¿Cuántas personas se alteran al escuchar sonar la alarma por la mañana, ya sea porque justo sonó cuando estábamos en medio de un sueño muy bonito o porque estábamos durmiendo muy profundamente y nos despertamos de manera muy brusca?
Yo, por ejemplo, para poder despertarme y levantarme, necesito poner varias alarmas y varias veces. Desde siempre me ha gustado mucho dormir. De pequeña (e incluso no tan pequeña) me dormía en muchos lugares: viajando en carro, autobús, avión o en barco (el movimiento me arrulla), en la playa con el calor del sol y el ruido de las olas del mar, viendo una película o en una siesta, entre otros.
No, no me gusta dormir por pereza. Mis días están llenos de compromisos personales y profesionales, y me encanta estar ocupada y tener muchas actividades. No duermo por aburrimiento. Para mí, hay algo mágico en dormir. Nuestras células se regeneran y nuestra energía se recarga. Al despertar, si hemos dormido bien, deberíamos sentirnos como nuevas y nuevos.
Así es. Cada despertar es un nuevo inicio. Cada día, al abrir los ojos, nos enfrentamos a una de las decisiones más importantes: ¿cómo vamos a querer que sea nuestro día? Claro, a lo largo de nuestra jornada pueden pasar muchas cosas, y frente a cada una de ellas también está en nuestro poder decidir cómo las enfrentamos, cómo les sacamos provecho, qué aprendemos de ellas.
Cada momento que vivimos, en el momento en que lo vivimos, es lo único que tenemos. Es nuestro presente. Pero muchas veces, estamos en otros lugares. Y no me refiero a espacios físicos. Me refiero más bien a que no estamos viviendo ese presente.
No lo vivimos porque aún estamos arraigados al pasado. Quizás no superamos algo que ya vivimos y que, seguramente en muchas ocasiones, nos dolió mucho. Puede ser algo que todavía atormenta nuestra mente, demasiado ocupada en darle mil vueltas a un asunto, buscando una explicación, una justificación, claridad. Simplemente, no podemos aceptar lo que en algún momento pasó, como algo que era necesario para nuestra evolución personal. Quizás no era lo que queríamos, pero muy probablemente era lo que necesitábamos. Y ahí seguimos, viviendo en un pasado que, aunque nos haya enseñado algo y dejado un legado importante, ya no existe.
Tampoco vivimos el presente cuando nuestro corazón se llena de miedo por algo que nuestra mente piensa que supuestamente podría pasar (y que, pero no ha pasado todavía y quizás nunca pasará). En este caso, vivimos en un futuro, del cual no sabemos si llegará, ni cuándo, ni cómo.
En ambos casos, nuestra mente nos lleva a un tiempo que no existe. Y perdemos lo único que tenemos: el presente. Perderlo significa también no vivir plenamente con las personas que están en ese momento.
Vivimos arrepentidos de lo que podríamos haber hecho por las personas que en algún momento quisimos, que estuvieron con nosotros (y que ya no están) y para las cuales nunca teníamos suficiente tiempo (simplemente porque no eran nuestra prioridad en ese momento). Y tampoco vivimos plenamente con las personas que están en nuestro ahora, pensando que mañana, pasado mañana, el próximo mes o en otro momento más oportuno, les daremos esa atención, cariño, tiempo y cuidado que les prometimos. Porque es fácil decir que queremos a alguien, pero no es tan fácil estar presente ahí para demostrar ese cariño con disponibilidad, reciprocidad, afecto y atenciones.
Ojalá aprendamos a vivir más en nuestro presente, los momentos, las personas, las oportunidades, las aventuras, los aprendizajes. El presente es lo único seguro que tenemos. Y cada día, al despertar o al tomarnos nuestra taza de café, decidimos qué rumbo darle a nuestro presente y en qué tiempo queremos vivir.
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