Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
En febrero de 2027 llega el Metro al Aeropuerto de Monterrey: Samuel García Lamenta Gabriel Elizondo fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas Checo Pérez pone fecha a su adiós: disfrutará sus últimos años en la Fórmula 1 Despiden a El Komanche en Monterrey con pizza y música de Bad Bunny Muere el ‘Monstruo de Atizapán’ en prisión de Edomex

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Coahuila

El telón de la Independencia, un reflejo contradictorio de la historia

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 1 año

El 28 de septiembre de 1821, un telón se abrió de golpe revelando una sala de espejos donde nos vemos reflejados de manera contradictoria: por un lado, desdeñosos de la memoria que nos ata a nuestro pasado y, paradójicamente, por otro, como únicos y universales herederos de ese testimonio.

La firma del Acta de Independencia del Imperio Mexicano consolidó la promesa de un país que aún estaba naciendo, un inicio que no fue un final, sino un nuevo rumbo en el que la libertad se convirtió en tarea cotidiana.

Para entender ese instante debemos remontarnos a las mareas largas de la historia: el Grito de Dolores (1810) encendió una chispa que liberó las voces y voluntades de los insurgentes que soñaron con un México sin dueños de su destino. El Plan de Iguala (1821) y el Tratado de Córdoba fueron los pasos formales hacia la independencia, y el Acta de Independencia del Imperio Mexicano la posibilidad de convertir “el grito” en libertad y soberanía.

La palabra “independencia” aquí no suena como un júbilo único, sino como una conversación entre contradicciones. Por un lado, la satisfacción de desprenderse de un dominio extranjero; por otro, la inquietud de construir una nación sin que una sola memoria se extravíe. El acta no fue sólo un papel, sino la declaración de que México podía imaginarse a sí mismo como sujeto de derecho y deber, un cuerpo que se define por la posibilidad de pactar un destino común.

La libertad y la nación se entrelazan en un baile de palabras y acciones. Las frases que recorren el texto del documento cubren de significados la promesa de la “felicidad” de la nación, una felicidad que no es júbilo único, sino acuerdo inacabado entre memorias diversas. La felicidad descrita no es un premio concluido, sino una tarea compartida: que quepan en la casa común las voces de pueblos originarios, de comunidades y culturas que habían sido relegadas.

El otro eje simbólico descrito es el “imperio”. En la oración “Imperio Mexicano” late un intento de ordenar un territorio vasto, de cohesionar una identidad; no es sólo la gloria de un estado central. El imperio, entendido como estructura, nace y debe reconciliar dos fuerzas contradictorias: la necesidad de un marco estable y la exigencia de una voz que no se quede fuera del consejo de la historia, hacer memoria de las tensiones que habían de continuar por la centralidad, la prolongación de las tradiciones y la urgencia de reinventar los conceptos.

¿Qué representa la firma del Acta de Independencia del país en el ahora? Representa, primero, la promesa de soberanía: el derecho de un pueblo a decidir su destino sin tutelas extranjeras, una promesa que aún exige vigilancia, memoria y participación. Representa, en segundo plano, la complejidad de caminar con una pluralidad que no es asimilable en una sola melodía. México nació de una síntesis de tramas culturales, de lenguas que hablan en distintas cadencias, de saberes que se transmiten en mercados, templos y calles. Esa diversidad, que el Acta de 1821 trató de reconocer en un marco de unidad, hoy reclama una democracia que no olvide la justicia social, que no olvide a las comunidades históricamente invisibilizadas y que haga de la libertad un derecho que no se negocia.

Celebrar el 28 de septiembre de 1821 hoy significa abrazar la soberanía sin perder la humildad ante la complejidad de la historia, significa reconocer que la felicidad colectiva no es un destino fijo, sino una práctica diaria: participación, derechos reconocidos, reparación histórica, memoria activa. Significa entender que el proyecto de un imperio, si es que se comprende como una forma de cohesión, debe ser, ante todo, un marco que permita la pluralidad, y no el dominio de una sola voz.

El país que se pretendía libre en 1821 continúa en un largo trabajo de reconciliación con su pasado, de reconocimiento de sus deudas con las comunidades originarias. Es, por tanto, una lección de historia que nos invita a reflexionar que la libertad no garantiza por sí sola la justicia, ni la autodeterminación, automáticamente, la equidad.

Notas Relacionadas

China, los BRICS y la hegemonía del dólar

Hace 2 horas

Rumbo al 3 de noviembre – Entre predicciones y kamikazes

Hace 2 horas

Contratará IMSS a 150 médicos especialistas para Coahuila

Hace 9 horas

Más sobre esta sección Más en Coahuila

Hace 2 horas

China, los BRICS y la hegemonía del dólar

Hace 2 horas

Rumbo al 3 de noviembre – Entre predicciones y kamikazes

Hace 9 horas

Confirmado y amarrado