Coahuila
Hace 2 semanas
Hablar de las nuevas generaciones suele dar lugar a opiniones encontradas. Hay quienes afirman que los jóvenes de hoy son más frágiles; otros sostienen que simplemente enfrentan desafíos distintos a los de hace algunas décadas. Después de más de 26 años dedicado a la educación, estoy convencido de que esta última explicación se acerca mucho más a la realidad.
La juventud actual no enfrenta menos problemas.
Enfrenta problemas diferentes.
Vivimos en una época caracterizada por grandes avances tecnológicos, una comunicación inmediata y un acceso prácticamente ilimitado a la información. Sin embargo, también es una etapa marcada por nuevas formas de presión social, incertidumbre y cambios constantes que influyen directamente en el bienestar emocional de nuestros adolescentes.
A estos desafíos se les conoce como factores de riesgo psicosocial.
No son enfermedades ni diagnósticos por sí mismos, sino condiciones del entorno que pueden afectar el desarrollo emocional, social y académico de los jóvenes cuando no son atendidas oportunamente.
Entre ellos encontramos la violencia familiar, la falta de comunicación en casa, el consumo de alcohol y drogas, el acoso escolar, la presión por pertenecer a determinados grupos, el uso excesivo de redes sociales, el aislamiento, la ansiedad, la depresión, la incertidumbre sobre el futuro y, en muchos casos, la ausencia de proyectos de vida claros.
Ningún adolescente está completamente exento de enfrentar alguno de estos factores.
La diferencia suele estar en las redes de apoyo con las que cuenta.
Como director de una Escuela de Bachilleres, he aprendido que detrás de muchos problemas académicos existe una situación personal que merece ser comprendida antes de emitir un juicio.
No siempre el estudiante que baja sus calificaciones perdió el interés por aprender.
No siempre quien se muestra irritable es un joven conflictivo.
No siempre quien guarda silencio está bien.
Con frecuencia, esos cambios representan señales de que algo está ocurriendo y que necesita ser atendido.
Por eso resulta tan importante fortalecer los llamados factores de protección.
Una familia que escucha, una escuela que acompaña, un maestro que inspira, un grupo de amigos que influye positivamente, la práctica deportiva, las actividades culturales y el desarrollo de habilidades socioemocionales pueden convertirse en los mejores aliados para enfrentar los riesgos que rodean a nuestros jóvenes.
La prevención siempre será más efectiva que la corrección.
Esperar a que aparezcan problemas graves para actuar casi nunca es la mejor decisión. El acompañamiento constante, la comunicación abierta y la confianza permiten detectar cambios de conducta antes de que las dificultades crezcan.
También es importante dejar atrás algunos estigmas.
Buscar apoyo psicológico no significa debilidad.
Hablar de salud mental no significa exagerar.
Pedir ayuda no representa un fracaso.
Al contrario, demuestra la capacidad de reconocer que nadie tiene que enfrentar solo los momentos difíciles.
Las escuelas tenemos una responsabilidad que va más allá de enseñar contenidos académicos. Somos espacios donde los adolescentes pasan gran parte de su tiempo y donde, muchas veces, pueden encontrar adultos dispuestos a orientarlos cuando atraviesan alguna situación complicada.
Pero esta tarea no puede recaer únicamente en los docentes.
Las familias, las instituciones, las autoridades y la sociedad en general compartimos el compromiso de construir entornos más seguros, más empáticos y con mayores oportunidades para nuestros jóvenes.
Después de tantos años en la educación, sigo creyendo que cada adolescente tiene un enorme potencial para transformar su vida y aportar positivamente a su comunidad.
Sin embargo, ese potencial florece con mayor facilidad cuando encuentra un entorno que lo protege, lo escucha y le brinda herramientas para enfrentar los desafíos de su tiempo.
Porque educar no consiste solamente en preparar a los jóvenes para aprobar un examen.
También significa prepararlos para enfrentar la vida con fortaleza, equilibrio y esperanza.
Y esa sigue siendo una de las misiones más importantes de la educación del siglo 21.
Más sobre esta sección Más en Coahuila