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Agencias
Publicado el miércoles, 7 de julio del 2010 a las 14:00
Nueva York, EU.- El Mundo ¿Se chupa el dedo la larga mano de Moscú? Los entusiastas de la novela clásica de espionaje llevan varios días colgados de esta interrogante tras el arresto en Estados Unidos de 10 aprendices de espía al servicio de Moscú.
Porque más allá de las repercusiones diplomáticas o de los secretos de Estado en juego (parece que los chicos no han arañado ninguno en 10 años), la gran víctima colateral de este caso es la reputación mítico-literaria de los temibles servicios secretos rusos.
Una de las detenidas, la empresaria rusa de 28 años Anna Chapman, al parecer no tenía problemas en llamar a Moscú desde cafeterías con su teléfono móvil. En Facebook colgó fotos suyas en pose sensual o de tono lúdico, como una en la que aparece abrazada a Triki, el monstruo de Plaza Sésamo (¿otra marioneta de Moscú? ¿buzón andante para mensajes ocultos en galletas con marcas dentales cuneiformes?).
Aunque la hayan bautizado ya como “la Mata Hari pelirroja”, Chapman no le llega a la altura de los tacones a Tatiana Romanova, la rubia interpretada por Daniela Bianchi que en 1963 engatusó con armas de mujer y un superordenador soviético a Sean Connery en “Desde Rusia con Amor”. Ni siquiera parece capaz de hacer sombra a aquella otra rusa pelirroja, cebo de mafiosos, que interpreta Nicole Kidman en “Oscura Seducción” (2002).
Cuando en noviembre de 2006 murió el ex agente ruso Alezander Litvinenko en Londres tras ingerir disuelta en té una dosis de polonio radiactivo 100 veces mortal, el novelista británico John Le Carré reconoció que sus editores jamás le habrían aceptado una historia semejante por inverosímil, brutal y rocambolesca.
Una historia como la de los diez aprendices de espía al servicio de Moscú tampoco sería aceptada hoy, en este caso por descafeinada, sosa y falta de chispa. Este caso de espionaje “light” es como una película de Alfred Hitchcock sin MacGuffin, sin la excusa argumental que pone en movimiento a los personajes, como el uranio escondido en botellas de vino de “Encadenados” (1946). Las pruebas contra los 10 arrestados no permiten acusarlos de espionaje, sino de “asociación para actuar como agente de un país extranjero”.
Entre quienes se niegan a creer que al brazo exterior del espionaje ruso (SVR) ha perdido molla se encuentra Ilia Ponomariov, diputado por “Rusia Justa” que niega a Anna Chapman la categoría de espía. “Ella simplemente se relacionaba con representantes de la élite empresarial de Estados Unidos, pero eso forma parte de su profesión”, dice Ponomariov, que recuerda que el negocio es en una forma de espionaje que obliga a anticipar lo que piensan tus competidores y a buscar contactos de alto nivel.
Teniendo en cuenta sus resultados, las actividades en territorio estadounidense de Champan y los otros 10 agentes parecen estar más a la altura de Matt, el fraguel explorador, que de las misiones imposibles del mítico agente doble británico Kim Philby que trabajó para la URSS durante medio siglo. De hecho, las autoridades estadounidenses aseguran que mucha de la información que proporcionaban podía obtenerse de periódicos y revistas.
“Novela policiaca barata por debajo del nivel de Agatha Christie”. Así ha definido el caso Nikolai Kovaliov, que dirigió el FSB (heredero del KGB) entre 1996 y 1998 antes de ser relevado por Vladimir Putin.
Kovaliov se cuenta entre quienes airean la idea del complot contra Obama perpetrado por los “halcones” que se oponen a la reconciliación con Moscú que el Presidente estadounidense promueve desde que llegó a la Casa Blanca y que selló el pasado 24 de junio en una hamburguesería de Washington cara a cara con su homólogo ruso Dimitri Medvedev, en un encuentro cálido que ilustró la buena química que preside la relación entre ambos.
Pero, bajo la mesa de aquella hamburguesería latía como en una película de suspenso la noticia-bomba que afloró apenas tres días después con el arresto de la red de agentes supuestamente pagados por Moscú. “Ya sabes lo mucho que nos molesta que nuestras actividades salgan en la prensa”, recuerda el agente George Smiley en “El topo” de John Le Carré.
Otros kremlinólogos prefieren contraatacar desde Moscú con golpes bajos al viejo enemigo del ring bipolar, como el del politólogo Vladimir Abramov, que asegura que con esta crisis de los espías “los norteamericanos han querido demostrar que sus servicios secretos no trabajan en balde y son capaces de capturar a gente, aunque no puedan detener a los enemigos de verdad como Bin Laden”.
¿Como hemos pasado de la amenaza radiactiva en el centro de Londres (con el polonio metido hasta en la sopa) a esta trama insulsa de espionaje juvenil?
¿Qué queda del espionaje clásico y hermético de la Guerra Fría? , ¿Y de ese cerebro sin rostro llamado Karla, el temible jefe del contraespionaje soviético en las novelas de John Le Carré, que maneja su red internacional de espías desde la Lubianka, mítica sede del KGB en Moscú, como el malo del inspector Gadget.
Los espías clásicos fueron los soldados de la Guerra Fría. Se infiltraban en la casa del enemigo para hallar planos de misiles intercontinentales, pero también buscando argumentos que reforzaran la validez de su propio sistema de creencias (capitalismo vs comunismo). Su lealtad se veía sometida a una tensión dialéctica que los convertía en personajes complejos y divididos, interesantes en todo caso para el cine o la literatura. Eran la vanguardia de un silencioso combate ideológico que portaban en sus tripas.
El espionaje de la posguerra fría carece de motivaciones ideológicas. Él patriotismo y el dinero son si acaso su único motor. A ello se une la deshumanización del acto mismo del espionaje ocular, gracias a nuevas tecnologías como los satélites-espía, capaces de rastrear con lupa zonas antaño sólo al alcance de una mirada arrebujada tras un periódico horadado por dos minúsculos agujeros.
A los amantes de la novela clásica de espionaje sólo nos queda el consuelo de pensar que mientras el FBI detiene a Chapman y a su pandilla de agentes aficionados, un falso vagabundo con gabardina y barba de tres días se dirige en estos momentos a un árbol hueco de Central Park para buscar el último McGuffin encapsulado de Moscú antes de que se lo coman las ardillas.
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