Arte

Publicado el lunes, 15 de febrero del 2021 a las 03:10
Saltillo, Coah-. “Venezuela es un país de glorias pasadas. El común denominador de lo que piensan las personas cuando se habla de Venezuela es ‘¿por qué les pasa esto si antes lo tuvieron todo?’”, define el escritor Daniel Centeno Maldonado (Barcelona, Venezuela, 1974), en un tono nada solemne y lleno, eso sí, de un humor corrosivo, mismo que llena La Vida Alegre (Alfaguara, 2021), su nueva novela.
Una historia que reúne a dos personajes sumamente diferentes pero, a la vez, iguales, complementarios: Dalio Guerra, una vieja y cascada leyenda del bolero romántico que vive del recuerdo de tiempos mejores y pantalones menos manchados de orines, y Poli Figueroa, un joven rockero cuyo sueño de los estridentes escenarios internacionales quedó lejos, pero la vida lo tortura al mostrarle que sus compañeros de banda han llegado al Olimpo de las greñas largas y las guitarras eléctricas. Dos seres que, en cierto sentido son un Quijote y un Sancho modernos; personas que trazan “una crónica de la injusticia”.
Y antes de que las correspondencias entre Dalio y Venezuela se tejan en la mente del lector, Centeno apunta que “este personaje no es, de forma consciente al menos, un reflejo de mi país, no lo construí así, pero esas cosas suceden y esta novela puede ser, hasta cierto punto, una reflexión de que lo que le pasa a Dalio no es nada raro, porque la gente de nuestro país vive como si no hubiera un mañana y todo se lo gastan en el mismo día, en una borrachera o en juegos de azar y todo lo dejan en una frase: ya mañana se verá”.
Risa amarga
Eso porque el bolerista es un hombre derrotado que, a pesar de saberse así, continúa presentándose en escenarios cada vez más pequeños y asquerosos. Bares que fueron monumentales hace 60 años, pero que ahora no son, al igual que el cantante, la sombra de lo que fueron. Antros en los que el crimen, el dinero y la droga son los que mandan, como demuestra el frenético primer capítulo del libro en el que El Ruiseñor de la Canción –como se hace llamar–, es amenazado de muerte por un narco mexicano.
Y si bien, a Dalio la derrota le llegó con el tiempo, a Policarpo el fracaso lo marcó desde el nacimiento, según apunta, la estrella de su horrible nombre guió un camino en el que seguiría Cosmos, grupo para el que fue baterista y letrista y que, aunque consiguió el éxito, fue sin él. Así, ambos personajes están rodeados por una ironía dolorosa y punzante, y que, sin embargo, invita a lanzar una carcajada amarga.
“La narrativa del perdedor es con la que todos nos podemos sentir más identificados sin ser, necesariamente, unos perdedores, aunque evidentemente todos lo hemos sido alguna vez, y eso es porque siempre está impregnada de humor: cuando vez que a estos personajes les pasa algo real y te identificas, viene la risa pero llena de un saborcito amargo que te hace decir ‘oye, este pude ser yo, porque a mí me pasó’.
“Creo que es necesario pensar en que la diferencia entre comedia y humor es que, si ves que alguien pisa una cáscara de plátano y se cae, es comedia, pero el humorista fue el que puso la piel para que se cayera el otro. A mí me pasó que, en esta novela, quise poner ese plátano en cosas de mi vida misma”, detalló el escritor a Zócalo en entrevista.
Para Centeno, además, el humor es una herramienta que, bien afilada, disecciona las capas más profundas y personales de cada uno. A él, por ejemplo, le ha permitido hablar sobre cosas más allá de la situación de su país, porque lo que realmente lo que le interesaba son esas personas que se preocupan por el aquí y el ahora.
“El humor siempre ha sido menospreciado a pesar de ser el centro de obras como El Quijote o Tristam Shandy, incluso La Conjura de los Necios. Por eso decidí utilizarlo en este libro, además creo que eso convierte a este libro en algo muy distinto a lo que los novelistas venezolanos de la diáspora han escrito. Novelas muy buenas, sí, pero hablando siempre de qué es lo que ha pasado con el país, reflexionando porqué estamos así, si los culpables somos nosotros o el otro. Aquí, sin darme cuenta, hice una novela que no tuviera el tufo de la revolución en la que todo está madreado, pero que la gente esté ahí, dándole”, detalló el autor de Ogros Ejemplares.
Pero más allá de esa reflexión social, La Vida Alegre y sus personajes son una forma de confrontar los choques intergeneracionales, los cambios de vida de una sociedad a lo largo de las décadas y, claro, los gustos personales del autor con sus odios y sus amores, ya que esta novela es también el testimonio de alguien que tuvo que “asumir la derrota ante el hecho de que los boleros, las rancheras y demás están dentro de mí y tengo que cantarlas. Porque cuando uno se hace más grande, tiene que ganarse la vida y se tiene una novia que termina por cortarte las patas de una forma feísima no hay mejor manera de llorar que acompañado por una caguama y José Alfredo Jiménez”.
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