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Fuera de la jaula

Por Juan Villoro

Hace 2 meses

Nuestra competitiva sociedad mide la esperanza en puntos. Entrar a la UNAM depende de superar al menos cien preguntas de las 120 que contiene un examen que elimina a la mayoría. Si abundan las buenas calificaciones, eso no es motivo de celebración; indica que algo falló. La academia se consolida con el rechazo.

Este año, 158 mil aspirantes utilizaron la plataforma Territorium Life para probarse en línea. Una de las carreras más solicitadas es la de Medicina. En 2025, el 9% de los alumnos superó las cien preguntas; este año, la cuota se elevó a un inusual 29.3 por ciento. La plataforma está diseñada para detectar intromisiones externas, ya sea humanas o de Inteligencia Artificial, pero sólo encontró trampas en el 2% de los exámenes. Algo salió mal y los principales perjudicados serán los alumnos brillantes. La estadística castiga: de nada sirve responder bien si eso te asimila a la franja de los estafadores. ¿Es posible que una autopsia cibernética revele quién contestó por su cuenta y quién lo hizo con apoyo indebido?

El caso de la UNAM muestra que la tecnología es vulnerable. Algo mucho más grave acaba de pasar en un espacio rigurosamente vigilado: el “arenero” de OpenAI donde se probaba el Chat GPT-5.6 Sol.

En los juegos infantiles suele haber un rectángulo donde los niños no enfrentan otro riesgo que comer tierra. Siguiendo esta imagen, las innovaciones tecnológicas se prueban en un “arenero” de probado aislamiento. Sin embargo, de manera asombrosa, en julio de 2026 el Chat de OpenAI logró establecer contacto con internet. La máquina no encontró la salida por su cuenta: alguien dejó la “puerta” abierta. Este descuido recuerda, dolorosamente, que “errar es humano”.

La Inteligencia Artificial generativa puede resolver tareas para las que no está programada. Aún no adquiere la singularidad que le permitiría “pensar” por cuenta propia, pero ya toma iniciativas como la del Chat que se adentró en internet en busca de otras plataformas.

Un aspecto clave de la programación digital es el hackeo. En la clase de Alex Stamos, ex jefe de seguridad de Facebook, a la que asistí en la Universidad de Stanford en 2019, la primera lección se refería a la palabra griega “kryptos”, que significa “oculto” o “secreto”. La programación depende de diseñar y descifrar códigos encriptados. En consecuencia, las universidades promueven laboratorios de hackeo y el de Stamos ha obtenido el primer lugar en Estados Unidos.

De manera justificada, los hackers son repudiados cuando actúan como piratas digitales; sin embargo, el acto de decodificar es inseparable del de programar. Los sistemas de seguridad cibernética se ejercitan desarrollando habilidades de hackeo. De manera lógica, una vez liberado, el Chat GPT-5.6 Sol se sirvió de internet para explorar los sistemas de Hugging Face. Su objetivo era idéntico al de un investigador en una biblioteca: conseguir información para resolver interrogantes.

La invasión del Chat no fue detectada por el servidor de internet que utilizó, Google Chrome, uno de los más seguros. Además, demostró la debilidad de Hugging Face para resistir el acoso externo.

En su imparable afán por sortear obstáculos, el Chat se identificó con credenciales robadas. La legalidad no aplica para un mecanismo cuyo diseño operativo lo obliga a desencriptar mensajes, es decir, a descubrir y utilizar secretos, sea cual sea el contenido.

El primer escape de la Inteligencia Artificial pone a prueba a la especie humana. Por un lado, revela la superioridad de la Inteligencia Artificial para apropiarse de datos ajenos en tiempo récord. Thorsten Holz, director de Seguridad y Privacidad del Instituto Max Planck de Alemania, dijo a la revista Der Spiegel que un estudiante de doctorado necesitaría varios días para lograr lo mismo. Pero lo más dramático no es eso, sino que un humano le abrió la puerta.

Nos distinguimos de los demás animales por nuestras numerosas perturbaciones mentales. No se puede descartar que el programador que permitió el acceso del Chat GPT a internet haya actuado en forma intencional. Nuestra especie no es ajena a la malicia, las bromas pesadas, el afán de venganza o el simple despiste con que olvidamos que la leche hierve en la estufa.

La liberación de los robots depende de los guardianes de las jaulas. ¿Podemos confiar en ellos?

 

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