Coahuila
Hace 4 años
“Es mejor nacer en un barrio. Ahí florece el inexplicable alivio; deciden juntar sus nadas para reunir algo, de modo que un velorio sea menos gravoso, que una boda tenga su debido boato, y que los quinceaños no pasen desapercibidos”.
Salvador ‘Chava’ Flores, cronista musical de la Ciudad de México
No se puede decir que fui de la clase media baja, más bien de cuna humilde, aunque mi padre tuviera un buen empleo, como formador en jefe en el modesto periódico El Heraldo del Norte, pues no alcanzaba para alimentar, calzar y vestir a los siete vástagos que fuimos y todos con muy buen diente. Mamá hacia malabares para completar y hasta ropa ajena cocía, amén de las desviaciones de su joven esposo que le gustaba “la copita” los fines de semana como a cualquier mortal.
Nací el 22 de marzo de 1942, domingo a las 4 de la tarde, “como paseíllo de corrida de toros”, en el Centro de Salud ubicado en el actual edificio de la Preparatoria Mariano Narváez, en el ala poniente de la Alameda Zaragoza. Creo que la situación económica siempre fue precaria en mi hogar, pues papá no tenía para pagar la cuota de recuperación y consiguió una bicicleta de los denominados balones de esas de llantas anchas. Burló la vigilancia del hospital y con mi mamá sobre la parrilla, y yo sobre sus brazos, escapamos rumbo a la casa de mi abuelita Lola donde vivimos momentáneamente. Imagino que fueron momentos difíciles para mi joven padre, de apenas 17 años, igual a la edad de mi madre.
Emigramos a Monterrey, pues en Saltillo escaseaba el empleo. Mi papá se contrató para vender frutas y verduras en un carretón de mano (o de tracción humana). No sé cuánto tiempo vivimos los tres en la Sultana del Norte. Allá mismo metí la mano izquierda en los frijoles medio calientes que mamá cocinaba en el piso de tierra de la humilde vivienda y me quemé. Fui a parar a la Cruz Verde. Regresamos a Saltillo y papá se ocupó como ayudante de formador en la antigua Imprenta de Gobierno, donde ya laboraba como prensista mi abuelito Santos Gaytán Álvarez. Hubo una selección de trabajadores para suplir a operarios venidos de la ciudad de México al Heraldo del Norte y mi jefe fue uno de ellos.
Ya de viejo llegué a la conclusión de que fui pobre pero no lo sabía de lo feliz que era en mi infancia y en mi juventud. Me acostumbré a las carencias que templaron mi espíritu para no ambicionar cosas que no estuvieran a mi alcance y así sigo siendo feliz, pues no presto, ni pido prestado y tengo el sueño muy tranquilo.
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