Coahuila

Publicado el miércoles, 24 de diciembre del 2025 a las 04:01
Saltillo, Coah.- Las calles estaban en total oscuridad y es hasta que leo el mensaje del grupo de vecinos que lo entiendo: unos niños tronaron el transformador con unos cuetes, vendrán hasta el 26 para repararlo, Feliz Navidad. Supongo que eso último fue a manera de sarcasmo.
Me asomo a las casas cercanas, algunas tienen velas e incluso charlas amenas, extraña chispa que se enciende cuando hay dos o más personas.
Escucho la voz de mi mamá: te dije que no te hundieras en la soledad, a todos nos pasa, todos nos quedamos huérfanos a cierta edad, pero no nos quedamos sin cenar en Nochebuena, ¿qué vas a preparar? Me río. No compré nada, sólo un cartón de cerveza, un ron por si se pone buena mi fiesta personal, y cigarros. Así quiero celebrar, esta es mi Navidad y está bien, no me quiero justificar ni aparentar ni ceder a la presión social de la compañía y del amor y la familia, o las sobrevaloradas redes de apoyo… me autoconvenzo. “62 mil 400 repeticiones crean una verdad”, diría Huxley.
Me queda poca batería, mi hija llamará a las 2 de la mañana, 10 am tiempo de Francia, y tengo que
resolverlo.
“Es la razón perfecta para escribirle, pedirle que me deje conectar mi celular, platicar, reencontrarnos”, me digo y abro la segunda cerveza –la primera fue la caminera–, pero disipo la tentación al imaginarme la humillante respuesta del tipo “estoy con alguien” o, peor, que no me conteste hoy sino hasta mañana o pasado mañana, o en enero o cuando
tenga ganas.
¡Feliz Navidad!
Veo la sombra de mi vecina asomándose a mi puerta, quiere saber si estoy con alguien o estoy hablando sola, como ya se ha vuelto costumbre. “¡Vecina! ¡Feliz Navidad! ¿Qué vas a hacer sin luz?”. Le explico que decidí pasarla sola, que mis hermanos insistieron y mis amigos me invitaron, pero que este primer año de ausencia disfrutaré de mi exilio autoimpuesto a manera de reflexión y crecimiento, mientras me emborracho escuchando canciones tristes… pero no me está poniendo atención: ella está pensando en los inconvenientes de cambiar la sede de su celebración. “Entonces, ¿te vas a quedar aquí?”. “Sí”, resumo. “Te encargo mucho mi casa, haces ruido para que nadie se nos meta”.
Falsa felicidad…
Me termino la quinta y me doy cuenta que llevo más de una hora viendo la falsa felicidad de Facebook y la irreal perfección de Instagram y la diversión infinita de TikTok. ¿Cuántas redes sociales necesito para reafirmar mi depresión y acrecentar la vacuidad interior?
17%. El Oxxo estará abierto hasta las 11, agarro el abrigo y salgo; me voy caminando, son sólo cuatro cuadras y, dos cosas: las cervezas saben mejor después de hacer ejercicio, y a pie la tristeza se disfruta más.
El Oxxo está abarrotado de gente arreglada haciendo compras de pánico, y yo, con pantuflas y ropa de oficina. Le pido a la cajera que me deje conectar mi celular, compro un six y un vaso de café sin líquido, el crimen perfecto. Qué boba, me digo mientras espero, hubiera cargado el celular en la camioneta y en eso, pavor, una revelación: me salí sin las llaves. Busco desesperadamente en los bolsillos y nada, me veo sacando de la bolsa sólo el cargador y mi tarjeta. Compro unos cigarros y un encendedor antes de que cierren la caja, y me corren del Oxxo con el 15%… lo conecté en un enchufe sin electricidad.
¿Cuál es el plan? Tenía todo cronometrado: llorar en mi borrachera, maquillarme, hacer videollamada, ser feliz por 15 minutos, colgar y volver a la soledad, pero la falta de luz lo está fastidiando.
Ni pasarla mal me sale bien
Regreso a casa y me siento en la banqueta. Ni pasarla mal me sale bien.
La calle oscura me recuerda lo mucho que las extraño. Lo mucho que extraño todo.
Abro la tercera del segundo six –novena se escucha demasiado–, y pienso en que pronto me darán ganas de ir al baño. Tengo que entrar a mi casa y lo decido, me voy a brincar. Lo he hecho desde que tengo 13 años, o sea que ya tengo 30 de experiencia.
Escalar por las protecciones sale bien, pero a la hora de bajar, vértigo, no recordaba que estuviera tan alto. Me siento en la orilla del techo a reflexionar en la inevitable caída, una posible fractura, contusión, nadie en la ciudad a quien llamar, y pienso en todo lo que tuvo que pasar para llegar a este momento: el espermatozoide más veloz que fecundó el óvulo de mi madre, cuando me perdí en el Mercado Juárez, esa vez, cuando fui infiel, el nacimiento de mi hija, la muerte de mi padre, hasta llegar a este lugar, el sitio llamado “las consecuencias de mis actos”, que nunca pensé que fuera la azotea.
Todavía hay que celebrar
Medianoche, 4 grados, 10%, unos pasos. La sombra de un extraño se acerca hacia mí por el techo de la vecina y yo sólo alcanzo a decir “buenas noches”. Se detiene en seco y al cabo de 3 segundos o 4 horas, no lo podría determinar con exactitud, sigue avanzando con cautela. “Soy el que lava los carros”, me dice el jovencito de unos 20 años, muy delgado y ligeramente cojo. El frío rompe la piel, pero el cielo está despejado, y con ayuda de la luna logro distinguirlo.
“Tronó el transformador y varias cuadras se quedaron sin luz, lo arreglarán hasta pasado mañana”, casual, como si nada de esto fuera extraño. “Ah, sí, yo por eso subí, para revisar qué pasaba, a lo mejor lo podía resolver, o ver desde aquí si alguien necesitaba ayuda”. Sonrío. “No sabes cómo te lo agradezco, sí necesito ayuda, tengo que bajar y entrar por la puerta de la cocina porque dejé mis llaves adentro”. Sonríe.
Él brinca primero al patio interior, casi pude ver su fugaz intención de abrir la puerta, meterse y robar todo sin que yo pudiera hacer nada. “Ayúdame”, le recuerdo, y se acomoda para que ponga mis pies en sus hombros, y luego en la protección; me da la mano y me detiene de una falsa pisada en el lavadero. Me río, me río mucho, más de lo que debería, pero sólo así logro pasar el nudo en la garganta.
La oscuridad es más intensa adentro y prendo unas velas. Se frota las manos morenas y partidas y mi instinto maternal le ofrece algo de cenar, unas quesadillas. Podría abrir una cerveza, pero eso traspasaría ciertos límites, así que mejor caliento agua y preparo té. Unas torretas se estacionan afuera de la casa y se levanta asustado. “¿Le hablaste a la Policía?”, pregunta y saca una navaja del pantalón. “¡Le hablaste a la Policía!”, asevera. “No, es la patrulla que está haciendo rondines por la falta de luz, tranquilo”. “No, ¡sí le hablaste! ¡Vienen por mí, me van a llevar!”, y comienza a llorar. Pongo mi mano en su hombro para tratar de tranquilizarlo, pero levanta la voz, más y más, y me toma del brazo, me levanta de la silla y recarga la navaja en mi estómago. “Si sigues gritando la Policía va a escuchar y ahora sí tendremos problemas”, le digo en voz baja. Las luces rojas y azules avanzan hasta
desvanecerse.
“Estaba en el techo porque me iba a meter a robarle”.
El celular se ilumina. 1:30. 5%.
“Gracias por hacerlo diferente, para los dos. Si hubieras tomado otra decisión, tú irías preso y yo… parece que no, pero todavía hay cosas que celebrar: hoy eres libre y yo sigo viva, así que, Feliz Navidad”.
Al final…
Se limpia la cara, agarra la última quesadilla y se encamina hacia la salida. “¿Me va a pagar algo, por la ayuda?”. Le doy 500 pesos, le abro la puerta y se pierde en la oscuridad de la calle.
Me preparo un ron.
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