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¿Fraude Electoral?

Por Sergio Sarmiento

Hace 1 mes

“México no cabe en un solo partido”.
José Woldenberg, 1994

 

El partido hegemónico del siglo pasado, el PRI, alcanzó la cúspide del poder en las elecciones del 4 de julio de 1976. José López Portillo fue el único candidato presidencial registrado, postulado no sólo por el PRI, sino por dos partidos satélite, el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM). El PAN no presentó candidato.

López Portillo recibió 16 millones 462 mil 930 votos, 93.5% de los depositados en las urnas. El Partido Comunista Mexicano postuló al líder ferrocarrilero Valentín Campa, pero como no tenía registro, no apareció en la boleta. Quienes votamos por él tuvimos que anotar su nombre completo en el recuadro para candidatos no registrados, pero la Comisión Federal Electoral anuló todos estos sufragios. En total hubo un millón 143 mil 934 nulos por candidatos no registrados, 6.5 por ciento. López Portillo fue proclamado presidente por la Cámara de Diputados con el 100% de los votos válidos. No más, afortunadamente, pero tampoco menos.

En esa elección el PRI consiguió, como en todas las anteriores, una mayoría aplastante en el Congreso. Obtuvo 63 de 64 senadores, pero sólo porque el presidente del PRI, Porfirio Muñoz Ledo, entregó un escaño a Jorge Cruyckshank del PPS a cambio del Gobierno de Nayarit, que el PRI parecía haber perdido. En la cámara baja, el partido hegemónico recibió 196 de 237 diputados, 82.7 por ciento.

El triunfo de 100% en la elección presidencial de López Portillo, que ponía a México al nivel de la Unión Soviética, Corea del Norte y Cuba, impulsó al nuevo mandatario a ordenar a su secretario de gobernación, Jesús Reyes Heroles, que hiciera una reforma electoral. A consecuencia de esa reforma, la de 1977, el Partido Comunista Mexicano, el Partido Demócrata Mexicano y el Partido Socialista de los Trabajadores recibieron sus registros. Reyes Heroles introdujo también los diputados plurinominales, los mismos que hoy quiere eliminar López Obrador para aumentar la fuerza de los partidos del gobierno. El último presidente surgido del viejo PRI con mayoría calificada en el Congreso fue Miguel de la Madrid, en 1982, quien recibió 70.96% de los votos a la Presidencia. En el Congreso, su partido obtuvo 299 diputados de 400, 74.7%, además de 63 de 64 senadores.

En 1988, en una elección marcada por acusaciones de fraude, Carlos Salinas sólo alcanzó una votación oficial de 50.36 por ciento. El PRI tuvo una bancada de 262 de 500 diputados, 52.4 por ciento. En el Senado, donde todavía no había representación proporcional, logró 60 de 64 escaños. Después de otras cuatro reformas electorales, Ernesto Zedillo perdió la mayoría simple en la cámara baja en 1997 y a partir del 2000 empezó la alternancia en la Presidencia. México vivía por primera vez en democracia.

El régimen de partido hegemónico, sin embargo, está de regreso. Empezó con López Obrador, pero se ha consolidado con el triunfo de Claudia Sheinbaum, quien recibió 59.75% de los votos. Lo que transforma este triunfo en un nuevo régimen hegemónico son las mayorías en el Congreso por la sobrerrepresentación. En Diputados, un voto de 54.71% se tradujo en una mayoría de 74.6%; en el Senado, el 55.18% del sufragio arrojó 64.84% en escaños.

El anterior partido hegemónico, el PRI, se mantuvo en el poder 71 años. ¿Cuánto durará la Cuarta Transformación? No lo sabemos. Por lo pronto, ya se apresta a usar su posición en el Congreso para acabar con los contrapesos al poder: los tribunales, el INE y los organismos autónomos. Así actúan los partidos hegemónicos.

 

Percepción

Los inversionistas no deben preocuparse, ha dicho Sheinbaum, pero la reforma judicial se hará porque hay una “percepción” de que los jueces son “corruptos”. Después de años de una campaña de difamación desde la Presidencia, no sorprende. Pero también los funcionarios tienen fama de corruptos, y no hay intención de hacer una reforma para limpiar la administración pública.

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