Uno de los más bellos requiems es, sin duda. el de Gabriel Fauré (1845- 1924). De los cientos de obras dedicadas a esta misa por el descanso de los difuntos, el del compositor francés es quizás el más luminoso y esperanzador.
No es un aspecto de carácter musical solamente, ni de que de manera deliberada el compositor haya suprimido el Dies Irae y el Rex Tremendae, por ejemplo. Es la visión sobre la vida y la muerte que el compositor tenía lo que da este carácter a la obra. ¿Podemos negar al artista dentro de su obra?
Luego de que compusiera el requiem, el compositor Camille Saint-Saëns, su amigo, le dijo: “Tu Pie Jesu es el único Pie Jesu, así como el Ave Verum de Mozart es el Único Ave Verum”. Y podemos estar de acuerdo (aunque el de John Rutter es, también, una obra de una belleza grandiosa).
El Pie Jesu del requiem de Fauré es quizá lo que resonará dentro de nosotros por mucho tiempo. Aún así, cada una de las partes de esta obra es grandiosa.
Si bien podemos considerar este requiem como un canto de esperanza más que de duelo, y también la podemos considerar más como un canto de alegría por la vida en el más allá, que por la tristeza de una pérdida, –recordemos que Gabriel Fauré perdió a su padre y a su madre durante el tiempo que estuvo componiéndola–. No podemos negar que hay pasajes dolorosos, de angustia y sufrimiento dentro de este requiem, pero aún así, al terminar de escuchar la obra, al final de su última parte, In Paradisum, una sensación de infinitud nos embarga.
No podemos negar que hay música que nos invita a disolvernos con ella, a volvernos música de las esferas, y este es el caso del Requiem de Fauré.
La versión que propongo esta semana fue grabada por uno de los grandes directores de la historia: Philippe Herreweghe (1947). Director belga que interpretó por primera vez la versión de 1893, en esta versión, la segunda que el compositor francés pulió y que se considera la definitiva.
Philippe Herreweghe la interpretó el 16 de enero de 1988, justo un siglo después del estreno que hiciera Fauré el 16 de enero, pero de 1888 y justo en el mismo lugar: L’Église de la Madeleine, en París. La capacidad del director de desmenuzar cada uno de los pasajes musicales, de exprimir toda musicalidad y la importancia histórica de esta interpretación, la convierten en una versión imperdible.
Así que espero gocen este requiem tanto como yo. Disolvámonos en su música por unos instantes.
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