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Coahuila

Enanismo político

Por Gerardo Hernández

Hace 5 años

En la columna “Vacunación democrática” (ScryptaMty.com, 07.04.20) narré la experiencia de mi esposa Chilo y mía en Torreón, donde recibimos la primera dosis del antivírico de Pfizer contra el Covid-19. El 3 de mayo viajamos para recibir la segunda aplicación. Ahora la espera se redujo a la mitad del tiempo y quienes trabajan en el Parque Industrial pudieron llegar a tiempo a sus empresas, pues los vehículos se estacionaron en bloques en los terrenos de la Feria y ya no invadieron las calles. Esta vez la demora ocurrió en el centro de vacunación. Cuando faltaban tres coches para nuestro turno, la dotación de vacunas se agotó en los módulos del Coliseo Centenario.

El comportamiento de la gente volvió a ser ejemplar. Las filas de coches, en línea, ocuparían varios kilómetros, pero quienes acudimos lo hicimos armados de paciencia. Cuando estábamos a punto de avanzar, nuestro coche no encendió. Enterada de la situación, la persona delante nos hizo espacio en su camioneta. Nadie tocó el claxon para protestar o apresurarnos. Cortesía lagunera. “Yo a usted lo conozco”, me dijo. “¿Se puede retirar la mascarilla, por favor”, le dije. En efecto, él había sido cocinero de La Majada. Su acompañante, a quien también auxilió por la misma razón que a nosotros, resultó ser conocido suyo y mío. Ambos trabajaron en una empresa icónica de La Laguna, Mercados Populares, fundada por mi amigo Ricardo “El Chato” López Fuentes, primer mexicano, si la memoria no me falla, en someterse a un trasplante de corazón, en Estados Unidos.

Mientras esperábamos la llegada de las vacunas, le expuse mi problema a una pareja de policías municipales de la patrulla 35240, pues las ventanas de nuestro auto habían quedado abiertas y con algunas pertenencias dentro. La mujer avisó por radio de la situación a otro de sus compañeros. Después, en su unidad de doble cabina, me condujeron donde estaba nuestro Ford. Lo primero que hice fue revisarlo. Efectivamente, los cristales estaban abajo, pero no faltaba nada. Mi cartera y la mochila con mi laptop, que por la prisa no cargué, estaban en su sitio. Una vez con carga el acumulador, me pidieron seguirlos. Estacioné el coche frente al Coliseo y ocupé mi lugar en la fila.

Cuando el convoy militar regresó con las nuevas dosis, la gente le aplaudió a los soldados. “Si esto hubiera ocurrido en otro Gobierno, las vacunas nos las habrían vendido”, dijo una mujer mientras pasaba al lado nuestro, de vuelta al auto donde la esperaba, dijo, su marido. Pero como en el parabrisas de cada vehículo se indicaba el número de personas que serían vacunadas, en el módulo le expliqué a una sierva de la nación lo sucedido. “No se preocupe: casos como el suyo se presentan a diario. Adelante”.

La segunda dosis la recibimos en un minuto, como todos. Los ciudadanos entienden mejor la situación que los políticos; valoran la utilidad de las vacunas y soportan filas de varias horas —a pie o en coche— bajo un sol inclemente para protegerse contra un virus mortal. Politizar la vacunación, y peor aún, confundir a la población para obtener ventajas electorales y colgarse medallas por batallas ajenas, es mezquindad y refleja la estatura de nuestros gobernantes. La prioridad es salvar vidas, inmunizar al mayor número de personas. Quien siembra vientos, tarde o temprano recogerá tempestades. En este caso, como en toda emergencia regional y nacional, la sociedad civil ha vuelto a estar muy por encima de sus autoridades. No cae en soflamas y, llegado el momento, premiará a castigará según su experiencia personal.

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