El PRI perdió la mayoría en el Congreso antes de perder la Presidencia. No es condición para la alternancia, pero puede anticiparla. Sin el control del parlamento, los márgenes de maniobra del Gobierno se reducen. También lo expone a presiones políticas, y en casos como el de Coahuila, a la discusión y apertura de casos explosivos como la megadeuda, el desvío de miles de millones de pesos a empresas fantasma y las masacres de Allende y Piedras Negras. La prescripción de algunos delitos se debe a la falta de voluntad política para investigarlos, a la inoperancia del sistema anticorrupción y del aparato de justicia y a la red de intereses y complicidades tejida en torno al “moreirato”.
Históricamente el Congreso de Coahuila ha sido dominado por el PRI. El primer traspié lo sufrió en 1996, durante el Gobierno de Rogelio Montemayor, cuando postuló candidatos cercanos al poder, pero sin militancia ni experiencia política. Por primera vez perdió la mayoría absoluta. La LIV Legislatura estuvo integrada por 16 diputados del PRI, 10 del PAN, 2 del Frente Cardenista y 2 del Partido del Trabajo. El Gobierno rompió el empate con los votos cardenistas, a cambio de concesiones legales, económicas y políticas. En las mismas elecciones el PRI perdió los principales municipios con el PAN, cuyos alcaldes gobernaron al 50% de los habitantes del estado.
Los comicios para Gobernador, alcaldes y diputados dejaron de celebrarse, a partir de entonces, en la misma fecha. La prioridad era asegurar el Congreso. Para mantener juntas las elecciones de Gobernador y aislar las legislativas intermedias, la Constitución se reformó. El propósito consistía en que la votación del candidato a Gobernador sirviera de paraguas a las fórmulas de diputados. En las elecciones de medio término, cuando el abstencionismo alcanza hasta el 60%, la tarea quedaba en manos de la estructura del PRI. Para acomodar el calendario, el periodo de los alcaldes se amplió a cuatro años. Después regresó a tres.
Separar las elecciones confirma la importancia del Congreso para el Gobernador de turno. Desde esa perspectiva, resulta preferible perder presidencias municipales, incluso estratégicas, antes que la mayoría parlamentaria. La ingeniería falló en 2017, no por razones de diseño, sino por las circunstancias. Esta vez, el candidato a Gobernador, Miguel Riquelme, no impulsó a los aspirantes a diputados, sino que los lastró. El PRI consiguió sólo 10 curules, seguido por el PAN (9) y Unidad Democrática de Coahuila (3). Morena obtuvo dos y el PRD, una. Sin embargo, el grupo parlamentario del PAN, liderado por Marcelo Torres, actuó como comparsa y Riquelme gobernó sin sobresaltos. El tema de la megadeuda y otros, igualmente sensibles, nunca se tocaron.
Los votantes castigaron la atonía y falta de compromiso del PAN en las elecciones de 2021, cuando no ganó un solo distrito. El PRI logró recuperarse y arrasó en las 16 demarcaciones. Morena alcanzó cuatro diputaciones plurinominales y Acción Nacional, tres, de las cuales perdió una por la renuncia de Rodolfo Walss, quien se declaró independiente. Lo mismo que en 1996, cuando el PRI parecía tener perdida la Gubernatura, y en 2017, cuando el panista Guillermo Anaya estuvo a punto de ganarla, en 2023 el dinosaurio demostró estar vivito y coleando en Coahuila, mientras en el resto del país colapsaba. La mayoría en el Congreso le brinda oxígeno.
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