Coahuila

Publicado el jueves, 18 de marzo del 2021 a las 04:00
Arteaga.- Las llamas alcanzaban los 60 metros de altura por encima de los árboles, de las modestas casas y las lujosas cabañas, asentadas en los límites de Arteaga, Coahuila y Santiago, Nuevo León, durante el incendio más catastrófico de la última década en el norte del país.
A fin de proteger las vidas humanas, desde la mañana las autoridades retuvieron en Los Lirios a los lugareños que intentaban ingresar a la zona para revisar los restos de sus predios, así como auxiliar a sus familiares que ahí habitan.
La familia Montalvo, originaria del ejido San Rafael, lugar donde al menos 20 construcciones de madera fueron reducidas a cenizas por el fuego, prácticamente todos sus habitantes fueron desalojados, con excepción de Gerardo Montalvo y su sobrino Lupe.
“Las llamas levantaron hasta 60 metros, si hubieras visto anoche, esto era el infierno vivo, el infierno se me hace chico para lo que vivimos aquí, no lo conozco, pero lo imagino más chico que esto que vivimos”, narra Gerardo mientras camina por los escombros de lo que fue San Rafael.

Este pequeño ejido enclavado en la sierra de Arteaga, se mantiene de la construcción y mantenimiento de cabañas, así como del turismo atraído por las maravillas naturales que el fuego destruyó.
“Nos quedamos sin nada igual que todos los demás y aunque para los de dinero les duele, no como a nosotros que perdimos gallinas, marranos, fue espantoso esto”, comenta el hombre de 64 años.
Durante el incendio, Inés Montalvo intentó salvar su casa de las llamas lanzando agua con cubetas junto a uno de sus trabajadores, pero el aire les impidió controlar su voracidad.
“Aquí estaba mi hermano y su trabajador, pero no pudieron con la lumbre, trataron de aventarle agua, pero el aire estaba muy fuerte y eso nos acabó, se hacían remolinos de fuego, la lumbre brincaba por todos lados”, recuerda Gerardo.
“Cuando salgo veo la humareda en el fraccionamiento (La Pinalosa), pensé que iba a llegar al rancho y nomás saqué la camioneta, la ropa y todo lo demás se quemó, solamente me quedé con lo que traigo puesto que para mí es ganancia”, dice Inés, que fue evacuado en ambulancia hasta el ejido Los Lirios.
Durante el momento de desesperación y terror, Inés quiso quedarse a morir en su casa, la cual construyó con más de 80 años de trabajo en el campo y que en cuestión de minutos fue arrasada por el incendio.
“Mi hermano llegó al grado que quería quedarse ahí entre la lumbre por defender su casa, se desesperó porque su patrimonio se acabó y verlo es muy difícil, lo bueno es que seguimos vivos”, comparte Gerardo.
La casa que Gerardo estaba construyendo desde hace dos meses también fue tragada por las llamas y que casi le quitan la vida por intoxicación, debido a que se resistió a abandonar el lugar para intentar salvar las casas y cabañas de sus vecinos.
“Ya no podíamos respirar aquí porque era negro el humo de tanta lámina y contaminación que nosotros mismos producimos con los materiales que construimos nuestras casas.
“Incluso me desmayé y me quedé tirado por andar protegiendo unas cabañas, hasta que ya no pude con el humo y sentí que me ahogué y me caí; de rato reaccioné otra vez y a darle duro, lesionados sí, pero gracias a Dios pérdidas humanas no hubo”, recalcó Gerardo.
Además del recuento de daños ambientales y económicos, también está el de los rostros golpeados por la tragedia que marcará por siempre sus vidas.
En los ejidos más afectados de Arteaga y Santiago, los habitantes apenas tenían una ilusión en su vida después de un año de pandemia, porque las autoridades les permitirían reabrirse al turismo para las vacaciones de Semana Santa, pero el siniestro modificó sus planes.
La situación adversa atrajo la voluntad de decenas de habitantes que decidieron donar víveres, agua para los rescatistas y voluntarios que se internaron en la sierra para formar brechas cortafuego, enfriar con agua las zonas consumidas y salvar a los animales que huyeron de su hábitat.

En un campamento improvisado, las autoridades montaron una cocina y un comedor por donde pasaron 400 personas para recibir un plato de comida y bebidas energetizantes, todo preparado por mujeres que se trasladaron desde Los Lirios para colaborar.
En otro asentamiento de brigadistas estaban estacionados algunos de los helicópteros que Coahuila y Nuevo León utilizaron para monitorear la zona, además de los destacamentos de la Guardia Nacional, el Ejército y la Comisión Nacional Forestal.
A la orilla de la carretera de dos carriles, que conecta a Arteaga con Santiago, quedaron los esqueletos de las casas con los techos colapsados y las ventanas y puertas tiznadas.
Los ejidos más afectados fueron San Rafael, La Chupadera, San Juan y San José de la Boquilla, los cuales se convirtieron en pueblos fantasma y sus pobladores albergados en comunidades vecinas.
Algunas casas aún se estaban quemando durante la tarde del miércoles, más de 24 horas después del incendio; los vidrios reventaban y las paredes crujían frente a un panorama poco alentador en los cerros, antes rebosantes del verde arbolado adulto, y ahora desolador, entre los grises y negros de humo y cenizas, parecido a una nevada ardiente.
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