Arte

Publicado el viernes, 26 de junio del 2026 a las 04:03
Ciudad de México.- En una de las primeras salas de la Tate Modern de Londres se exhibe un vestido de tehuana: la falda larga, el huipil bordado; indumentaria que Frida Kahlo (1907-1954) eligió y desplegó frente a la cámara durante casi tres décadas. Una pieza, también, del mito que ella misma construyó.
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El mito no le fue simplemente proyectado, fue parte de su propia construcción”, plantea a Reforma, por escrito, Beatriz García-Velasco, cocuradora con Tobias Ostrander de Frida: La Creación de un Ícono, exposición procedente del Museum of Fine Arts de Houston, donde tuvo una primera etapa.
La selección de Londres, que abrió ayer entre gran expectación –rompió récord en preventa–, no es idéntica a la vista en Texas. Algunas obras no pudieron cruzar el Atlántico, sobre todo piezas que provienen de colecciones públicas, según la curadora, aunque sin identificarlas.
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Suele haber diferencias en el listado de obras cuando exposiciones de gran formato viajan entre sedes”, argumenta García-Velasco.
Pero el número se mantiene: 33 obras de Kahlo, ocho de ellas nunca antes vistas en el Reino Unido, además de objetos personales y documentos de sus archivos, para explorar a fondo cómo pasó de ser “una artista relativamente desconocida a un icono universal y una marca global”.
La premisa curatorial es que el mito no fue un accidente sino que fue una creación deliberada.
Desde la perspectiva de García-Velasco, resulta decisiva la “narrativa personal de resiliencia frente al dolor físico y emocional” que la pintora moldeó a lo largo de 30 años.
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Las formas singulares en que construyó y empleó su propia imagen, tanto en sus autorretratos como en las fotografías que otros le tomaron, fueron centrales en la construcción de su mito. “La exposición examina también el uso del traje tradicional tehuana y el peinado como parte de la iconografía que Kahlo construyó, y que resultaron decisivos en la difusión de su imagen”, explica.
Entre los autorretratos más icónicos de Kahlo, se exhibe Autorretrato con Traje de Terciopelo (1926), pintado a los 19 años, aún reciente el accidente que le rompió la columna. Se retrata como dama renacentista, cuello largo, mano elegante, vestido oscuro. Todavía sin monoceja, ni trenzas ni huipil.
También Autorretrato con Pelo Suelto (1938), a través del cual, como en otras obras, según el relato curatorial, “abrazó su herencia mexicana, su autoimagen queer, sus ideales feministas y su experiencia como mujer con discapacidad”.
Estas piezas se presentan en diálogo con otros artistas del llamado “Renacimiento Mexicano”, término acuñado por Jean Charlot, con obras como Retrato de Frida Kahlo (1935), de Diego Rivera, y Sueño y premonición (1947), de María Izquierdo.
La muestra también aborda la relación de la pintora con el surrealismo, etiqueta que ella siempre rechazó.
André Breton la consideró una “surrealista hecha a sí misma” tras su primera exposición individual en la Julien Levy Gallery de Nueva York, en 1938, y la invitó a exhibir en París, donde el autorretrato El marco fue adquirido por el Estado francés, que se exhibe junto a Diego y Frida (1929), Sobreviviente (1938), Recuerdo (El corazón) (1937) y Niña con Máscara de Muerte (1938), en diálogo con piezas de Kati Horna y Leonor Fini.
García-Velasco sitúa el momento crucial en la fabricación del ícono global a fines de los 70, con el movimiento chicano. “Los artistas chicanos encontraron en Frida una figura de inspiración artística y política, y fueron los primeros en difundir ampliamente su imagen y su obra. Generaciones posteriores han continuado esa labor de reapropiación”, plantea.
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