Muchos tendemos a comparar a nuestras sociedades con las sociedades europeas, especialmente con los países que no moja el Mediterráneo, pues en esa región tienen momentos en que parecen repúblicas bananeras.
Después de décadas de estupidez colectiva, que los llenaron de un fervor socialista, mismo que terminó con el liderazgo de Inglaterra, lograron una sabia mezcla de modelo económico productivo, con creación de derechos sociales, pagados con altas tasas de impuestos, logrando que los niveles de vida se elevaran.
Claro, les quedó la carga de sudar calenturas ajenas, y es lo que los hunde ahora.
Muchas de las barbaridades provocadas por los grandes negocios de europeos tienen como resultado a miles de refugiados, especialmente del norte y centro de África, y los gobiernos otorgan asilo y protección a esas familias, mismas que tienen otra religión y otras costumbres, algo que provoca cambios enormes en estimaciones a largo plazo.
Por ejemplo, los refugiados o migrantes de naciones islámicas tienen tasas mayores de natalidad; eso, a mediano plazo, aparte de crecimiento, lleva a una sustitución racial en el componente poblacional. Eso, en el mediano plazo, los llevaría a tener islámicos en sus congresos decidiendo, por ejemplo, el futuro de Suecia.
Las tasas de criminalidad también han sido afectadas; en el tema de consumo de enervantes ya tenían altos niveles antes de esa inmigración forzada.
Tal vez sería más barato para esos gobiernos apoyar la creación de zonas agrícolas con agua desalinizada en el norte de África y promover la migración para el regreso de muchas de esas familias.
El dinero y el bienestar son los grandes motores de la migración.
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