Miguel Riquelme vive su último año al frente del estado. En ese trecho, los gobernadores preparan su salida, dejan de soñar y se ubican en la realidad. Antes de la alternancia en Los Pinos, su destino era el retiro, un puesto federal o un escaño en el Congreso. Elevar la mira resultaba políticamente suicida, pues el Presidente nombraba sucesor a un miembro de su Gabinete para cuidarle las espaldas. Ernesto Zedillo cambió las reglas del juego: rompió con Carlos Salinas de Gortari, quien después del encarcelamiento de su hermano Raúl se exilió en Irlanda; interpuso una “sana distancia” con el PRI y posibilitó el cambio de partido en el poder con una reforma política.
La alternancia jugó en favor de los ejecutivos locales, quienes dejaron de depender del Presidente. Libres del yugo, crearon sus propios feudos y ya pudieron aspirar a la silla del águila. Tres de los cuatro últimos presidentes fueron antes gobernadores o su equivalente. Vicente Fox (Guanajuato) no era el favorito del panismo tradicional, pero su carisma y activismo le permitieron convertirse en el primer jefe de Estado y de Gobierno contrario al régimen. Derrotó a Francisco Labastida (PRI) y a Cuauhtémoc Cárdenas (PRD), exgobernadores de Sinaloa y Michoacán. En la sucesión de 2006, la mayoría de los aspirantes también habían encabezado gobiernos locales: Andrés Manuel López Obrador (Ciudad de México) y Roberto Madrazo (Tabasco). El triunfo correspondió a Felipe Calderón, quien había sido derrotado en las elecciones para gobernador de Michoacán en 1995.
Fue justamente en el sexto año de Gobierno cuando Enrique Martínez acarició la idea de ser Presidente, y para ello se afilió al Tucom (Todos Unidos contra Madrazo). El grupo se formó para impedir que el líder del PRI, Roberto Madrazo, impusiera su candidatura. El bloque estaba formado mayormente por gobernadores o quienes ya lo habían sido: Arturo Montiel (Estado de México), Miguel Ángel Núñez (Hidalgo) y Tomás Yarrington (Tamaulipas). Montiel ganó las encuestas, pero declinó la nominación al ventilarse una parte de la riqueza y los negocios que fabricó durante su sexenio. Sin el apoyo de los estados, Madrazo solo obtuvo 9.3 millones de votos, muy por debajo de Calderón (15 millones) y López Obrador (14.7 millones).
Enrique Martínez perdió el control de la sucesión por el despiste. La candidatura le correspondía en teoría a Alejandro Gutiérrez, quien seis años atrás había abandonado la carrera para no fracturar al PRI. La división habría favorecido a la primera gran coalición opositora formada por el PAN, el PRD, el Partido Verde y el PT, cuyo abanderado era Juan Antonio García Villa. Martínez incorporó a su equipo a una figura nueva y carismática: Humberto Moreira, cuyos servicios pagó con la Secretaría de Educación Pública y la Alcaldía de Saltillo.
Moreira regaló a Martínez el oído y estimuló sus aspiraciones presidenciales. El Gobernador hizo la vista gorda con “el joven maravilla” desde que era secretario de Educación. Cuando Moreira ya ocupaba la Alcaldía, la Procuraduría de Justicia desactivó una denuncia en su contra por haber excedido el gasto en comunicación social que lo habría eliminado de la competencia. Moreira donó equipo usado y lámparas de desecho a varios ayuntamientos como parte de su precampaña. La remodelación de la Casa Purcell le sirvió de pretexto para plagar el estado de anuncios con la aquiescencia del Instituto Electoral. Cuando Martínez quiso frenarlo, ya era demasiado tarde. Coahuila pagaría con deuda y múltiples desmanes el descuido y los sueños presidenciales del Gobernador.
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