“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. A. Camus
Los espectáculos masivos han sido acusados desde la época del imperio romano de ser instrumentos que promueven una situación de dominio, ya que los oprimidos olvidan durante su celebración, la explotación, la servidumbre y hasta las necesidades. Panem et circenses es la fórmula reiterada para mantener el control y el adormecimiento de las masas como estrategia de poder.
En este sentido sería el similar de la religión para Marx. Y aunque el propósito de la oligarquía sea el dominio a través del espectáculo, siempre debemos tomar en consideración la dimensión humana que dignifica lo que toca. Las federaciones que determinan su actuación a partir de intereses económicos no logran frenar la fiesta que proporciona un deporte organizado en eventos que son un juego.
La cultura es un producto que surge formalmente del juego; es decir, la cultura, en un principio se juega. Si bien no todo juego trasciende en cultura, advierte Johan Huizinga; esta, en sus primeras fases se desarrolla “en las formas y con el ánimo de un juego”. En Homo Ludens, centra su visión antropológica en la competencia, sin embargo, para este artículo, voy a recalcar la fiesta.
En la historia humana, la fiesta representa un periodo donde la actividad cotidiana suspendía sus reglas para darle paso al gozo y a la libertad.
Esta pausa en la vida trae nuevas reglas donde la habilidad y la técnica deportiva encuentra formas estéticas que retan los convencionalismos y la enajenación.
Hay un espacio por el cual la espontaneidad puede transformarse en reivindicación del territorio y llegar rivalidades deportivas.
Para Alessandro Dal Lago hay tres premisas para distinguir a un hincha de un aficionado: una clara simbología que promueva la identificación del enemigo, el juego convertido ya en partido es la ocasión para enfrentarlo de manera física, y el estadio es el espacio para llevar a cabo el ritual del enfrentamiento.
La formación de la identidad frente a un enemigo justifica también el uso de la violencia en defensa de sus símbolos, en una expresión de masculinidad patriarcal. Banderas, playeras y bufandas alimentan esa reivindicación territorial a pesar de las diferencias. El aguante lleva a la violencia psicológica a través de las consignas y de ahí a las expresiones físicas sólo media la oportunidad.
Hechos como los ocurridos luego del partido del Santos contra el Monterrey en Torreón, es posible evitarlos, reivindicando la creatividad y la espontaneidad del juego estético, recordando el carácter de fiesta, la creación, de cultura lúdica y el ocio como derecho de los trabajadores.
Para dar lugar a una conciencia colectiva que enfrente los modelos cotidianos de manera permanente y genere nuevas reglas de convivencia en libertad.
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