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Por
Pedro Martínez
Publicado el jueves, 5 de enero del 2012 a las 01:08
Saltillo.- Mientras veía el dormir de sus hijas de 5 y 3 años, Francisco soltó el cuchillo que había utilizado segundos antes en contra de su pareja, a quien terminó no sólo de destrozar su cuerpo, sino su alma.
Por eso, Francisco apagó la luz del cuarto, despertó a sus dos niñas y salió con la idea de no regresar, con la esperanza de que alguien le dijera que todo se trataba de una pesadilla, de una en la que asesinó a puñaladas a la mujer que le confesó su infi delidad con al menos cuatro hombres.
“Ya me tenía harto, sé lo que hice y no me arrepiento”, confesó el asesino en una de sus tantas declaraciones, una de ellas, la más importante, expuesta en el expediente 246/2004, que se encuentra en los juzgados penales.
AMOR DE CALLE
Por eso, el bolero de la Zona Centro de la Ciudad de Saltillo, el cual trabajaba por unos cuantos pesos, no tardó en encontrar a alguien: conoció a quien, por lo menos en los próximos cinco años, acabaría por destrozarle el corazón.
Un día, sobre la calle Aldama casi esquina con Allende, se encontró con una mujer; sus contoneos lo maravillaron por completo. Ella vestía una minifalda entallada color negro, una blusa roja de tirantes y unos tacones color vino que aún delataba la oscuridad de la noche.
Se trataba de Gloria Elizabeth Sánchez Galván, una mujer de pocos pesos y de dignidad manchada por sus eternas aventuras con hombres de paso. Una dama de la noche que siempre estaba a la espera de algún necesitado de amor que pagara lo que fuera por comprar caricias.
“Pancho “, como también era conocido, quedó prendado, supuso que sólo era la vestimenta, que en su interior había una mujer, una madre, una amiga, pero sobre todo una esposa.
“Nuestro encuentro fue pura suerte, la conocí en la calle, pensé que eso no me iba a traer problemas, pero al fi nal de cuentas eso fue lo que nos separó”, expuso Francisco Javier Martínez Mata ante el Ministerio Público que llevó su caso en el 2004.
Francisco y Gloria iniciaron una aventura, una sincronía constante, en donde el amor fue una puesta en escena adecuada, al menos, según lo dijo el mismo “bolero”, durante los tres primeros años.
Todo parecía ir bien, sus pláticas eran amenas, su convivir tranquilo y sus encuentros pasionales eran comunes, bajo las sábanas blancas de su colchón individual.
“Vivimos en una casa que compré, estaba chica, pero era de nosotros”, señaló.
Y así era en el número marcado con el 130 de la calle José María Parra, de la colonia Las Margaritas, una casa con dos nuevos integrantes. Dos niñas que iniciarían un camino de terror en compañía de sus padres.
LA SORPRESA
Habían pasado tres años y el 2002 tocó la puerta de Francisco y Gloria, dos amantes fi cticios para ese entonces, que escondían sus secretos, al menos eso pensaba él cada vez que llegaba a casa, del trabajo.
Pero no era así, de pronto se dio cuenta de que una de sus hijas, la de 3 años, mostraba una actitud diferente, llena de miedo, con una máscara sofi sticada, elaborada a escondidas por su madre.
Francisco Javier y Gloria jamás unieron sus vidas en matrimonio, dejando su simpleza momentánea en eso, en una patética “juntada”, la cual ya estaba por derrumbarse, pues aquel hombre de aguante y de autoestima simple, ya estaba por descubrir lo que siempre imaginó desde que la conoció en una de las calles más concurridas del primer cuadro de la capital del estado.
“De pronto me di cuenta de que Gloria llegaba borracha y oliendo a thinner, yo le preguntaba qué era lo que pasaba, respondiéndome que era un ‘pendejo’ que ella sabía lo que hacía”, apuntó.
Sabía que debía parar aquellas salidas inoportunas, planeadas, con sabor a alcohol y a solventes, pero “Pancho” calló, prefi rió dejarlo pasar para que sus hijas no sucumbieran ante tal desastre.
“Lo hacía por ellas, porque si me atrevía a cometer algo fuerte en contra de su madre, serían ellas las que saldrían perdiendo”, dijo el “El Bolero” a la autoridad de la desaparecida Procuraduría General de Justicia del Estado de Coahuila.
Por eso, mientras trataba de olvidar aquellos desplantes y posibles infi delidades de la mujer con la que decidió unir lazos sociales años atrás, pasaba el tiempo en la “limpia de zapatos”, misma que le daba pocas ganancias, pero que le hacía olvidar.
“Ya estaba muy enojado, pero preferí callar”, comentó. Corría el 2004.
Un día, por el mes de noviembre, Francisco llegó a casa y su hija, ya con 5 años de edad, le reveló lo que a la postre lo llevaría a masacrar de varios “tajazos” el alma de Gloria.
Eran las 4 de la tarde de los últimos días del mes de noviembre de 2004 y las dos niñas estaban sentadas en una de las camas, tristes y en espera de que alguien las salvara de aquel infi erno en el que su mamá las tenía desde hacía años.
Ambas tenían otra cara, distinta a la que habían presentado en los dos últimos años, por eso Francisco no tardó en preguntar lo que sospechaba, pero sobre todo de lo que temía.
“Mi hija, la más grande, me dijo que su mamá metía hombres, y que lo hacía muy seguido”, mencionó.
La niña (se omite su nombre por ser menor de edad), según el expediente en manos de la juez primero del Ramo Penal, describió una de las tantas escenas sexuales que su madre realizaba frente a ella y a su otra hija de tan sólo 3 años.
“Llegaba un señor con mi mamá; él se quitaba el pantalón y a mi mamá también se los quitaba, después se acostaban y hacían cosas”, argumentó en compañía de un adulto, en este caso de su papá.
Eso no era todo, en ocasiones aquella madre ahogada en alcohol y algunas veces en thinner, obligaba a las menores a ver la escena sexual.
“La niña también me comentó que cuando estaban en la cama besándose, ella le pegaba en la cabeza muy fuerte y a su hermanita”, señaló en su declaración preparatoria ante el juez primero, un día después de que fuera ingresado al centro penitenciario de Saltillo (Exp. 246/2004).
Su coraje comenzó a tomar forma, sus deseos asesinos estaban llenando su mente de situaciones extremas, como si el mismo diablo le susurrara en el oído.
LA DESTROZA
Después de escuchar a sus hijas, Francisco Javier se puso en pie y tomó del ropero de madera un cuchillo. Lo sostuvo con su mano derecha, lo miró fijamente y se dio cuenta de que no era el momento. Lo volvió poner en aquel mueble.
Pasaron los días y Gloria seguía saliendo y cometiendo sus fechorías, mientras su pareja trabajaba por varias horas, incluso ya había extendido su área de trabajo, del centro de la ciudad se pasaba al sur, por la Central de Autobuses.
Llegó el 4 de diciembre. Francisco tomó el riesgo de tratar de remediar el problema con su pareja y la invitó a tomar unas cervezas en la misma casa en donde ella pasaba las tardes con hombres distintos. Eran las 21:00 horas.
“Nos tomamos unas caguamas, pero como a la cuarta o quinta me confesó que estaba embarazada y que el hijo no era mío, sino de un ‘culero’ que ni siquiera se acordaba”, expresó.
En eso, “El Bolero” volvió a pensar en acabar con todo, tan pronto y fuera posible, pero la “mecha” todavía no estaba encendida, hasta que escuchó la confesión de ella que él ya conocía.
“Me dijo que se había metido con cuatro güeyes en mi casa y que lo iba a seguir haciendo porque yo era un pendejo”, indicó.
El reloj seguía su curso y las manecillas marcaron la medianoche, y el 5 de diciembre se estacionó en el número 130… Francisco estaba por asesinar a Gloria.
“La vi a los ojos; ella seguía hablando. La tomé del cuello y la bajé de la cama”, enfatizó, “tenía mucho coraje, fue cuando decidí que tenía que matarla”.
Así, “Pancho” mantuvo su brazo derecho sujetando el débil cuello de Gloria, mientras el izquierdo era utilizado para tapar la boca de una mujer que luchaba por su vida, que buscaba pedir auxilio.
“Después me di cuenta de que casi no tenía fuerzas, por eso me dirigí al ropero, tomé el cuchillo y comencé a enterrarlo, la verdad no sé cuantos fueron, pero sí fueron muchos “, indicó.
Con el cuchillo en su mano derecha, Francisco se detuvo, miró una vez más el rostro de su pareja y sonrió; sabía que por fi n iba a estar en paz.
“Me puse en pie, desperté a mis hijas y las saqué de la casa; nunca prendí la luz, no quería que la vieran muerta”, dijo.
Con la mirada baja, tomando de las manos a sus dos hijas, “Pancho” salió con rumbo a casa de su mamá, en donde confesó todo: “Maté a Gloria. Sé lo que hice y no me arrepiento; estoy consciente y la Policía sabrá qué hacer”.
“No sólo sabía que había matado a mi pareja, sino a un bebé que estaba en su panza. Después supe que era mi hijo y que tenía 4 meses de vida…”, concluyó.


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