En un ambiente de institucionalidad, ese antinatural estado de las cosas que distingue a Coahuila, no sólo a su clase política sino a gran parte de la población en su vida cotidiana, tomó protesta la Legislatura LXIII el pasado lunes en el Congreso del Estado.
Si en otras entidades tomar casetas de peaje, extorsionar al comercio, suspender clases en escuelas, bloquear vías de comunicación o arrojar cuerpos en la vía pública es su manera de negociar y “entenderse”, en el nuestro la concertacesión es la moneda de cambio. Criticable, tal vez, aunque legítima y funcional en cuanto genera gobernabilidad y gobernanza.
En dicho escenario los nuevos diputados locales presentaron su discurso inaugural donde de manera unánime, los siete partidos con curul, se comprometieron a no ser una piedra en el zapato, para el Poder Ejecutivo primordialmente, por el simple hecho de existir y representar en los hechos una cosa que se llama oposición. Además de madurez y altura de miras, los siete legisladores que usaron la tribuna para dar su mensaje mostraron disposición a usar la mano izquierda y la mano derecha según la ocasión.
Algo completamente distinto a lo que sucede con el vecino Nuevo León, para dimensionar, donde Congreso y Gobernador protagonizan una pelea de perros, o también opuesto a eventos del pasado, como la toma de posesión de Rubén Moreira en 2011, donde hubo disturbios y connatos de violencia en el exterior del Palacio Legislativo.
En ese contexto de actual “Pax Priista”, sin embargo, destaca un personaje que, al menos por ocho días, ocupará el asiento que corresponde al Partido del Trabajo por la vía plurinominal.
Se trata de Antonio Flores Guerra, quien, en el aspecto simbólico, pretende ocupar el lugar que algún día correspondió a Guadiana Tijerina en la cultura popular local, como el representante de sombrero, nativo de la Carbonífera, multimillonario gracias a la explotación del mineral y la mano de obra de la región, con los usos y costumbres de aquella zona magnificados y hasta estereotipados, por no decir caricaturizados.
“Provengo de la cultura del esfuerzo (…). Me formé en el difícil trabajo del campo (…). Desde mi infancia cuidaba chivas, reparaba cercos ganaderos, arreaba vacas y montaba a caballo, este sombrero que porto no es un adorno, ha sido desde que tengo uso de razón una herramienta indispensable de trabajo que me protegía de los constantes rayos del sol y el viento helado de la sierra de Santa Rosa de Lima”, expresó el diputado por el PT.
Aunque no dijo lo más importante: “hasta que la 4T me adjudicó directamente 3 mil millones de pesos en contratos de carbón con CFE de 2021 a la fecha, sin tener siquiera ese mineral, y lo más relevante: sin pasar por ningún proceso de licitación pública” (el entrecomillado es mío).
Esto último, por supuesto, nada tiene que ver con meritocracia y sí con un capitalismo de cuates y tráfico de influencias. Pedir licencia al cargo que acaba de protestar, a ocho días de asumirlo, para buscar la candidatura a la Presidencia Municipal de Múzquiz que encabeza su hermana, en cambio, es nepotismo.
Por lo demás, una cosa es representar al pueblo, y ser por tanto representante popular, y otra muy distinta el abuso del concepto “pueblo”; a esto último se le llama populismo y demagogia.
En la historia existen innumerables casos. Uno de los más distintivos, por ejemplo, el “Chávez es pueblo” usado en 2012 por el entonces Presidente de Venezuela en la enésima campaña por la reelección.
El símbolo para tener valor debe significar algo. Abstraer una idea. No basta un cascarón hueco con el letrero “El diputado del pueblo” para serlo. Enunciar y manifestar no es suficiente para convertir en realidad. Las disonancias cognitivas importan.
Cortita y al pie
En ausencia física de “El viejo del sombrerón”, acaecido el 26 de diciembre, Antonio Flores Guerra se autonombró “El viejón del sombrerón” seis días después.
Sí, es un voto de 25 posibles. Bancada de un integrante. No obstante, ¿puede transmutar el poder por el solo hecho de ocupar con palabras una vacante?
La última y nos vamos
¿Es importante lo anterior para una sociedad como la coahuilense, considerando que sólo 47 personas vimos la transmisión de la sesión solemne?
Quizá no, pero el periodismo es registro y memoria.
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