Clasificados
Por
Adrián Galindo
Publicado el domingo, 2 de agosto del 2015 a las 14:00
Saltillo, Coah.- La resistencia perdía seguidores día con día. Muchos de ellos fueron asesinados o encarcelados injustamente por las fuerzas militares de un gobierno disidente. La elite política alineada al Congreso Nacional de Honduras destituyó por desacato y traición a la patria, al presidente José Manuel Zelaya Rosales. Perdieron la primera batalla.
En uno de esos frentes vivía Noel Vicente Ramírez Castro, un hombre de mediana edad, entonces 41 años, que se dedicaba al 100% a su trabajo y familia. En 2009, el Departamento de Comayagua sentía la represión del gobierno efímero y espurio de Roberto Micheletti, quien, según la resistencia, había condenado injustamente al exilio a José Manuel Zelaya, elegido por el Congreso Nacional “bajo la ignominia de un golpe de Estado”.
Noel formaba parte de la resistencia como procurador internacional de los Derechos Humanos. Por ello, muy pronto las autoridades lo señalaron como parte de la conspiración en contra del Gobierno, que por el contrario había sido orquestada por los propios opositores de Zelaya.
Las opciones de Noel Vicente eran más que limitadas, pues no tenía un trabajo fijo y su familia corría bastante peligro a su lado. Estaba obligado a abandonar el país o a ser encarcelado por traición a la patria y actos de vandalismo. El tiempo corría rápidamente.
“Yo entré a este país el 23 de enero de 2010, soy exiliado político en este país con una residencia permanente. Trabajamos de una u otra forma con la resistencia de Honduras. En ese momento tuvimos que salir porque la elite no permitía que la gente cercana al presidente impidiera el golpe de estado”, recuerda Noel Vicente, quien actualmente dirige La C.A.S.A del 100 Pies, A.C., en Saltillo.
Una reunión de Zelaya con el entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa sería la luz al final del camino que el hondureño estaba buscando. Calderón condenó públicamente los perjurios cometidos en contra de Zelaya y permitió el acceso a México de colaboradores y cercanos a su homólogo derrocado.
El nombre de Noel Vicente Ramírez Castro figuraba entre ellos, sin embargo, el riesgo de cruzar la frontera de manera legal todavía era demasiado alto.
“Nos estaban buscado por cielo, mar y tierra, nos estaban esperando en las fronteras para encarcelarnos, no podía irme a México como funcionario o diplomático, lo mejor era huir en la espalda del tren, como cualquier otro migrante”, detalla el hondureño. Colocó unas pocas pertenencias en una maleta, empacó algo de alimento para el camino y se dirigió a la frontera de Honduras con Guatemala. Desde ese punto sin retorno Noel ya era un migrante más. Aunque siempre tuvo el privilegio de cruzar legalmente la frontera, esta vez llegar a México montado en La Bestia podría garantizarle mucho más que viajar con la diplomacia.
Llegó a la estación de los trenes de carga, donde esperó varias horas para subirse en la espalda del ferrocarril, en esa misma en la que miles de migrantes se suben cada año en busca de una nueva vida, la gran mayoría de ellos de origen hondureño y con destino a Estados Unidos.
“Tuve que viajar muy tranquilo, no quería levantar sospechas, así que me quedaba un rato en un pueblo y después me iba, hice uno o dos meses de viaje hasta llegar a Saltillo. Es un viaje muy peligroso, porque por un lado si me hubieran deportado a Honduras me habrían encarcelado, y por otro, muchos compañeros eran víctimas de asaltos y violencia a lo largo del camino”, comenta.
Una vez en México, Noel acudió directamente a la Secretaría de Gobernación, donde le fue expedida su residencia permanente en carácter de exiliado político. Ahora el desafío para el hondureño era encontrar un trabajo estable para mantenerse y mandar algo de dinero a su familia, que seguía viviendo las injusticias del gobierno hondureño.
“Nadie quería darme trabajo, fueron tres años muy difíciles para mí porque nadie me daba la oportunidad, la gente no sabe que 90% de las personas que vienen en el tren es profesionista o tiene un oficio, son gente de provecho que sólo migra en busca de una opción mejor, pero por ser extranjeros sufrimos mucha discriminación”, expone Noel.
“Llegué al punto de mentir, no podía decirles que yo era contador público, que trabajé muchos años en el sector Salud como técnico en salud ambiental, en parasitología y entomología, campañas de control de vectores: dengue, malaria y el mal de Chagas y Leishmaniasis, porque no me contrataban”, continúa.
En 2012, después de mudarse varias veces, Noel llegó a Saltillo en busca de un empleo. Sabía que en esta ciudad había muchas empresas y oportunidades laborales, y que era un destino recurrente para los migrantes hondureños.
“En ese camino me encuentro a La C.A.S.A del 100 Pies, que puede definirse como un centro cultural donde cobran vida diferentes corrientes artísticas como música y danza, y aunque nunca había trabajado en esta área, demostramos que podíamos trabajar y sacar adelante el proyecto”.
Tras vivir casi tres años de lo que ganaba en empleos temporales y mal pagados, Noel obtuvo en La C.A.S.A del 100 Pies el “empujón” que estaba esperando para salir adelante. Comenzó a trabajar desde el primer día que llegó al centro cultural, donde rápidamente se ganó la simpatía de los directivos del lugar, así como de los niños y padres de familia que acudían al curso.
En menos de un año, Noel se convirtió en el tesorero de la asociación, la cual actualmente preside el licenciado Luis Eduardo Rábago Alvarado, quien apoyado con un grupo de amigos diera vida a La C.A.S.A del 100 Pies. Ese mismo año, la Corte Interamericana de los Derechos Humanos en las Naciones Unidas entregó una carta al Gobierno hondureño para que todos los exiliados políticos pudieran regresar sin ningún problema a su país, responsabilizando a la administración del entonces presidente Porfirio Lobo Sosa sobre cualquier daño o perjuicio en contra de los hondureños refugiados.
En diciembre de 2012 Noel Vicente pudo regresar a su país, sin embargo, su amor a las tierras mexicanas, donde ya había cosechado amistades y un nuevo comienzo, lo motivaron a volver meses después.
“Lo que yo quiero demostrar es que con trabajo todo se puede lograr. Las autoridades mexicanas me dieron mi residencia, mi CURP, mi seguro popular, vivo muy bien aquí, voy dos veces al año a Honduras, pero tengo por quién regresar, porque aquí también tengo a mi nueva familia que es mi hijo, al que amo mucho, y ahora mi lucha es por él”, dice.
La batalla de Noel, aunque ganada, todavía no termina. Él sigue peleando por la igualdad de los derechos humanos y por la libertad, pero ahora lo hace desde Saltillo, como promotor cultural.
PELIGROSA BÚSQUEDA DE LA LIBERTAD
TRIUNFO EN SALTILLO
Más sobre esta sección Más en Clasificados