La falta de un juicio sereno y desapasionado sobre el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador contribuye a la polarización y juega a favor del inquilino de Palacio Nacional. Las redes sociales están plagadas de mensajes a favor y en contra del fundador de Morena, la mayoría insustancial. El verdadero debate ocurre en los medios de comunicación tradicionales, algunos adictos al Presidente y otros abiertamente hostiles. Los predecesores de AMLO no encaraban a sus críticos y detractores; preferían hacerlo por lo bajo. Los noticiarios de José Gutiérrez Vivó, Carmen Aristegui y Pedro Ferriz dejaron de transmitirse por presiones que Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña provocaron.
López Obrador canceló contratos multimillonarios de publicidad, asesorías y servicios con periodistas, escritores y casas editoras. Peña Nieto derrochó 60 mil millones de pesos en imagen y terminó como el jefe de Estado peor calificado por incompetente, frívolo y corrupto. Los presidentes influían en líneas editoriales y columnas, pero no en el ánimo de la población ni en la voluntad de los votantes. Organismos internacionales han pedido a AMLO modificar su actitud hacia la prensa, pues vulnera la libertad de expresión. La 4T no ha podido frenar la violencia contra los periodistas. Los homicidios podrían superar a los cometidos en los sexenios de Calderón y de Peña.
Los medios y los periodistas pueden no gozar de la mejor reputación, pero abandonarlos a su suerte y dejar impune la mayoría de los crímenes refleja desprecio hacia una actividad consustancial a la democracia. El Gobierno se jacta de respetar el periodismo, pero los hechos lo desmienten. No censurar ni dominar por medio de la publicidad es insuficiente. Es preciso garantizar el trabajo de los reporteros, sobre todo de los más vulnerables y con menor exposición mediática. Ellos son el blanco de los atentados. También es necesario que los medios replanteen sus políticas editoriales, pues sus lectores y audiencias son distintos a las del Presidente.
El juicio del escritor Jorge Volpi sobre AMLO, de quien es uno de sus críticos más lúcidos y equilibrados, resulta categórico. «Astucia, malicia, sentido de la oportunidad, fuerza, insolencia y absoluta falta de escrúpulos. Como pocas veces en este sexenio —y ninguna otra desde Carlos Salinas—, estas semanas hemos constatado la extrema habilidad política de nuestro príncipe: un hombre que, provisto con un discurso que justifica todas sus acciones —la batalla con el pasado—, no duda en ejercer el poder a su antojo para alcanzar sus metas y destruir, en el camino, a sus rivales. Uno de los grandes problemas de sus opositores es que, por enquistadas razones de clase, les fascina desdeñarlo con motes pedestres, lo cual contribuye a que continúen perdieron casi todas las batallas en su contra» (“Maquiavelo en Macuspana”, Reforma, 25.0.9.22).
El autor de Una novela criminal (sobre el caso Cazzes-Vallarta), en la cual se exhiben los vicios del sistema de justicia y la complicidad de algunos medios de comunicación con el poder, también hace un pronóstico certero sobre la sucesión del Presidente: «Si el escenario no cambia, todo indica que (AMLO) podrá elegir cómodamente a su sucesora; sí, en femenino. Insisto: lo peor que pueden hacer sus opositores y críticos es minimizarlo o ridiculizarlo. Se trata de un adversario formidable y sería mejor reconocerlo. Para muchos, lo más desasosegante es que AMLO haya articulado un mensaje de moralidad extrema —no somos iguales— cuando día con día demuestra que la moral le es irrelevante. La culpa es, sin duda, nuestra: cualquiera que haya leído El príncipe debería haber previsto que no se puede confiar en ningún hombre obsesionado con el poder».
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