Arte

Publicado el martes, 8 de febrero del 2022 a las 04:10
Guadalajara, Jal.- La experiencia de 15 años del periodista Óscar Martínez como jefe de información del periódico El Faro, en donde reportó casos terribles en El Salvador relacionados con pandillas, narcotráfico, conflictos migratorios y corrupción, desembocaron en una historia desgarradora.
Con Los Muertos y el Periodista, su libro más reciente y con el que se estrena la nueva imagen de la colección de Crónica de la editorial Anagrama, Martínez expone una trama compleja, sin mucha esperanza y con crudeza, que sigue a tres personajes, Rudy, Herber y Wito que no tienen la posibilidad de un destino sin las marcas de la violencia.
La práctica periodística de Martínez no contempla buenos y malos, una fórmula preferida por las narrativas tradicionales en Latinoamérica.
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Me parece normal que la narrativa de buenos y malos se haya colado en nuestra trama mental. Vivimos bombardeados por narrativas de buenos y malos desde las caricaturas que veíamos de niños hasta las telenovelas con las que crecimos como adolescentes y adultos, así como las nuevas plataformas que nos transmiten que la narrativa de buenos y malos siempre tienen que existir y que funciona porque tiene targets sencillos, no complejiza y porque no azora”.
Latinoamérica, dice, es una zona de gente que sobrevive y que en esa sobrevivencia tienes que hacer cosas extremas.
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Hay una pequeña burbuja de gente que nace con el bienestar garantizado y el resto de gente con sus capas de dificultad, hay un montón de gente que sobrevive y que a veces para sobrevivir tienen que cometer barbaries”.

Descenso a lo peor
Para él, tratar de seguir haciendo periodismo en Latinoamérica en el código de buenos y malos es un camino al fracaso. Al menos a un periodismo muy mediocre.
Cuando Óscar Martínez comenzó a hacer periodismo, lo hizo rodeado de una generación de periodistas muy comprometidos, la generación de la posguerra en El Salvador, de jóvenes como Carlos Martínez, Alma Guillermoprieto, Carlos Dada o Jon Lee Anderson.
Además, las narrativas complejas estuvieron siempre en su casa.
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Haber vivido la guerra nos hizo entender el mundo de una forma bien compleja, mi familia estaba dividida, parte de la familia estaba involucrada con la guerrilla directamente y la otra parte más lejana estaba involucrada con el partido de la derecha, Arena, que auspiciaba los escuadrones de la muerte. La vida era compleja, crecimos en un mundo que no era de buenos y malos eso sin duda alguna nos hizo entender las cosas con un crisol mucho más amplio”, explica.
Las historias como la de este libro son parte de un trabajo que no sucumbe ante las exigencias del periodismo tradicional, apunta y añade que necesita de paciencia, de observación profunda, de planeación y estrategia.
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La herramienta que empuño, que es el periodismo, no es una herramienta que haga cambios de tajo y eso me frustra, pero aprendes a vivir con eso. Soy mucho más estratégico que antes, en Los Migrantes que no Importan, de 2007 a 2010 en México sobrevivimos a ese libro de milagro, muchas cosas que hicimos las hicimos impulsivamente. Uno tiene que ser el primero que se cuida, pero ponerte en riesgo o hacer una cobertura de violencia sin una planificación real también puede poner en riesgo a otra gente, a la gente con la que convives y eso sería injusto tremendamente, reprochable”.
El periodismo en el que Martínez cree es un periodismo que necesita tiempo y recursos.
El salvadoreño, sin embargo, no tiene esperanza, pues para él a Latinoamérica, al menos la región que él conoce y ha reportado, todavía le hace falta empeorar más para empezar a resurgir.
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