Clasificados
Por
Pedro Martínez
Publicado el jueves, 8 de marzo del 2012 a las 02:39
Saltillo.- David jamás imaginó que la brutal golpiza que le había propinado a uno de sus rivales iba a ocasionar un verdadero cochinero en su casa. “El Parrillero” exprimía el trapeador en una tina color blanco los chorros de sangre que había recogido del piso…
Pero aquel momento trágico no se había terminado. David recargó el utensilio de limpieza en una de las esquinas del área de la sala y corrió hacia donde se encontraba Carlos; agarró una tabla a la que le sobresalía un clavo y la empezó a hundir en el cráneo de aquel hombre que sólo cometió el error de robarse mil pesos de un local de venta de pollos.
“Lo tenían amarrado de la manos, no se podía defender; sólo le pegaban con patadas, tablas y palos, la mayoría eran en la cabeza…”, dijo en su declaración Alejandro Muñoz Márquez, uno de los testigos de la matanza. (Exp. 230/99)
OLOR A POLLO
Alejandro estaba por cumplir la mayoría de edad y tomaría la decisión más importante de su vida. Sus andanzas le habían permitido madurar más rápido que cualquiera de su edad, por eso un día del mes de marzo de 1999 decidió tomar de la mano a su novia y la llevó a un cuarto solitario y frío de una casona ubicada en Presidente Cárdenas 915, de la Zona Centro de la ciudad.
Sin pensar, Alejandro fue motivado por aquel olor a pollo que percibía a diario cuando caminaba a las afueras de “Pollos Don Memo”, localizado en el cruce de Cárdenas y Abasolo.
Sin entender cuál era el motivo de aquel buen gesto del “Parrillero”, Alejandro ingresó a aquel comercio, se sentó en una de las pequeñas mesas y pidió medio pollo “pa’ empezar”. “En el mes de marzo fui a comer pollo frito, aunque ya conocía a David, fue ahí que lo conocí bien”, dijo en su declaración, realizada en el año de 1999.
De pronto, el comer en ese pequeño negocio se convirtió en una costumbre, en una necesidad, pues los trabajadores del lugar, entre ellos David y el encargado, Fortunato de la Cerda Leos, le brindaban una atención de lujo.
“Varias veces llevé a mi novia Jéssica a comer. Ahí le platiqué a David que queríamos vivir solos, pero que no teníamos en dónde hacerlo”, comentó, “fue en ese momento que me invitó a vivir en uno de los cuartos de una casa ubicada en Presidente Cárdenas”.
Sin dudar, Alejandro y Jéssica tomaron sus cosas. Un colchón, unas sábanas, ropa y una grabadora los acompañaron. Ahí, no sólo darían sus primeros pasos como pareja, sino que conocerían a la misma muerte en persona.
Los días del mes de abril de 1999 siguieron y la vida de Alejandro y su novia, así como de aquel parrillero también. David se levantaba todos los días a las 8 de la mañana y abría el negocio de pollos a las 9, siempre puntual.
EL ROBO
Las cosas, pensó Alex, iban a seguir su curso normal. Mientras él cuidaba a los perros y limpiaba la casa todos los días antes de irse al trabajo, David seguía en lo normal; tomaba los pollos crudos que le pasaban sus compañeros y los aventaba a la parrilla, y esperaba que el carbón les diera ese sabor especial que buscaba la clientela.
Era un día como cualquier otro en el que se estacionó en el negocio. Un 26 de abril y la cotidianidad era obvia. “El Parrillero” se dirigió a su lugar de trabajo, abrió los candados que mantienen amarradas las puertas de metal y dio la bienvenida a Fortunato de la Cerda Leos, también conocido como “Nato”. Las 9:00 horas marcaba el reloj.
“Pasaron las horas y ya en la noche, como a las 8, fui a entregar unas costillas, ahí se quedó ‘Nato’ cuidándolo”, argumentó.
Mientras Fortunato ultimaba los detalles del cierre por la puerta principal entraron dos sujetos, Carlos Antonio Puente Cepeda “El Cere” y “El Pini”, dos pandilleros que desde hace tiempo se la pasaban cometiendo robos simples a transeúntes y a pequeños comercios.
“Cuando llegué de dejar el pedido de costillas, ‘Nato’ me dijo que dos pandilleros con navajas en mano le habían robado y quitado mil pesos del producto de la venta”, comentó David.
Enojados, hablaron a uno de los dueños del lugar, a Israel, comentándole lo que se había suscitado segundos antes: “Nos dijo que le habláramos a la policía y que ellos se harían cargo de todo”.
Pero las cosas no iban a terminar ahí. En ese momento, “Nato” y David se armaron de valor, decidieron que la mejor forma de tomar venganza era encontrarlos y obligarlos a que les entregaran el dinero.
Fue así que por la calle Armillita se dieron cuenta que estaba el bar Acapulco, famoso por ofrecer una rica botana a sus clientes y por cerrar a una hora no permitida, por lo que decidieron realizar una parada en aquel lugar de mala muerte.
“Llegamos como a las 10 de la noche y estuvimos en la planta baja un buen rato, después subimos jugar billar”, comentó el asesino. (Exp. 230/99).
Sentados en dos de las cuatro sillas de la mesa del rincón, los dos amigos se dieron cuenta que se encontraba un pandillero, como de 27 años, ya en un estado inconveniente.
Por eso, enfurecidos y con la sed de venganza hasta el tope se encaminaron con el cantinero, “Jhony”, y le preguntaron quién era esa persona que estaba pasada de copas, a lo que le contestó que era un “pediche, que se la pasaba pidiendo cerveza a los clientes”.
En eso una mesera se les acercó. Era una mujer de movimientos alegres, vestida con una minifalda y una blusa amarilla que mostraba la rigidez de sus pezones: “Le dicen ‘El Cere’ siempre viene a tomar aquí”.
Sólo bastó que lo invitaran a sentarse en una de las dos sillas vacías para que la comunicación entre él y “El Parrillero” se transformara en una comunión insospechada, de esas claras, sin tapujos. Parecían dos amigos entrañables.
Las 00:30 horas del 27 de abril y la puerta del 915 de Cárdenas se abrió. Ahí entraron los tres amigos, David, “Nato” y “El Cere”, este último motivado por el alcohol, sin saber que minutos más tarde sería asesinado por sus compañeros de cantina al golpearlo con un salvajismo no propio de un ser humano.
SALVAJISMO
Alejandro y Jéssica estaban dormidos en uno de los cuartos. Tenían sólo algunos minutos de haber conciliado el sueño cuando de pronto escucharon el abrir de la puerta; tres voces caminaban por los pasillos del domicilio de Presidente Cárdenas.
Pero no, aquel pedimento sólo era parte del juego macabro de los dos “polleros”. La hebilla del cinto sería utilizada para masacrar la cara del ladrón que se atrevió a tomar con lujo de violencia los mil pesos de la venta.
“Estábamos tomando cuando de pronto Carlos se quería ir y como tenía un gas lacrimógeno se lo eché en la cara, después lo golpeé con mis puños en el estómago, lo tiré y lo amarré con unos mecates que utilizo como tendero”, comentó David.
La golpiza inició. “El Cere” sólo exclama el perdón de sus captores, quienes con la rabia hasta el tope y con el corazón hundido en el odio, no dejaban azotar su cráneo en la pared; lo tomaban con sus manos y lo rebotaban en la blanca barda del cuarto. La sangre comenzó a brotar y a impregnarse no sólo en la pared, sino en la ropa de los plagiarios, por eso “Nato” y David decidieron llevarlo al patio para terminar de una vez por todas el trabajito. Su estado ya no era el propio de un ser humano.
El rostro del “Cere” ya estaba deforme, sus ojos ya no podían abrir más, el color se había tornado un poco morado, pero no les importaba, los dos trabajadores de “Pollos Memo” seguían su lucha para saber la verdad.
“¡Es el ‘Pini’ el que trae el dinero, yo no traigo nada!”, fueron las supuestas expresiones que aventó al aire Carlos a sus captores; quería vivir.
EN EL PATIO: LA MUERTE
El joven seguía abrazado de Jéssica, sabía que si salía a ver lo que realmente pasaba, sus amigos lo iban a involucrar en aquel feroz crimen, por eso siguió en el trato con el sueño, con su amada joven de 15 años.
“En eso escucho que lo trasladan al patio, el cual puedo ver desde la ventana donde duermo”, contó Alex.
La ventana jugó como un televisor. La víctima y sus captores como los artífices de una película de horror, por eso Alex y Jéssica se sentaron en la orilla del colchón viejo en el que dormían y se pusieron a observar.
Fueron 45 minutos de una tortura constante. Alejandro vio aquella película de horror sin pestañar, pero no podía hacer nada por ayudar al hombre, tenía que proteger a su novia.
“Tratamos de dormir un poco cuando dejaron de golpearlo, pero seguía escuchando como se quejaba ese sujeto, pero preferí dormir”, comentó.
No pasaron ni 5 minutos y de nueva cuenta la figura de David se hizo presente. Alejandro se puso en pie y vio el horror una vez más.
“Entró y le dijo: ‘¡Te vamos a marcar cabrón!’ ‘¡Vas a valer verga puto!’”, enfatizó, “fue cuando tomó la tabla que tenía un clavo de fuera y la empezó a azotar en la cabeza, varias veces, la verdad nos dio mucho miedo”.
De pronto, David dejó de sacar esa furia en el cuerpo del “Cere”, bajó la mano derecha con la que tenía agarrada la tabla, de la cual comenzó a escurrir sangre, vio el cuerpo de Carlos ya sin aliento, y dijo: “Pa’ que aprendas que nadie le roba a Memo pendejo”.
DE ROJO
Un silencio arropó la casa. Alex, motivado por saber si aquel individuo todavía respiraba, salió al patio y se dio cuenta de la crudeza con la que había sido tratado. Carlos estaba desfigurado, con los rastros de la tortura en todo su cuerpo y, por si fuera poco, un camino de sangre salía de su cráneo y se escapaba por el resumidero del patio.
“Fui hacia la sala, en donde también está la cocina y me di cuenta que toda estaba manchada de sangre, había una tina con un trapeador lleno de sangre”, indicó en una de sus declaraciones, las cuales fueron vitales para que “Nato” y David fueran detenidos y encerrados por varios años.
Y así era. Las paredes blancas de la vivienda mantenían dibujadas figuras distorsionadas por el mismo demonio. La sangre era sólo el reflejo del salvajismo que se vivió momentos antes.
“Fui a la Cruz Roja y les dije que había una persona golpeada y al parecer muerta, ahí me dijeron que no tenían ambulancias, pero al salir vi a dos policías; ellos me acompañaron y se dieron cuenta de lo que se ha vivido en esa casa”, comentó.
A pesar de que Fortunato y David habían escapado a la ciudad de Monterrey, personal de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Coahuila los pudieron ubicar gracias a varias fotografías dejadas en la casa y, claro, con la ayuda de sus patrones: Guillermo Guerrero González e Israel de la Cerda, quienes aturdidos por el salvaje crimen no dudaron en entregarlos.
Cuenta una de las autoridades que fue parte de las diligencias del asesinato, que al llegar a la casa los perros estaban sueltos. Uno de los rottweiler estaba carcomiendo una de sus manos, mientras el segundo limpiaba sus heridas de la cara.
Más sobre esta sección Más en Clasificados