“Me contó que la mamá de Marilyn Monroe había nacido en Piedras Negras”.
Varias veces busqué en Chiconcuac el mismo suéter que se compró Marilyn Monroe cuando vino a México en febrero de 1962. Por más que enseñaba la foto tomada por George Barris en julio de ese mismo año en las playas de Santa Mónica, los del mercado me decían que de esos ya no se hacían. Ciento treinta pesos había pagado la actriz por ese cárdigan en lana de borrego con figuras geométricas.
Hasta a Gualupita Yancuictlalpan fui a dar para buscar al artesano Juan Martínez, en cuyos talleres supuestamente lo habían tejido. Pero nadie me supo dar razón. Estaba tan decepcionada que incluso pensé en tejerlo, claro, no me hubiera quedado igual. Años más tarde me enteré que se había subastado por la casa Christie’s en 1999 por 167,500 dólares.
El 22 de febrero de 1962 yo tenía 16 años y era una ferviente admiradora de Marilyn Monroe, al grado de esperarla a las afueras del hotel Continental Hilton (a unas cuadras de mi casa), donde se hospedaría en la Ciudad de México. Para entonces ya había visto “The Seven Year Itch” (1955), “El príncipe y la corista” (1957) y “Gentlemen Prefer Blondes” (1953). Para entonces ya se había casado con el beisbolista Joe DiMaggio y con el dramaturgo Arthur Miller.
Me encantaba su estilo tan provocativo y su voz tan única y especial. Recuerdo que afuera del hotel había centenares de fotógrafos que se encontraban allí desde las diez de la mañana. Pasaban las horas y Marilyn no llegaba. Sus fans ya estábamos desesperados, cansados y hambrientos porque ya eran más de las cuatro de la tarde. Cuando estábamos a punto de irnos de pronto apareció por un elevador con una copa de champagne en la mano derecha y, claro, los fotógrafos se le echaron encima. Me acuerdo que llevaba un vestido de algodón entre verde y amarillo, sin mangas y con el cuello en “V”. Su pelo rubio platino se le veía precioso.
Eran cerca de las seis cuando me fui a la cafetería. Cerca de mí, en la barra, estaba un joven, quien al verme sola me saludó muy amable. Para mi sorpresa, resultó ser el peinador de Marilyn Monroe, George Masters, quien hablaba perfectamente español. No lo podía creer.
Sin más empezó a platicarme: me contó que la mamá de Marilyn había nacido en Piedras Negras. Que en 1953, Monroe había venido de vacaciones con Joe DiMaggio y que después volvió a México, a Ciudad Juárez, para divorciarse del escritor Arthur Miller. Que Marilyn quería comprar unos muebles en Taxco, estilo colonial. También comentó que al día siguiente irían a comer a casa del Indio Fernández. Y que dos días después pensaban ir a Chiconcuac, camino a Teotihuacan, para que Marilyn comprara uno de esos suéteres tejidos de lana de borrego. Yo estaba feliz con todo lo que me contaba y entre más platicábamos más bebíamos unos cocteles “Margaritas”, deliciosos. De pronto me preguntó: “¿Sabe que la FBI sigue cada uno de nuestros pasos? Incluso unos agentes federales aseguran que estas vacaciones de Marilyn están asociadas con miembros del Grupo de Americanos Comunistas en México. Isn’t that crazy?”, me cuestionó, con sus ojos muy azules. Le dije que sí.
Después le pregunté si era cierto que Marilyn tenía un novio mexicano, José Bolaños Prado. Me contestó que sí, que un día antes por la noche le había llamado por teléfono y que se quedaron platicando mucho rato. “Pobre, ella sigue pensando en el amor, pero en eso no ha tenido mucha suerte. Esta estrella tan famosa y adorada por sus fans llegó al mundo, si se puede decir, sin una estrella en su frente…
¿Sabía que Monroe es una lectora voraz? Tiene más de 400 libros. Para este viaje quiso traerse algunas novelas de Tennessee Williams y de Fitzgerald. De verdad que es una mujer muy entrañable, muy inocente. ¿Verdad que tiene cara de niña? A mí me da mucha ternura. Es muy vulnerable y buena persona. Ayer me pidió que le metiera en un sobre diez mil dólares que piensa donar a la Sra. López Mateos, la primera dama, para el Instituto Nacional de Protección a la Infancia. ¿Le gustaría venir con nosotros a Xochimilco?”, me preguntó. “Me encantaría”, le contesté.
Le dí mi teléfono, nunca me llamó. Seis meses después, el 4 de agosto de 1962, a los 36 años, Marilyn Monroe amaneció muerta en el 12305 Fifth Helena Drive en el vecindario de Brentwood, de Los Ángeles. Dicen que tenía puesto su suéter de Chiconcuac.
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