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Guillermo Purcell, memorias vivas entre bugambilias

  Por Redacción

Publicado el miércoles, 5 de agosto del 2015 a las 14:00


Esta vía, sobre la que fue construida la Alameda Zaragoza, fue escenario de vivencias que perduran por el recuerdo

CECILIA RIVAS | Saltillo.- Mientras formó parte de la villa tlaxcalteca se llamó Xóchitl, vocablo del náhuatl que significa flor. Pareciera que esto marcó su destino, pues más de 200 años después, en 1920, la Alameda Zaragoza, plaza principal de Saltillo, se extendió, ocupando una cuadra de esta calle.

Así, el espacio hizo juego con el nombre de la vía, caracterizada por sus bugambilias y coloridos arbustos floreados, cuyos pétalos adornaban las baldosas de la Alameda en el verano y el otoño. Hoy es conocida como Guillermo Purcell, en honor al filántropo y emprendedor irlandés que vivió en ella.

Según datos del historiador Armando Fuentes Aguirre “Catón”, estas baldosas fueron colocadas por el famoso Braulio Flores, conocido como “El Rey Dormido”, quien obtuvo su fama luego de realizar algunas hazañas durante la invasión americana. En una riña, mató a un hombre y se le condenó a prisión.

Un día, “El Rey Dormido” pidió que se le redujera la condena y en lugar de estar encerrado, se comprometió a trazar las baldosas de la Alameda Zaragoza y a plantar álamos, nogales y demás plantas que conforman sus áreas verdes.

Otro de los emblemas de la principal área verde del Centro de Saltillo y que ocupa más de dos cuadras de la calle Guillermo Purcell, es el lago, reconocido por tener una plataforma con la silueta de la República Mexicana y las decenas de patos que recorrían sus aguas.

Así lo recuerda Rodrigo Orozco, de 43 años. “Cada domingo, luego de ir a misa a la Catedral, venía con mis papás y con mis cuatro hermanos. Nos compraban semillas y las lanzábamos para alimentar a los patos, era muy divertido. A veces nos poníamos a jugar poniéndole nombre a cada uno de los que se acercaban a comer”, cuenta.

Por aquella época, muchos extranjeros que llegaron a Saltillo se enamoraron de la plaza, entre ellos un pintor inglés amateur que, según memorias del Archivo Histórico de la ciudad, luego de su primera visita a mediados del siglo 20 decidió dedicarse a pintar espacios icónicos de la ciudad.

Produjo diversos cuadros a los que llamó Ojo de Agua y Las Sierras del Oriente, hasta que un día, entre los lirios que rodeaban el Lago de la República, su cuerpo fue encontrado aún con el revólver en la mano. Nunca se supo el por qué de su suicidio, pero todos aseguraron que lo hizo en el que siempre llamó “el lugar más bello del mundo”.

Bajando por la calle Guillermo Purcell, en la esquina con Melchor Múzquiz, se encuentra un alto edificio de dos plantas. A finales del siglo 19 se le conocía como “la casa pinta”, y era justo en este edificio en el que tenían lugar las más grandes fiestas de Saltillo, organizadas por el entonces gobernador José María Garza Galán.

Posteriormente, el inmueble fue habitado por Anita Narro, hermana de Antonio Narro, y su esposo, Henry Maas. La pareja no había logrado concebir un hijo, y un día decidieron que el hogar debía llenarse de vida infantil, por lo que convirtieron el recinto en un orfanato.

Décadas después, cuando Venustiano Carranza era gobernador de Coahuila, el espacio se inauguró como la Residencia Juvenil Femenil. La foto de este emblemático momento aún se encuentra colgada en las paredes de la casa, que actualmente alberga el Centro de Integración Juvenil (CIJ).

“Antiguamente la casa ocupaba toda la cuadra, pero hoy sólo corresponde a este edificio. Algunos creen que esa foto se tomó en alguno de los espacios que antes eran parte de la hacienda y hoy son independientes”, platica Norma Alicia Pérez, actual directora del centro.

Las paredes solían ser de un color claro, semejante al hueso. Sin embargo, en 1988, cuando el Centro Histórico fue decretado patrimonio de la ciudad, las fachadas de todos los inmuebles se tiñeron de azul, verde, rosa, y a la antigua casa de Anita Narro se le pintó de naranja.

Peréz recuerda haber pasado junto al recinto en muchas ocasiones, y que su madre, dedicada a la peluquería, le platicaba de la etapa en la que realizó el servicio social cortando el cabello de las niñas internadas en el orfanato.

“Cuando el Centro de Integración comenzó a funcionar, hace 28 años, no dudé en ofrecerme como voluntaria. Ha sido una gran experiencia”.

La casa conserva su estructura intacta, sólo se le ha modificado para acondicionarle consultorios individuales. Hace unos meses el pórtico se comenzó a ablandar y será reparado hasta que se cuente con el mismo material que conforma el resto de la casa.

Diariamente, decenas de hombres y mujeres entran al recinto buscando apoyo para la recuperación de adicciones al alcohol, drogas y tabaco, algunos cuentan que el patio de empedrado antiguo da un aire de paz y tranquilidad a la casa, sin imaginar que un siglo antes fue el escenario donde la danza y la música resonaban cada madrugada.

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