Tecnología

Publicado el martes, 14 de abril del 2026 a las 00:17
Ciudad de México.- El cruce entre tecnología y filosofía acaba de sumar un nuevo capítulo. La empresa Google incorporó al filósofo de la ciencia cognitiva Henry Shevlin a su división de inteligencia artificial, DeepMind, en un movimiento que refleja la creciente preocupación por los límites éticos de la IA.
“¡Estoy eufórico!”, escribió Shevlin en su cuenta de X al anunciar su llegada a la compañía, donde asumirá un cargo diseñado especialmente para él: filósofo especializado en inteligencia artificial.
Desde su nuevo rol, Shevlin trabajará en temas como la conciencia en sistemas artificiales, la relación entre humanos e IA y los desafíos que plantea la IA generativa.
El académico, quien actualmente es profesor en la Universidad de Cambridge, adelantó que comenzará en mayo y que mantendrá su actividad académica a tiempo parcial, donde también colabora con el Centro Leverhulme para el Futuro de la Inteligencia.
La división DeepMind funciona como el núcleo de investigación en IA de Google. Bajo este “paraguas” se desarrollan proyectos como Gemini, así como otros sistemas enfocados en texto, audio e imagen.
La llegada de un perfil como el de Shevlin no es casual. En medio del acelerado avance tecnológico, las grandes compañías buscan anticipar preguntas que ya no son solo técnicas: ¿pueden las máquinas tener conciencia? ¿qué límites deben imponerse?
En su blog personal, titulado Polytropolis, Shevlin se define con un término tomado de “La Odisea”, que alude a alguien que “toma muchos caminos”. La palabra resume bien su trayectoria: un académico con intereses que van de la neurociencia a la teoría de juegos, pasando por la literatura, los idiomas y los videojuegos.
Su incorporación ocurre en un momento en que las tecnológicas compiten por atraer perfiles capaces de pensar más allá del código. Al mismo tiempo, persiste un vacío en torno a la regulación de la inteligencia artificial, tanto a nivel nacional como internacional.
En ese terreno incierto, la apuesta de Google apunta a algo más que innovación: entender —antes de que sea tarde— hasta dónde debería llegar la inteligencia que estamos creando.
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