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Eterna enamorada

  Por Hilda Sevilla

Publicado el viernes, 12 de diciembre del 2008 a las 13:59


El amor de lilia ha perdurado por 70 años

Monclova,Coah.- “Vida, si tuviera cuatro vidas, cuatro vidas serían para tí”, y esa promesa la ha cumplido Lilia, por lo menos en esta vida, pues su amor por Emilio ha perdurado más de 70 años.

Lilia Reyes Guevara es todo un personaje viviente de su barrio, la señorita educada a la antigua, tiene 91 años de edad. Amó a un solo hombre del que conserva una carta, un pañuelo y una flor seca en una pequeña caja de madera, desafortunadamente nunca pudieron casarse.

“Yo tenía 16 años cuando lo conocí. Recuerdo que usaba un saco a rayas, era muy guapo…”, menciona Lilia cada vez que habla del amor de su vida, a pesar de no haberla compartido con él.
A su papá lo mataron en la Revolución, era un General de una tropa de Venustiano Carranza. Su mamá había muerto seis meses antes que él, debido a una enfermedad que no sabe explicar muy bien qué fue.

En la completa orfandad, Lilia y su tres hermanos menores llegaron a Monclova siendo pequeños, para quedarse al cuidado de los abuelos maternos. “Mi abuela me educó y siempre me decía que las mujeres rogonas no eran bien vistas”. Por eso no supo defender el amor por Emilio.

En ese entonces los bailes se hacían en el Teatro Ferrocarrilero, cada ocho días. Lilia iba acompañada de sus amigas y con la mamá de alguna de ellas. Ya le habían platicado en varias ocasiones de aquel muchacho guapo con quien todas querían bailar y ella tenía curiosidad por conocerlo.

“Lo conocí en uno de esos bailes. Yo iba con una amiga que esperaba bailar con él esa noche, creo que le gustaba mucho. Cuando Emilio llegó, mi amiga se emocionó al verlo, me dijo: “Mira, él es”. En verdad era muy guapo”, comentó la señorita Lilia.

Emilio se acercó a ellas, pero no invitó a la amiga. Esta vez eligió a Lilia y le pidió que bailara con él toda la noche. “Mi abuela nos decía que sólo bailáramos una pieza con los muchachos, no todo el baile, porque luego parecía que nos habían comprado”.

Entonces bailaron “terciadas”. Para el siguiente baile, un 24 de abril, se hicieron novios, fue en los años treintas. Ella llevaba un jazmín en el pelo que Emilio le pidió para meterlo en un libro. Como él vivía a una cuadra de donde era el baile, fue corriendo a su casa en el intermedio que hizo la orquesta y le llevó una azucena que cortó del jardín de su casa.

A partir de ahí, el joven de 18 años no se apartaba de ella, claro, dice Lilia, “cada que podíamos vernos”. Pero la abuela no permitía que tuviera novio, así que las únicas ocasiones para estar juntos era en los bailes o el 5 de Mayo y el 16 de Septiembre, en las kermesses que hacían en la plaza principal durante esas fechas.

Emilio tuvo que irse a trabajar a Monterrey, con la promesa de volver por ella para casarse y así lo hizo. Tenían tres años de novios cuando regresó para pedir su mano a los abuelos. Pero una tía de Lilia no dejó que él entrara en la casa, argumentando que la abuela estaba enferma y que no era apropiado en un momento así.

“Yo era muy asustadiza y le hice caso. Emilio se regresó a Monterrey enojado, pero volvió y arreglamos las cosas. Fueron ocho años los que duramos como novios”. Él siempre queriendo casarse y ella con el miedo de decirle a los abuelos.

Terminaron definitivamente cuando Lilia recibió una página del Periódico “El Porvenir” de Monterrey. Ahí venía una nota acerca de un pleito entre un matrimonio, en el que la mujer había baleado al marido, los protagonistas, Emilio y una “chica de la vida galante”, dice ella.

“La mujer era mayor que él y lo perseguía mucho. Un día, lo emborrachó y lo llevó al registro para que se casaran. Cuando Emilio tomó conciencia de las cosas, le reclamó y le pidió el divorcio. Ella sacó una pistola no sé de donde para matarlo a balazos”, platica Lilia.

Afortunadamente, no lo mató y Emilio consiguió anular el matrimonio, pero lo que no obtuvo fue el perdón de Lilia: “A partir de ahí, jamás lo volví a ver. Me escribía cartas, pero las rompí casi todas por el coraje que sentía; nadamás me quedé con una y es la que he guardado todos estos años”. Al igual que su amor por él, por eso nunca se casó.

Emilio se casó nuevamente, esta vez por propia voluntad y tuvo dos hijos. Casi 20 años después enviudó y regresó a Monclova para buscar a Lilia y casarse con ella, pero ahora la familia de él fue quien no se lo permitió.

“Dicen que venía enfermo de diabetes, por eso su hermano y sus sobrinas no lo dejaron llegar a la casa a buscarme, creyeron que no era justo que yo fuera su enfermera”. Lo convencieron y regresó a Monterrey sin haberla visto.

Lilia se enteró y ahora confiesa que a ella le hubiera gustado casarse con él a pesar de todo, pero por la educación que recibió de su abuela materna, no quiso verse “rogona” y lo dejó ir.

Hace veinte años Emilio murió, dicen que nunca dejó de nombrarla, ni siquiera en sus últimos momentos. A Lilia le queda la tristeza y una pequeña caja de madera, donde guarda toda una vida de amor, esperando que se cumplan los versos de la canción que él le cantaba: “si tuviera cuatro vidas, cuatro vidas serían para ti”.

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