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Expediente criminal: ‘La mata traileros’

  Por Pedro Martínez

Publicado el miércoles, 21 de marzo del 2012 a las 00:20


Se armó de valor, tomó un revolver y salió en busca de los hombres de quinta rueda que transitaban por las carreteras

Saltillo.- Claudia mantenía plena aquella imagen repugnante, sin censura, una en donde un trailero la subió a la fuerza a su unidad y la violó en repetidas ocasiones en el camarote. También podía percibir el olor a azufre de su atacante, uno amargo y que la llevaba a sentir asco, repulsión, pero sobre todo un odio eterno.

Por eso, un día de tantos del mes de junio del 2005 se armó de valor, tomó un revolver y salió en busca de los hombres de quinta rueda que transitaban por las carreteras de su ciudad natal, Matamoros, Coahuila.

“Quería terminar con el hombre que me había violado, lo encontré y le quité la vida, después le prendí fuego”, confesó en una de sus tantas declaraciones que se llevaron en el Juzgado de Primera Instancia en Materia Penal del Distrito Judicial de Parras, Coahuila (100/2005 y acumulado 104/2005).

LIGERA

A veces solía ser ligera, como el viento, como una hoja tratando de encontrar el camino en medio de una soledad absoluta. Claudia Yadira Ojeda Torres, acaba de cumplir la mayoría de edad y veía la vida como tal, simple y sin preocupaciones.

De pronto se le podía ver disfrutar de sus amigos en plena calle de la colonia López Portillo, en Matamoros, Coahuila, en otras disfrutaba de la compañía de traileros que saciaban sus instintos carnales en ella.

Transcurría el 2005. La necesidad de consumir droga era para Claudia un deseo que ya no podía quitar de su mente, de su cuerpo, pero no la encontraba. Sus padres no contaban con el dinero suficiente ni para comer lo necesario todos los días de la semana, por eso tenía que encontrar algo que le brindara esa comodidad que bajara la “temblorina” de todos los días.

“Salía mucho a la carretera a pedir dinero. Lo que pasaba era que le gustaba mucho el cristal y cocaína. Tenía que encontrar el dinero para comprarlo”, comentó una de las personas que realizaron su declaración en estos hechos.

“Era tan fácil”, decían algunos de los choferes que pudieron ser partícipes de aquellos encuentros con la joven, que en aquel entonces decía contar con 18 años, pero después trascendió que era menor de edad.

Comúnmente, Claudia se paraba en la carretera Matamoros-Mazatlán, tramo La Cuchilla-Paila, a unos metros del ejido San Rafael, del municipio de Parras, Coahuila, y esperaba el paso intranquilo de las unidades pesadas, que por lo menos cada 15 minutos un tráiler le hacía desdén al mirarla desde su cabina.

En ocasiones, motivada por la necesidad, no le importaba que algún desconocido la invitara a subir. Yadira Ojeda estaba dispuesta a perderse entre las sabanas sucias que se encontraban en el camarote de los tráileres por sólo una dosis de cristal o de cocaína.

Una droga cara para su inútil y desperdiciada vida.

Un día de mayo del 2005, cuando el brote de la necesidad de la droga era más que una simple agonía, la llevó a ser parte de una escena vergonzosa, pues aunque la mayoría de las veces decidía qué hacer con su cuerpo, aquella ocasión las cosas se tornaron un poco grises, sin regreso.

Claudia estaba en las faldas de la carretera, a pocos kilómetros del ejido Zapata, a espera de que alguien le diera lo que buscaba; una dosis de cristal o unos cuantos gramos de cocaína.

revista vision saltilloEn esa ocasión, la joven mujer y de necesidades obvias, fue seducida por un trailero que hizo su parada en aquel tramo, abrió la puerta del copiloto e invitó a la mujer a sentarse junto a él.

Así fue, los dos se dirigieron a la compra de una dosis de cristal a uno de los lugares escondidos y de venta segura en las cercanías del ejido Zapata. Claudia presentía que las cosas no iban a funcionar como en otras ocasiones.

La mirada del chofer de la línea no le brindaba esa seguridad como sus antecesores. Pero terminó por aceptar la compañía del chofer segundos después de ver en sus manos el pedazo color blanco, el cual la llevaría a pasar un “viaje” corto en sus andanzas por la carretera; sin embargo, no iba hacer tan placentero…

A las orillas de la carretera, estacionados en uno de los parajes de aquel olvidado lugar, el trailero presentó su verdadero rostro; comenzó a buscar en la joven la recompensa por haberle ofrecido su tesoro (droga) más sagrado.

Cegado por la droga comenzó a tocar sus partes íntimas, doblegándola ante los gritos insaciables de Claudia, quien en todo momento trató de zafarse, de salir huyendo de las garras de aquel animal pero no pudo. El trailero terminó por atacarla sexualmente hasta que se cansó.

VENGANZA; UNA PISTOLA ROBADA

El mes de junio se instaló en el 2005 en la ciudad de Matamoros, Coahuila. Claudia seguía su camino sin dirección, imitaba sus andanzas como si aquel ataque por parte de un trailero jamás hubiese pasado.

“Un día llegó a mi tienda Claudia. Es una joven que conozco porque había ido en otras ocasiones; le pregunté qué que andaba haciendo por acá, sólo me contestó que visitándome. En eso le pregunto si quiere ver una película y ella aceptó”, comentó Edmundo Carrillo Sánchez en su declaración emitida en el proceso 105/2005.

Era un día normal para el tendero de la colonia López Portillo. Edmundo, como siempre invitaba a sus grandes amigos no sólo a platicar con él a unos metros de la barra en donde atendía, sino los dejaba pasar hasta las entrañas de su casa.

“Claudia pasó a mi recámara, se acostó, puse la película, pero yo me quedé parado porque tenía la tienda abierta, por lo que mientras estaba al pendiente de quién entraba o salía, ella se quedó en mi casa aproximadamente media hora, pero de pronto se fue, no supe qué pasó”, comentó Edmundo a la autoridad ministerial de la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado de Coahuila.

Pero Claudia no iba sólo a saludar al amigo de siempre, el que le daba entrada a su casa y el que regularmente la invitaba a cenar, no, la joven se había presentado para tratar de encontrar el arma que con tanto recelo guardaba Edmundo, también conocido como “El Carrillo”.

Por eso buscó entre los cajones viejos de madera instalados en el clóset, entre la ropa limpia de su amigo, hasta que por fin, debajo del colchón dio con el arma que le daría esa tranquilidad que tanto buscaba, pero sobre todo, con la que vengaría el ataque sexual que sufrió semanas atrás en manos de un trailero.

“Se me hizo extraño, en otras ocasiones se tomaba un refresco y se fumaba un cigarrillo, esta vez se fue muy rápido”, mencionó, “días después me di cuenta que me faltaba una pistola tipo revólver calibre .22”, mencionó.

El arma, de cachas de plástico color blanco y con tres proyectiles hábiles, se convertiría en el objeto perfecto para terminar con sus pesares, con su dolor infinito y con la vergüenza que pasó en manos de un hombre con olor a azufre.

UN SÓLO TIRO; DESPUÉS LO QUEMÓ

Cuando despertó de su largo dormir, Claudia se dirigió al baño de su casa, tomó una ducha y volvió a pensar en asesinar al hombre que había violentado su cuerpo semanas atrás. Corría el 14 de junio del 2005.

“Yo sabía que su camión pasaba cada dos semanas por el ejido Zapata y la verdad iba con la idea de matarlo”, comentó Claudia (Exp. 100/2005 y acumulado 104/2005), “por eso salí de mi casa con la pistola guardada en mi bolso y lo esperé”.

Esperó paciente en una de las veredas del ejido Zapata. De pronto, a lo lejos se dio cuenta que un tractocamión Scania, color blanco, se dirigía lentamente hasta dónde estaba ella. Paró la unidad y una vez más abrió la puerta del copiloto.

“Me subí y seguimos el camino. Cuando veníamos de la carretera, ahí por donde está el Foco Rojo, antes de llegar al ejido San Rafael de los Milagros, él se bajó a comprar cristal, luego se volvió a subir”, expuso la homicida.

Ahora era diferente, Claudia tenía la certeza de acabar con la vida del hombre que la humilló en el interior de su tráiler, incluso ese día (14 junio) supo por fin su nombre: Ángel Antonio Flores Sandoval.

“Llegamos a San Rafael y a la orilla de la carretera (Matamoros-Mazatlán) nos pusimos a ‘loquear’ los dos; teníamos la música a todo volumen y estuvimos ahí como una hora”, dijo en su declaración.

La música de banda seguía retumbando en las bocinas del tráiler. Las voces de los viajeros ya no eran parte de la escena que se estaba gestando. De pronto, cuando la bolsita de 100 pesos de cristal se terminó, Claudia lo invitó a ir al camarote.

“Un masaje le propuse, por lo que él se acostó en el colchón que está en el camarote… después pasó todo”, expresó.

En el pequeño espacio, el cual se encuentra pegado a la cabina de manejo, Ángel y Claudia se instalaron; primero el chofer se acostó en las mismas sábanas sucias que alguna vez fueron fiel testigo de una violación. Después, en un acto de correspondencia sensual Claudia subió en su espalda.

“Tomé una toalla y la puse en su cabeza, antes de eso Ángel ya se había quitado la camisa, después le dije que le iba a echar crema para que sintiera rico”, apuntó.

La crema estaba en su bolso, en el mismo lugar en donde el revólver calibre .22 esperaba paciente para su entrada gloriosa. Y así fue, mientras Ángel espera ser tocado con las dulces manos de su doncella, Claudia sacaba la pistola con una tranquilidad que podría matar hasta el mismo silencio de un solo balazo.

Se volvió a sentar en su espalda, lo miró por última vez mientras apuntaba el arma en el cráneo de su violador, mostró su mejor sonrisa y descargó su furia con sólo un disparo.

La sangre la asustó, nunca imaginó verse como una asesina, como una mujer que paga con plomo sus venganzas, pero no le importó tenía que eliminar todas las pruebas que la pudieran inculpar.

Todavía con las drogas haciendo daño a su cuerpo y, sobre todo, creando delirios por momentos, Claudia tomó la decisión de reducir en cenizas aquel tráiler. Eran las 12:00 horas de un 14 de junio.

Un instante pasó y Claudia ya tenía en sus manos un bote lleno de diesel, uno que Ángel utilizaba para cualquier emergencia. Abrió la tapa color roja y comenzó a rociar, primero, la parte de la cabina, después el cuerpo todavía con vida de Ángel, quien sólo se dedicaba a recitar quejos constantes.

“Le prendí fuego, después me fui… lo logré”, comentó.

Pareciera que las cosas iban a terminar ahí, que Claudia por fin iba a dejar esos rencores reprimidos en lo más escondido de su ser, pero no, las voces asesinas estaban rondando en su cabeza, incluso no podían callar.

Claudia caminó sólo unos minutos y cuando se supo libre volteó para pedir un “aventón”, ya que tenía que alejarse de aquel feroz crimen.

“Una persona me llevó hasta el ejido 28 de Agosto, ya que venía de haber estado en ejido San Rafael, en donde maté a un trailero”, dijo (Exp. 104/2005), “no pasó mucho tiempo cuando un trailero que circulaba por la carretera que viene de Saltillo para Paila se detuvo”.

Era el camión manejado por Sergio Alberto Juárez Hernández, un Kenworth 2002, color blanco, de la empresa Garza Leal. Se estacionó y la invitó a subir.

“Seguimos el camino y el chofer se fue para un lugar que se encuentra solo, ahí nos fuimos al camarote y nos pusimos a loquear, quemamos el hielo y lo inhalamos como 40 minutos” refirió la homicida.

Pero las cosas empezaron a tomar otro color, un giro que no le agradó para nada a Claudia, ya que Sergio sacó varias revistas pornográficas e inmediatamente la comenzó a tocar.

Su furia se volvió a concentrar, la jovencita que había aniquilado la vida de un hombre pocas horas antes, se estaba transformando. Sergio seguía, es más, comenzaba a estrujarla e intentaba quitarle la ropa a la fuerza.“Me aventó, entonces le dije que sí, pero que se instalara bien en el camarote”, argumentó.

El engaño fue su mejor arma. El chofer creyó en sus palabras y trató de acomodarse en aquel reducido espacio, pero mientras estaba por acomodar su menudo cuerpo, el gatillo fue accionado.

“Era mucha sangre, sólo vi como cayó… me fui a mi casa y traté de dormir”, expuso la también conocida como “La Mata Traileros”.

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