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| El cantante Tom Waits protagoniza una de las historias del filme.

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Filiaciones, sanaciones, transparencias; Padre, Madre, Hermana, Hermano de Jim Jarmusch

  Por Grupo Zócalo

Publicado el sábado, 11 de abril del 2026 a las 04:05


Explora las relaciones familiares

Valdemar Ayala Gándara| Saltillo, Coah.- De pronto y progresivamente, apenas iniciado su metraje, la nueva obra de uno de los autores esenciales del cine mundial me hizo pensar en el título de la acción póstuma del artista conceptual neerlandés Bas Jan Ader: En Busca de lo Milagroso… porque lo milagroso no tiene que ser grandilocuente, trascendental o totalizante, sino más bien manifestarse en los pequeños detalles que trastocan la grisura diaria, en las fugaces epifanías de los objetos que se manifiestan vivos a la luz del sol, en los deslumbramientos y sombras que escapan de los corazones de nuestros seres cercanos, a quienes vemos menos veces en un año que a los gorriones y torcazas del traspatio…

Con la certeza de que fui encontrándolo sin buscarlo –o siguiendo un plan en pos de aprovechar un referente cultural para legitimar esta crítica-, sucedió simplemente, lo milagroso apareció y se fue consolidando de principio a fin de la película, y lo miré a los ojos en Padre, Madre, Hermana, Hermano, hallándolo en miradas, gestos y actos de los personajes que participan en ella –un reducido total de 10–, dando vida al trío de historias breves, mesuradas y profundas que conforman el decimosexto y más reciente largometraje del idiosincrático director nacido en Akron, Ohio, EUA, hace ya 73 años.

A su edad, más decantado que nunca, Jarmusch se confirma como un vitalista de tono menor, un discreto genio y oficioso artesano, un observador certero de la condición humana, y en este filme que ya está en salas, ha logrado su mejor trabajo episódico –uno de los sellos que caracterizan parte de su filmografía, reflejado por Una Noche en la Tierra (1991) o Café y Cigarros (2003)– y también su película más bella y entrañable.

Como suele darse en sus historias, son muy pocas las cosas que suceden –sin apresuramientos ni imposturas, homenajeando el valor de los silencios–, lo que acaba por suceder es todo, absolutamente todo: lo necesario, lo real, lo esencial, lo poético, lo humano, y en ello radica uno de los rasgos de lo milagroso en modo Jarmusch, sin embargo, en ninguna entrega anterior esto había sucedido de forma tan refinada y veraz, tan noblemente conectada con los sentimientos y la vida misma, como se da en esta concatenación virtuosa de tres historias acontecidas en Nueva Jersey, Dublín y París, con personajes que en conjunto no forman una sola familia, sino que son parte de tres diferentes y separadas, aunque guarden entre todos rasgos de una misma genética ficcional y narrativa, confirmada por detalles inocultablemente conectivos: falsos Rolex que funcionan bien para otras cosas además de dar la hora; uso y gusto por el agua saludable, el café y los tés; la discreta admiración por los skaters y su dechado de seguridad plena de gracia y estilo, que en su paso por encima del asfalto dilatan el paso del tiempo –esbozando un guiño cinéfilo hacia el colega Gus Van Sant– y embellecen los alrededores de las vías urbanas y rurales, transitándolas como si fueran marítimas, tal cual lo hizo Bas Jan Ader en su proyecto final e “inconstatable”, navegando en pos de algún milagro…

Las anteriores coincidencias –relojes que son uno, bebidas que sanan y monopatinadores que danzan– sirven como ligas de los tres relatos que articulan este filme, y son claras expresiones de lo milagroso propio del guionista y director estadunidense, quien en esta entrega explora con acuciosa observación, empatía admirable y honestidad fuera de duda, evitando cualquier sentimentalismo, las emociones, conductas y hábitos que dan carta de identidad a sus criaturas y los comportamientos que muestran dentro de los encuentros en familia. Así, en mi caso, y sinceramente, la próxima vez que pueda reunirme con mis dos hijos (un número preciso para la película), procuraré observarme y observarlos de maneras novedosas, expresarme con mayor atingencia y nitidez, y entregarme con toda la honestidad posible para ellos, contribuyendo a que las gemas que llevan en su interior broten sinceramente y en absoluta libertad, todo esto gracias al influjo motivador que es capaz de surgir de esta preciosa película, tal como lo hizo hace pocos meses la deslumbrante Valor Sentimental de Joachim Trier (2025), que me resultó tan benéfica para solventar con naturalidad, disposición de espíritu y apertura amorosa las fiestas decembrinas más recientes, compartidas con personas que son, o que fueron, mi familia en alguna época.

La construcción de personajes en los tres relatos es admirable, también, por partida triple: como reflejo del excepcional guion literario, por las caracterizaciones que proyectan el talento enorme de todas las actrices y actores independientemente de su edad y fama, y gracias a la evidente guía del cineasta para dirigirlos y obtener los matices acordes, tanto a su poética siempre plena de moderación como a las necesidades dramáticas de las situaciones construidas en las historias que devienen conjunto consolidado ejemplarmente. Debido a su entrega actoral que resulta nada menos que admirable, mi total respeto a Tom Waits, Adam Driver, Mayim Bialik (Padre); Charlotte Rampling, Cate Blanchett, Vicky Krieps, Sarah Greene (Madre), e Indya Moore, Luka Sabbat y Françoise Lebrun (Hermana, Hermano), por su trabajo como intérpretes y traductores de la concepción que ha desarrollado Jarmusch en esta entrega acerca de la condición humana en el mundo contemporáneo, donde el único amor posible es el verdadero, que se muestra y que puede representarse por medio de condensaciones simbólicas, como las que implican una caja llena de comestibles económicos, una hora del té compartida con lacónica franqueza más allá del buen gusto, y un proceso de desalojo del departamento de los padres que ha quedado deshabitado a causa de lo inevitable…     

Con respecto al valor de otros códigos audiovisuales, vale destacar la música de sutileza acompañante, debida al trabajo del multifacético director y de su colaboradora Annika Henderson, y la eficacia de la fotografía de Frederick Elmes y Yorick Le Saux, que luce, por ejemplo, en la preferencia ya reconocida en Jarmusch por ciertos emplazamientos sistemáticos, mostrando en picado la dinámica e interacción que se da en una mesa de comedor o de servicio, y en el contenido dinámico de la cámara, que sabe reservarse para hacerse ver sólo en los momentos necesarios, como en el caso del precioso paneo dentro del departamento parisino –ahora un guiño del cinéfilo realizador en dirección al Sin Aliento (1960) de Godard– donde sucede una de las escenas más bellas y emotivas de toda la película, que provocó mi llanto en la tercera historia… Así opera el preciso y mesurado estilo cinematográfico del fascinante maestro de la sencillez y obrero de la transparencia.

Para quienes son padres que ya viven en el asilo del olvido familiar; para las madres que cumplen frente a sus hijas según las normas del cariño con medida, y para los hijos que provienen de la diáspora impulsada por la globalización, que han quedado huérfanos y tienen un vínculo tan fuerte como el de los mellizos, esta película habrá de tocarlos con especial intensidad, regalándoles también risas y fulgores que emanan de la inteligencia artística más honda, obrando el milagro de la proyección significante desde la pantalla hacia el yo gregario que subyace en nuestras soledades de islas en el vasto mar de lo humano, reflejo del océano natural a donde se embarcó, para no volver, Bas Jan Ader en busca de lo milagroso para él.

Imperdible es “Padre, madre, hermana, hermano”, justa ganadora del León de Oro del Festival Internacional de Cine de Venecia, edición 2025, y de algo aún más importante: de un lugar en el alma y la mente de las personas que se den la oportunidad de asistir a verla con disposición interpretativa y amplitud de corazón, parecida a la que anhelaron, por contraste, Jorge González y su banda Los Prisioneros, al comienzo de los años noventa, cuando aún no estábamos tan desolados como ahora.

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