Coahuila
Hace 8 meses
Cursaba yo el tercer año en la escuela primaria Federal Rural Ojo de Agua, en el barrio insigne de la ciudad; el grupo lo componíamos unos 40 alumnos, la mayoría desharrapados, con algunas carencias.
Las cosas transcurrían normalmente, hasta que nuestra maestra Merceditas enfermó de hastío, su estado de salud ya no le permitía seguir haciendo el trabajo docente.
Una mañana llegó un caballero de facciones un tanto toscas, moreno, pero descubrimos después que era dueño de un enorme corazón. Impecable traje, corbata y los zapatos lustrosos. Algunos de nosotros usábamos huaraches de a 12 pesos comprados en el Mercado Juárez. Su cabeza tocada con un sombrero de ala corta, ¡debajo del sombrero… había un gran enseñador!
Se presentó con una potente voz: ¡Soy Miguel Flores Soto y soy su nuevo maestro!
Cada mañana o cada tarde nos preguntaba que si habíamos comido. Unos a otros nos mirábamos, llenos de angustia. Eran épocas donde en el barrio había hambre, éramos casi la mayoría hijos de salariados y algunas de familias de más de cinco hijos.
Ocupábamos un salón en la parte final del edificio de la calle Hidalgo, que daba a la huerta de carrizos que se formaba donde nace el arroyo La Tórtola, el local había sido destinado a cocina, pues ahí se daban clases de “arte culinario”, ¡qué paradoja! Quedó la estufa de hierro que usaba leña como combustible y sin pensarlo el profe Miguel, organizó, creo, la primera venta de dulces y golosinas en una escuela, los chicos también los hacíamos en nuestro entorno para juntar más dinero. Se compraron los tubos para sacar el humo del salón y se puso a funcionar el artefacto. El profe Miguel, auxiliado por las chicas y chicos mayores, pues había jóvenes de entre 15 y 18 años en el salón de tercero, puso manos a la obra. Por las mañanas café calientito con pan y por las tardes tortillas de harina, con huevito y frijoles.
A los más traviesos o burros, como yo, nos castigaba en un rincón, leyendo revistas que llevaba de su casa, rompiendo el programa educativo vigente, ¿luego los libros oficiales para qué servían? En fin, nos obligaba a hacer un resumen escrito de lo leído y luego darlo a conocer al grupo. Ahí fue donde nació, gracias al profe Miguel mi afición por la lectoescritura. Aprendí de él, las otras materias que explicaba con sapiencia y paciencia, que fueron base, para ir a los siguientes grados de la instrucción primaria.
Una ocasión en el dintel de la puerta de acceso se armó una discusión, entre el profe Miguel y la directora de la escuela. Al siguiente día no supimos por qué, el maestro ya no regresó.
¡Felicidades maestro!
Anécdotas:
El profe Miguel Flores Soto tenía un puesto de jarros y cazuelas en el Mercado Juárez y aprendió inglés en el intercambio que se hacía del idioma con las gringuitas y los güeros que venían año con año Saltillo a los cursos de español que se aplicaban en la Escuela de Verano de Cuquita Galindo. El profe servía como muchos otros saltillenses, de acompañante de los norteamericanos para reforzarles sus conocimientos del español, pero él aprovechó para aprender inglés. Él también fue uno de los precursores de la fundación de la Escuela de Bachilleres para Trabajadores, la Nocturna Mariano Narváez, a donde ingresé años después para ser nuevamente su alumno.
Era muy generoso, afectuoso, condescendiente y complaciente, algunas veces llevaba a comer a su casa a algún amigo o a algún indigente que se encontraba en el camino. Hizo amistad con varios de los norteamericanos con los que aprendió el inglés y mantenía correspondencia con ellos.
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