En la disyuntiva de pasar a la historia como el gobernador que entregó el poder a un candidato opositor o quien le dio al PRI seis años más de vida en el estado, Miguel Ángel Riquelme no dudaría en optar por la segunda.
El presidente Ernesto Zedillo afrontó ese dilema en la sucesión del 2000. Quizá no deseaba ser el enterrador de la hegemonía, pero posibilitó la alternancia. Zedillo impulsó las primeras elecciones democráticas tras el fraude de 1988 que impuso a Carlos Salinas en la Presidencia y el asesinato de Luis Donaldo Colosio seis años después.
También cumplió la promesa de establecer entre él y su partido “una sana distancia”. La “reforma electoral definitiva” que anunció en su toma de posesión hizo posible el triunfo del panista Vicente Fox.
Riquelme Solís declaró que él no se distanciaría del PRI. Él es el jefe del partido y todas las candidaturas y decisiones políticas llevan su firma. Tampoco ha promovido una reforma política para equilibrar la competencia electoral, lo cual le ha permitido hacer carros completos.
“No vamos a jugar con el destino de nuestro estado. (…) El PRI será la última línea de defensa contra el populismo fracasado y peligrosamente autoritario que oculta sus errores y justifica sus vicios disfrazados de buena voluntad”, proclamó en el consejo político del CDE del 25 de junio (Zócalo, 26.06.22).
En la misma asamblea, el Gobernador rechazó una invitación imaginaria y embistió contra Morena. “No acepto embajadas, me la juego con el PRI. (…) No desconocemos la capacidad de chantaje y extorsión que han mostrado nuestros adversarios. Que lo sepa todo México: en Coahuila no vamos a negociar ni a jugar con el destino de nuestro estado”.
El mensaje lo dirigió al priismo, lo mismo que el llamado previo a desairar la consulta de Revocación de Mandato. Sin embargo, la arenga partidista encona los ánimos con el Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador: “El discurso que abraza al crimen y ataca al que trabaja y produce es el discurso de la amargura y el resentimiento. En Coahuila se topará con la cultura del esfuerzo y la aspiración de ser cada día mejores”, machacó.
La insinuación de que los exgobernadores Quirino Ordaz (Sinaloa), Carlos Aysa (Campeche) y Claudia Pavlovich (Sonora) –ya expulsados del PRI– fueron premiados con las embajadas en España y República Dominicana, y con el consulado en Barcelona, respectivamente, por entregar el poder a Morena, echó leña al fuego.
Ricardo Mejía, subsecretario de Seguridad Pública y aspirante a la Gubernatura, refutó: “Nadie le está ofreciendo una embajada a Miguel Riquelme”. En el mismo mensaje por Facebook acusó al Moreira News de “hacer campañas de golpeteo, de guerra sucia y de lodo”.
La mesa está servida para unas elecciones no solo competitivas, sino también ríspidas. La intención de voto se divide entre el PRI y Morena. Después de ganar 15 estados entre 2021 y 2022, el ánimo favorece al partido del presidente López Obrador.
El año próximo solo habrá elecciones para gobernador en Coahuila y Estado de México. La circunstancia favorece a Morena, pues le permitirá concentrar su estructura en dos territorios, únicos donde no ha habido alternancia.
Estado de México se da de antemano por perdido. El PRI en Coahuila corre riesgo, pues en 2017 retuvo la Gubernatura por una diferencia menor a los 40 mil votos. Ni AMLO ni Riquelme estarán en las boletas en 2023, pero tienen metidas las manos por sus candidatos. Entre ellos y sus partidos no hay sana distancia.
Morena ha ganado la mitad de los estados fronterizos (Baja California, Sonora y Tamaulipas). El PAN, PRI y Movimiento Ciudadano, gobiernan los tres restantes (Chihuahua, Coahuila y Nuevo León). El aspirante más competitivo del PRI es Manolo Jiménez; y el de Morena, Ricardo Mejía.
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