Cada personaje lleva en sus espaldas su narración, su historia, pero es necesario documentarla para que no se vaya por el drenaje del olvido, y conservarla aunque sea en mínimos detalles para que quede huella.
Tuve la dicha de convivir años maravillosos de buena camaradería con un grupo de bomberos voluntarios de Grupo Industrial Saltillo en su cuartel general, al mando del capitán Juan Antonio Aguilar.
Ahí se tejieron interesantes historias, algunas trágicas como es de suponer por el servicio que prestaban, como por ejemplo la volcadura de un carro pipa cuando acudía a un servicio donde murió un bombero y otros quedaron lesionados.
Hoy me voy a referir a Felipe de Jesús Pequeño Sánchez, un polifacético individuo, voluntarioso y estricto en su función de bombero, pero poseía ese humanismo que caracteriza a los buenos “apagafuegos”
Él era obrero de una de las plantas de Grupo Industrial Saltillo y se preparó para salir del montón, terminó la carrera de licenciado en Administración de Empresas y fue luchador aficionado bajo el nombre de Pénjamo Pequeño, además aficionado al ciclismo.
Felipe de Jesús Pequeño nació para atleta, muy joven practicó el ciclismo y hacía recorridos en las diferentes carreras que circundan la ciudad de Saltillo. De regreso siempre decía “¡Ya vamos llegando a Pénjamo!”, tema de una canción ranchera que fue un gran éxito con el inolvidable ídolo de México, Pedro Infante.
Y se le quedó el mote del “Pénjamo Pequeño”. Felipe de Jesús era un hombre de fuerte personalidad, güero, de ojos verdes que tomó como ejercicio secundario la lucha libre amateur, actividad en la que destacó por el bando de los rudos. Dio junto a otros gladiadores estupendos combates en las arenitas que circundaban la ciudad y en otras entidades cercanas a nuestro estado y en el interior mismo de Coahuila. Fue contemporáneo del Zorro Plateado, con quien algunas veces luchó.
La anécdota
Estando de guardia un domingo en el cuartel general de los Bomberos de Grupo Industrial Saltillo, llegó la hora de la comida y los apagafuegos no previeron llevar lonche. El comentario llegó hasta Pequeño, quien pidió permiso al capitán Aguilar para retirarse un momento del puesto. Un par de horas después llegó con señas de violencia en el cuerpo y más rojo que de costumbre, con un tafetán en la frente.
Aguilar se quedó sorprendido y preguntó:
— ¿Qué pasó, Pequeño?
El Pénjamo le dijo:
— Fui a luchar para traerles de comer.
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