Qué peculiar, curiosa por decir lo menos, es nuestra “democracia”.
Como que falta elegancia, entendida esta como la ponderación de los argumentos y el respeto a los elementos objetivos de contexto. Como que sobra estridencia, los gritos y sombrerazos.
Qué democracia la nuestra en que la polarización no deja cabida a nada, ni siquiera a los mínimos intentos por lograr consensos.
Qué espectáculo envilecido resulta el debate en las máximas tribunas parlamentarias, en las que los insultos y descalificaciones fáciles han reclamado todos los espacios en los que deberían brillar las ideas, las posturas claras y bien articuladas.
Pobre de nuestro país, que sigue dando tumbos entre “chairos” y “fifís”, entre transformadores y traidores, a merced de los borregos, que son mayoría en ambos espectros del maniqueísmo político que sufrimos.
Curiosa democracia y pobre país. Nada qué celebrar. Independientemente de sus filias y fobias político-partidistas, podría conceder que el uso excesivo de diatribas, carentes de contenido, de sustancia; esa ligereza para usar conceptos como “traición a la patria”, pues no es algo que se pueda celebrar.
Pues sí, vaya democracia la nuestra, tan llena de tontos y mezquinos, de descerebrados incapaces de reconocer en el otro algún valor y por lo tanto impedidos a falta de neuronas, de conciliar en función del máximo interés que debería ser la patria, no tal o cual bandera, y mucho menos tal o cual interés personal o faccioso.
En fin, así, en estos tiempos tan políticamente contaminados, nos tocó navegar hacia puertos inciertos y siempre, siempre, sobre aguas turbulentas. Es una lástima, seguimos acumulando tiempo perdido por la soberbia de algunos y el resentimiento social de otros.
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