Nacional

Publicado el lunes, 17 de febrero del 2025 a las 04:37
Ciudad de México .- Escritor y artista multidisciplinario, usuario de silla de ruedas desde la infancia, la experiencia de Edgar Lacolz de la pandemia fue distinta a la de muchos, pero no del todo nueva.
En Caosmosis 20-20 (17 / Ediciones del Olvido) la crónica con la que ganó el primer lugar en el concurso nacional de la Cátedra Monsiváis del INAH, Lacolz navega entre la brutal honestidad y un humor ácido para narrar el encierro.
En una mezcla de registro meticuloso y evocación literaria, Lacolz describe su cotidianidad al inicio de la pandemia: la acumulación de provisiones, la suspensión de planes y la creación de una rutina en su departamento, al que llama la Embajada Apócrifa de La Laguna en la CDMX, y después el claustro en Torreón, Coahuila, con la familia.
“
Llevo más de 30 años en la silla y este es el lugar más accesible en el que he vivido en toda mi vida”, asegura Lacolz, quien se mudó en 2015 a la capital del país.
Dos cuadras lo separan del caos del viaducto. El departamento, en planta baja, facilita su movilidad. Un espacio sin puertas, con marcos anchos, permite que pueda desplazarse con fluidez de un ambiente a otro.
La sala-estudio da paso a la cocina y, al fondo, se encuentra la recámara y el baño, en una disposición lineal que elimina obstáculos innecesarios.

Desde su origen en Torreón hasta su vida en la Ciudad de México, Lacolz ha aprendido a moverse en un país que a menudo olvida a los cuerpos que se salen de la norma.
“
En la Ciudad de México te encuentras con más personas con discapacidad en la calle, en el Metro, en los cines. En Torreón, muchos se encierran. La infraestructura no ayuda, pero tampoco la mentalidad”, dice.
En Torreón, todavía el acompañamiento sicológico es visto como algo que sólo hace la gente “cherry”, pero no el torreonense de a pie, de barrio. Hace 30 años, menos.
A Lacolz nadie le dijo que no volvería a caminar, ni un doctor ni un sicólogo. Quizá a sus padres sí, que eran unos jóvenes treintañeros. Él fue sacando sus propias conclusiones.
Cuenta que el accidente ocurrió en Torreón cuando él tenía cuatro años. Iba en un camión de pasajeros con su madre, su hermana mayor, su hermano menor y una prima.
El camión iba por el periférico de Torreón, que en ese entonces era lo último de la ciudad. El chofer no quiso hacer el retorno como debería para bajar a los pasajeros.
La familia de Edgar bajó y comenzó a cruzar el camellón para llegar a la colonia. De la nada, en la oscuridad, salió una camioneta. Unos alcanzaron a cruzar, pero su madre y él, dormido en sus brazos, no.
Edgar salió volando y su madre, al parecer, se quedó prensada en la defensa y, para sacársela de encima, la camioneta se echó para atrás y luego la pasó por un lado y huyó.
“
El 18 de julio. Es nuestro aniversario número 29 del accidente automovilístico que nos atropelló a mi mamá y a mí, y a toda la familia. Se dice fácil –y también se escribe, mira: veintinueve años–.“Allí cabe toda una vida y un montón de muertes chiquitas. Para celebrar que seguimos en pie, haremos en casa unos pollitos atropellados. El próximo año serán 30, ¿a los cuántos años de ejercer se jubila uno?”, escribió aquel verano de 2020 en Torreón.

A Lacolz (Torreón, 1987) aún le cuesta asimilar cómo hicieron sus padres para procesar todo el paquete emocional y lidiar con el trabajo, los hijos, la casa, los gastos, la angustia, el dolor siendo tan
jóvenes.
Entre sus libros hay un peluche que a Edgar le recuerda su infancia. “Cuando me pasa el accidente tengo la sensación de la espina dorsal expuesta y como de mucho chile”, recuerda.
El peluche tiene la misma herida y también tiene una pierna más corta como él. No tiene nombre, pero podría llamarse Lacolcito.
Su capacidad para desmenuzar la experiencia de la pandemia con humor y sin sentimentalismos fáciles es lo que hace que la lectura de Caosmosis 20-20 (o de cómo estoy volviendo de donde nunca me fui) atrape.
“
El humor es una herramienta de supervivencia”, comenta. “En mi familia, incluso en los momentos más oscuros, siempre ha habido espacio para un chiste”.
Pero Caosmosis 20-20 no es sólo una crónica de la pandemia. Es también una exploración de cómo la crisis hizo más evidente las desigualdades y también, mostró que esa “nueva normalidad” era una vieja realidad para otros.
“
Nosotros ya usábamos reuniones virtuales desde antes, ya habíamos aprendido a vivir con restricciones de movilidad”, apunta Lacolz a propósito de los artistas con discapacidad.
Con la pandemia es sabido que los espacios culturales cerraron y muchos proyectos quedaron en pausa. Para el nicho de los artistas “discas” –como se autonombran– fue aun más complicado encontrar recintos y apertura para sus iniciativas.
“
Ahora está mucho más de moda lo de la cuota de inclusión”, dice. “Pero hace cinco años no y era un poco más castroso encontrar espacios”.
En respuesta, junto a otros creadores con discapacidad, formaron el colectivo llamado No es Igual. Aunque muchos de los proyectos quedaron inconclusos, sirvió como una red de apoyo en tiempos de incertidumbre.

Red de apoyo
Para Edgar Lacolz, la red de apoyo es necesaria. Su paso por Vida Independiente, donde se entrenó para usar la silla semi-deportiva, más ligera que la ortopédica, fue una gran lección.
Veía a compañeros jóvenes o adultos que llegaban con “unas depresiones muy marcadas”, con el conflicto del abandono por parte de sus familias.
“
Si tu familia te abandona, quedas a merced del diablo”, reitera. “Si no es la familia, la red de apoyo puede llegar de otros lados, pero siempre tenerla ahí”.
Lacolz comparte sin pudor sus rutinas de higiene y cuidados al vivir con una lesión medular. “Las escaras y fallas renales matan parapléjicos a diestra y siniestra”, escribe. Desde los 16 años toma calcio contra la osteoporosis.
Es consciente de su “vulnerabilidad orgánica” que lo ha llevado a concentrarse en el presente.
Después de una plática con su hermana menor y de una cirugía de una escara en la nalga izquierda que lo postró cuatro meses en la cama boca abajo comenzó su viaje por la escritura.
Mientras convalecía leyó a Rius y Stephen King, a Rulfo y Dostoievsky. Su hermana le hizo ver que los pocos libros que tenía ninguno era de computación. Salió de esa operación convertido en lector.
Habló entonces con sus papás de que dejaría la carrera. Ellos se asustaron e indignaron. Intentaron convencerlo de que terminara primero Sistemas y luego, se dedicara a escribir.
“
Asegúrenme que voy a ser licenciado en Sistemas y que voy a tener trabajo en Microsoft, luego casarme, jubilarme y entonces sí dedicarme a escribir”, les preguntó. “Mejor al revés, primero hago lo que quiero hacer y si me da la vida, me hago ingeniero después”.
Con una licenciatura en Filosofía, se ha dedicado a las letras como corrector, librero y tallerista. Publicó el libro de cuentos Esto no es un Lacolz (2013) y la novela Retrato esperpento (2014).

Más sobre esta sección Más en Nacional
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 4 horas
Hace 5 horas
Hace 6 horas
Hace 6 horas
Hace 7 horas
Hace 7 horas
Hace 8 horas
Hace 8 horas
Hace 8 horas
Hace 8 horas