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Genio sin límites

Por Guadalupe Loaeza

Hace 3 meses

Pedro Friedeberg dio muchas maromas para llegar a ser un genio de imaginación desbordante. Confieso que lo extraño.

Cuando el pintor mexicano Pedro Friedeberg tomaba lecciones de acrobacia, porque llegó a pensar trabajar en un circo, en realidad esas lecciones le sirvieron porque a lo largo de su vida dio muchas maromas para llegar a ser un genio sin límites. Todo lo que se proponía tarde o temprano lo lograba. Así logró tener una bellísima colección de timbres, que conservó durante años, y gracias a la cual viajaba con su imaginación desbordante. Por las noches soñaba con las ocho maravillas del mundo antiguo. De hecho, en un libro que le llevó completarlo a mano, página por página, a lo largo de 10 años, aparecen fotografías de estas maravillas.

El animal preferido de Friedeberg era la cebra, como siempre viste a rayas es lo más parecido a este animal, los sillones de su casa mágica de las calles de Chilpancingo, estaban forrados con tapiz de este animal, cuando se podía cazar hace muchos años. Hablando de su casa a la que tuve el privilegio de ir varias veces, sin exagerar, vi más o menos 200 piezas, unas más originales que otras, estas mismas, te llevan de la mano al irreverente universo de Pedro Friedeberg. De todo lo que vi distribuido en tres salas, lo que más me llamó la atención fue la sala de estilo Luis XVII (como la llama el propio Pedro) la cual comprende un sofá, dos sillones y una pequeña mesa de centro. Todo esto forrado en imitación de piel de leopardo. Es tan atrevida y divertida esta sala que imaginé a Isadora Duncan danzando el baile de los siete velos entre los muebles. También vi muchas piezas de cerámica de Talavera de Puebla, y entre otras curiosidades, unos dibujos realizados por el mismo Pedro Friedeberg cuando era estudiante de arquitectura y se proponía defender y salvar de la destrucción varios ejemplos de arquitecturas porfirianas, art déco y art nouveau, que aún existían en la Ciudad de México de los años 60. “Nada más quedan dos o tres construcciones que se salvaron de la piqueta de los filisteos voraces y sin el menor sentido de conservación o de respeto para la arquitectura de sus próximos antepasados”. Su biblioteca era excepcional. Si Borges la hubiera conocido, no habría querido salir de ella, estoy segura que este lector tan ávido sería capaz de pasar días enteros hablando del Tarot, de la Cábala, de los poetas florentinos y de los animales fantásticos que se pasean por todas las páginas de esta colección de libros espectacular.

Lo que más apreciaba Pedro Friedeberg de sus amigos, era que tuvieran sentido del humor y que de paso fueran ricos, aunque también tenía amistades pobres, a los que siempre ayudaba, porque el principal rasgo de su carácter era la generosidad, como me dijo en una de las tantas entrevistas que tuve el privilegio de hacerle. A Pedro le gustaba mucho escribir, le hubiera gustado haber sido escritor, pero muy pronto tendremos una obra de su correspondencia escrita a sus amigos, maestros y familiares. A lo largo de su vida leyó por cuarta vez “La montaña mágica” de Thomas Mann, uno de sus autores predilectos, y otras obras clásicas como “Madame Bovary” y “Ana Karenina”. Pedro, además de pintar, leía todo el día. Detestaba la obra de Marcel Proust, el aburrimiento y el tedio. Algo que me intrigaba mucho del maestro era que los que le daban mucha lástima eran los cleptómanos.

¿Por qué hablo con tanto afecto y admiración de este excéntrico genial? Porque el próximo jueves, a las 18:00 horas, se hará un muy merecido homenaje a Pedro Friedeberg en la Sala Manuel M. Ponce, contando con 4 exponentes. En primer lugar, su hija Diana, quien es bióloga y especialista en conservación de fauna silvestre; René Solís, editor, profesor universitario y cuya amistad con el pintor duró más de 75 años; María Brito, asesora de arte, curadora y escritora que radica en Nueva York, también participará en la mesa de invitados. Por último, no puedo dejar de mencionarme como participante en este muy merecido homenaje de mi amigo y padrino de muchos programas de tele y de radio. Confieso que lo extraño. Confieso que nunca dejaré de agradecerle las viñetas que realizó para el libro de “Las Niñas Bien”, obra que ya cumplió 40 años, gracias a las ilustraciones. Y por último confieso que nos hará falta como nunca en este país tan surrealista, barroco, e incomprensible.

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