. Así, sin que nadie pudiera preverlo, nació el estilo que hoy, el mundo identifica, como el “sarape de Saltillo”.

La magia de esa prenda está en ese origen compartido, mestizo e híbrido, como casi todo en México; un telar que teje herencias. En el sarape de Saltillo, cada hilo es un diálogo entre los que llegaron y los que ya estaban, entre técnicas mesoamericanas y materiales norteños, entre una visión indígena del color y una adaptación local de la forma.

Ese es el tipo de origen que no cabe en una sola frase turística, pero que explica por qué el sarape se convirtió en algo tan especial.

Durante mucho tiempo, el sarape de Saltillo fue utilidad pura. No era un objeto adornado, era un abrigo frente al viento helado, una manta para dormir, una protección contra el polvo del desierto. Era parte de la vida diaria de arrieros, campesinos, soldados, comerciantes y viajeros. El sarape de Saltillo, no pedía explicaciones, cumplía su función y punto. Pero las piezas verdaderamente significativas siempre acaban trascendiendo lo cotidiano y así ocurrió.

Los viajeros que pasaban por Saltillo durante los siglos 18 y 19 se sorprendían por la calidad del tejido, por la precisión de sus diseños, por los colores que se mezclaban sin perder intensidad. Saltillo, sin planearlo, ganó reputación: la ciudad del sarape fino, del tejido impecable, del diseño del norte. Poco a poco, esa fama se convirtió en identidad.

Sin embargo, ninguna pieza cultural llega al siglo XXI sin polémicas y el sarape tiene la suya, quizá la más debatida: ¿de quién es realmente el sarape?.

Hay algo que nadie puede negar, Saltillo convirtió el sarape en un símbolo identitario, lo hizo suyo. Lo abrazó y lo proyectó a México y al mundo, como parte esencial de su imagen y de su patrimonio. El sarape de Saltillo no necesita proclamarse como tal, simplemente existe y se defiende solo. Porque hay símbolos que no piden permiso, se quedan y este, hilo por hilo, ya tejió su origen y su lugar en la historia.

 

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