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| Cristina Rivera Garza pide informes del asesino de su hermana al correo elinvencibleveranodeliliana@gmail.

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Escribe un relato de amor a la vida

  Por Christian García

Publicado el lunes, 31 de mayo del 2021 a las 03:50


Reconstruye Cristina Rivera Garza en su nuevo libro la imagen de su hermana, víctima de feminicidio

Saltillo, Coah.- “Lo que sucede con el duelo, o al menos en mi caso, es que uno siempre está acompañado; el duelo es el fin de la soledad”, dice la escritora Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1967), y añade que “uno está dolido, por supuesto, pero también está la presencia muy cercana de estas personas, especialmente las que han sido arrebatadas por la violencia”, sentencia y recuerda que la frase la dijo porque el 16 de julio de 1990 su hermana Liliana Rivera Garza fue asesinada en la Ciudad de México por Ángel González Ramos, un criminal que al día de hoy, casi 31 años después, sigue libre y por el que se exije justicia.

Y esa presencia, la de su hermana menor, una estudiante de Arquitectura de 20 años, la acompañó en la escritura de El Invencible Verano de Liliana (Penguin Random House, 2021), libro que denuncia, sí, pero también construye, reconstruye y da voz a una joven a través de sus propias palabras, líneas que atravesaron el tiempo por medio de notas, cartas, textos libres que se encontraban embalados hasta que el año pasado Cristina decidió sacarlos y leerlos, para encontrar en ellos a su hermana, amiga, y también la guía de quien la ayudó a dar forma al “libro que he querido escribir desde que comencé a hacerlo, pero en el que he fracasado múltiples veces”.

Para la autora, la razón del fracaso en la concepción de la historia se debía a que “la estaba escribiendo, usualmente, en el registro de la ficción”, por ello debió de cambiar la concepción del libro y su estructura tanto literaria como del lenguaje. Un método que ha ensayado en libros como Autobiografía del Algodón, en la que la biografía, la crónica, el ensayo y el testimonio se cruzan creando una atmósfera comunitaria en el que se engarcen las experiencias de las personas, en este caso las familias que han tenido víctimas de feminicidio, como apunta en el primer capítulo de su novela.

Estos ejercicios narrativos de “escrituras desapropiativas, comunalistas, que vienen y abrazan las experiencias de los otros”, fue lo “que me permitió, –cuando al fin pude abrir las cajas de pertenencias de mi hermana que habían estado cerradas durante 30 años, y descubrí la existencia de este archivo tan detallado, tan abundante, que contenía una cantidad verdaderamente enorme de documentos que ella había escrito–, emprender el libro”, ya que se dio cuenta de que “lo que me había estado faltando siempre era su voz como ella la había dejado y como ella se había asegurado que fuera preservada en ese archivo”, dijo a Zócalo.

Esa literatura comunitaria nació, junto con el archivo de Liliana, con las entrevistas de los amigos más cercanos de esta. De aquellas personas que conocieron otra faceta de la joven cuya sonrisa liviana y anteojos suceden a una mirada que se desvía, gentil, en la portada del libro. Esas otras personas y sus historias completan una figura que Cristina solo había conocido de un solo lado: el de hermana, pero que ahora, se ha mostrado como un ser completo, como “una Liliana muy amorosa, solidaria, la muchacha detallista, siempre muy puntual y con su cuarto muy limpio a diferencia del mío”.

Así, para Rivera Garza, leer y reeler, escribir y transcribir “no fue tanto reencontrarme con la voz de mi hermana porque siempre ha estado ahí, muy muy cerca, lo que sí fue, es que me reencontré con aspectos de esa voz que por mi posición de hermana yo no podía alcanzar”, apunta y agrega que en esas lecturas “hay una serie de cosas que me confirman a la Liliana que yo conocí, y otras que me la entregan de otra manera muy entrañable”, comentó.

Lectura empática
Algo que ha sucedido con El Invencible Verano de Liliana tiene que ver, precisamente, con el otro: la lectura de este trabajo ha sido activa y ha creado una comunidad de lectores que han expresado su consternación ante el crimen que se cometió contra ella. Una de las 10 mujeres que diariamente son asesinadas en el país. Pero esa comunidad también ha externado un cariño y una empatía hacia alguien que jamás conoció pero que, por medio de este libro, les habla directamente a ellos.

Para Rivera Garza esa conexión es esencial, pues “siempre he pensado que la escritura tiene la capacidad de crear comunidad, porque creo que toda escritura conlleva una promesa y como promesa conlleva un compromiso, y lo digo en el sentido más amplio y menos moralista del término. Lo que veo pasando ahora es que, claro, hay una cantidad alarmante de feminicidios en México y fuera de México, no es una cosa marginal y no es una cosa esencial que solo esté pasando en México y no pase en otros lados, sabemos que no es el caso. Y hay una cantidad de dolor enorme sobre todo porque hay impunidad.

 

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Cada día hay 10 familias más, rotas por dentro y por fuera, pasando por la misma rutina de ir a la Procuraduría, al Ministerio Público y a estos lugares para hacer lo mismo que yo hice o que yo hice lo mismo que muchas personas más han estado haciendo, y creo que ahí hay un punto de empatía, conexión y de identificación para empezar”, apuntó la también poeta.

 

Si bien el libro se desliza con facilidad de la crónica al testimonio, al ensayo y al recuento, hay en él algo imprescindible: un lenguaje directo y suave, una arquitectura verbal que tuvo a “la voz de Liliana como guía que llevaba el timón de este libro”. Por ello no puede encontrarse un tratamiento sensacionalista ni romantizado de la historia, esto con un fin: trabajar desde fuera del lenguaje patriarcal y crear uno nuevo que se preste a la discusión, que promueva la sensibilidad ante lo ocurrido y lo que aún ocurre.

 

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Eso era algo que a mí me preocupaba mucho y que por eso no lo había podido escribir antes, porque es bien difícil escribir una historia compleja, honesta y directa sobre la violencia contra las mujeres cuando el lenguaje del que puedes echar mano es en sí mismo violento contra las mujeres. Es bien difícil escribir un texto contra el patriarcado con el lenguaje del patriarcado, y esa es parte de la imposibilidad de escribir este libro antes.

 

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Escribo esto con las palabras de Liliana, claro, pero en el contexto de un lugar en el que ahora podemos tener una discusión amplia y compleja, que creo es algo que le debemos a las luchas feministas de antes y de ahora. Creo, entonces, que se conjuntan un montón de cosas, pero creo que como autora una de mis preocupaciones era mantener esta tensión con el lenguaje y no caer nunca en las trampas del lenguaje patriarcal y tratar de participar en este saneamiento del lenguaje y contribuir un poco a lo mismo de decir a las cosas por su nombre y añadir complejidad a esas historias que, con frecuencia, desde ese lenguaje patriarcal son contadas de forma típica, instrumental y digerible. Entonces para mí, como escrita, ese era mi reto”, detalló.

 

Denuncia y justicia
En el libro, en cambio, hay algo que rompe la estructura de palabras escritas: una imagen. La fotografía es la de Ángel González Ramos, presunto feminicida, del cual se piden informes si es que alguien los tiene al correo [email protected], esto para terminar con la impunidad que presenta el sistema judicial en el país.

Después de 30 años la autora sabe que “hay una especie de paz que no había sentido en mucho tiempo y puedo pensar que es un proceso de sanación que viene del hecho de articular esta historia y ponerla ante el público, de hacer esta promesa públicamente, pero lo cierto es que no hay curación sin justicia. Esto no termina hasta que no haya justicia. Eso es lo que culminaría el ciclo, antes ni perdón ni olvido”.

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