Lo peor que puede ocurrirle a un aspirante a mago es que, de tanto repetir el mismo número, el público acabe por fastidiarse o descubrir cuál es el truco utilizado para hacer aparecer al clásico conejo en el sombrero de copa. Para que un acto de magia funcione como espectáculo es indispensable que contenga el factor sorpresa. De no ser así, la sala se vuelve un bostezo colectivo, cuando no un ensordecedor abucheo o el abandono en estampida.
Quienes tengan edad para hacerlo, recordarán seguramente a un mago comediante muy popular en la televisión, Beto “El Boticario”. La gracia de Beto consistía en que después de hacer uno de sus trucos, fingía un descuido y descubría la forma, casi siempre muy simple, en que realizaba el supuesto acto de prestidigitación.
Hace unos días, después de leer los periódicos, recordé a Beto “El Boticario”. Y es que el mago de las mañaneras, metido en el torbellino de la crisis y frente a una crisis económica devastadora, intenta distraernos otra vez con el gastado truco que otras veces le dio resultado.
El motivo para repetir el ya aburrido acto es evidente. El mago tabasqueño ve con preocupación cómo su popularidad entró en picada debido a la pandemia, pero, sobre todo, a la ineficiencia de un Gabinete, en el cual hay solamente dos actores, Marcelo Ebrard y Hugo López-Gatell. El resto ya pasó del bajo perfil a la invisibilidad.
Ante esta situación, volvió a desempolvar la chistera con la idea de sacar un conejo. El problema es que de tanto ver el numerito, la mayoría de la gente conoce la mecánica del truco desde antes de que el mago lo intentara.
En esta ocasión la idea no era ya hacer aparecer un conejito, sino sacar del sombrero a un enorme elefante. Eso, pensó el discípulo de Beto “El Boticario”, haría olvidar a la gente el peligro de la pandemia del coronavirus, la falta de trabajo, la debilidad del peso y los ominosos pronósticos de cuanto especialista hay en el mundo sobre el negro futuro de la economía mexicana.
Redoble de tambores. El animador del circo pide silencio a los ocupantes de las graderías y anuncia, ante la expectación general, que la Secretaría de la Función Pública (SFP) solicitó a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) una revisión de todos los movimientos en cuentas bancarias del expresidente Enrique Peña Nieto y dicha instrucción se extiende a su exesposa Angélica Rivera y a sus hijos Paulina Peña Pretelini, Alejandro Peña Pretelini, Nicole Peña Pretelini y Diego Alejandro (el hijo menor de edad del expresidente).
Y ya encarrilada, la SFP pide a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores información sobre las cuentas de una docena de colaboradores del Gobierno de Peña Nieto, entre ellos nuestro paisano José Narro Robles, exsecretario de Salud y antes rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Conste: no hay acusación, es solo una investigación de los haberes que guardan en los bancos.
Lástima que el numerito esté tan visto. Lo hizo desde la denuncia de corrupción en la construcción del aeropuerto de Texcoco –no hay ningún detenido–, también en la rifa del avión que no es avión y en decenas de veces más que resultaría aburrido consignar.
Desde ahora se puede augurar que este nuevo acto de magia no funcionará ni detendrá la caída de la popularidad del Presidente. Es una cortina de humo incapaz de esconder los fracasos de la Administración en el manejo de la crisis. El truco ya no sirve, y ni siquiera divierte como los de Beto “El Boticario”.
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