Apuntes para el proyecto de un libro sobre mis viajes por el mundo.
El mar y sus puertos nos dan la oportunidad de conocer las más grandes culturas que ahí florecieron. Pisamos cientos o miles de años de historia, donde otros posaron sus pies y navegamos por aguas que osados marinos cruzaron con los barcos primarios en medio de tempestades y zozobras, un ejemplo tácito es el descubrimiento de América y los siguientes viajes de investigación que concluyeron con la conquista de México. Así, el mar se ha convertido en una gran atracción que nos gusta visitar a menudo. Los más grandes escritores han derramado ríos de tinta hablando sobre los mares. Yo solamente contaré los sucesos inolvidables que vivimos o que sufrimos.
¿Siete mares? Creo que son muchos más los espacios de agua recorridos, válgame la aberración, que a lo largo de esta historia irán surgiendo, entre océanos, golfos, ríos, lagunas o esteros. (Presas o embalses)
Desde niño fui “pata de perro” dentro de mi ciudad. Para quienes no entienden el dicho “pata de perro” es aquel que va de un lugar a otro, haciendo grandes caminatas. Un perro sin dueño en procura de comida y hogar, un niño hiperactivo como yo y sin rienda, corriendo aventuras aquí y allá.
Desde niño me gustaba mucho la natación y siempre andaba buscando una pequeña alberca o un charco de los que abundaban en el Saltillo de ayer, para ejercitarme en este deporte, aunque tuviera que sufrir las consecuencias, pues mi madre preocupada me esperaba con la vara con la que curtía la lana de los colchones, para darme una buena tunda.
Así llegué a nadar siendo casi un niño en albercas como la de la Villa Olímpica y la de Arteaga, cuyas inmensas aguas me empequeñecían. El nadar prevaleció por muchos años de mi vida, tanto en el mar como en algunos otros vasos de agua. De 15 años de edad, me tiraba desde los trampolines de la alberca Olímpica y de la de Arteaga. Aprendí a nadar en un pie, en las piletas que doña Jacinta de Anda tenía en el recodo que formaba el callejón del Ojo de Agua, mi barrio, para irrigar su huerta. Con un pie me sostenía y con el otro simulaba que iba nadando a grandes brazadas. No salía del mismo lugar pero logré vencer al miedo y luego nadar se convirtió en mi pasión.
Aprendí a hacerlo al estilo muertito y a flotar libremente. También de perrito y según yo nado de mariposa y otros estilos “olímpicos”. Jajajá.
Pero nunca imaginé que aquel chico desarrapado, pata rajada, habría de viajar por el mundo y menos en barco o en lancha y sumergirme en aguas bravas o tranquilas, surcando los siete mares.
Aquel chamaco, que como muchos de mi barrio, aprovechamos las pequeñas avenidas en las cunetas de las calles luego de la lluvia, para arrojar barquitos de papel con un solo timonel y capitán, como dice Alberto Cortez: el corazón.
Aquel niño que una vez utilizó un traje de marinerito para dominguear, que era el día para lucir “la garra” o el trapo como decíamos en el barrio. Un atuendo de navegante que había desechado algún alumno del Colegio Zaragoza de las calles de Práxedes Peña e Hidalgo.
Era un conjunto de dos piezas color blanco. Un pantalón cortito con un solo tirador (tirante) por dentro de la camisa que al frente tenía una pechera tipo babero cuadrada con líneas que alguna vez fueron azules y plateadas y un gorro de marinero.
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