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Grupo Zócalo
Publicado el sábado, 6 de diciembre del 2025 a las 14:55
Ciudad de México.- El síndrome genitourinario de la menopausia es una condición extremadamente frecuente, pero sorprendentemente poco visibilizada. Surge como consecuencia directa de la caída abrupta de estrógenos —y también de testosterona— que se produce cuando el ovario deja de funcionar. Según la doctora Romina Castagno, especialista en Ginecología y Obstetricia del Hospital Quirónsalud Barcelona, la atrofia asociada a este síndrome aparece en el 90% de las mujeres: el 65% la presenta apenas un año después de la menopausia y el 85% a los seis años. Aun así, muchas desconocen de qué se trata o no relacionan sus síntomas con estos cambios hormonales.
El impacto hormonal no solo afecta al aparato genital, sino también al urinario inferior. La falta de estrógenos modifica la anatomía y funcionalidad de tejidos como la vulva y la vagina, generando sequedad, adelgazamiento de las mucosas, pérdida de elasticidad y molestias durante las relaciones sexuales. La vagina, por ejemplo, pierde su capacidad de ensancharse y lubricarse, lo que provoca dolor, irritación e incluso sensación de mal olor debido a la alteración del epitelio. Al mismo tiempo, el tracto urinario puede presentar nicturia, ardor al orinar o infecciones urinarias recurrentes, mientras que la disminución de tonicidad en el suelo pélvico favorece el prolapso genital.
Además de los síntomas físicos, el síndrome genitourinario tiene un fuerte impacto emocional y relacional. Se trata de un cuadro crónico y progresivo que, sin tratamiento, suele empeorar con el tiempo. Hasta un 72% de las pacientes asegura que interfiere severamente en su vida sexual y, de acuerdo con el estudio CLOSER, más del 60% reporta alteraciones en la libido o dificultades para acercarse a su pareja. El impacto también alcanza a los hombres: casi tres cuartas partes evitan las relaciones sexuales por miedo a causar daño, lo que demuestra que este síndrome afecta a la pareja en su conjunto.
A pesar de su alta prevalencia, existen hábitos cotidianos que ayudan a mejorar notablemente los síntomas. Mantener una vida sexual activa —en pareja o en solitario— favorece la irrigación y salud de los tejidos. También son claves una alimentación variada y antiinflamatoria, la actividad física regular, evitar el tabaco y el alcohol, y cuidar la microbiota vaginal mediante prácticas higiénicas adecuadas. Pequeños gestos, como evitar las duchas vaginales o usar ropa interior transpirable, pueden marcar una diferencia significativa.
El abanico de tratamientos disponibles es amplio y permite abordajes personalizados. Para cuadros leves se indican lubricantes, hidratantes y tratamientos hormonales locales. En situaciones moderadas a severas, se puede considerar terapia hormonal sistémica u opciones como el Ospemifeno, un modulador estrogénico oral. La medicina regenerativa —como láser, radiofrecuencia o terapias con células madre— también muestra resultados prometedores. Sin embargo, el mayor obstáculo continúa siendo la falta de información: solo el 25% de las mujeres consulta por este problema y apenas el 11% de los profesionales lo aborda de manera espontánea. Como señala la doctora Castagno, “nadie cura lo que no pregunta o lo que no conoce”. Promover el diálogo y la educación es, hoy más que nunca, parte fundamental del tratamiento.
Información por El Heraldo de México
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