Coahuila
Hace 1 año
Era muy común en los hogares saltillenses de mi barrio Ojo de Agua, de los años 50, disfrutar por las tardes, de una espumosa taza de chocolate, o bien, de café, con una buena pieza de pan que tarde a tarde llevan en esos enormes canastos don Jesús y Leonardo Soto.
Si estos no aparecían oportunamente, mi abuelita Lolita me mandaba a la panadería de Bolívar y General Cepeda, cuya propietaria había sido víctima de la “viruela loca” y tenía deformada la nariz. Le decían Andrea ‘Nariz Rabona’. Si el pan se agotaba ahí, íbamos a la panadería La Muralla, de Hidalgo y Escobedo, propiedad de don Leoncio Saucedo. ¡Que sabor tenía tan delicioso el pan de antaño! Muy diferente al actual, con todo respeto sea dicho.
Sí era rico ese manjar que acostumbran los saltillenses de aquella provincianita ciudad que no llegaba a los 50 mil habitantes, por las tardes con una tacita de café— ¡No sería mucha molestia!
O bien esperar la llegada del famoso churrero, catalán del Ojo de Agua, que con su canasto panadero en la cabeza se desplazaba casi siempre por Hidalgo de sur a norte, ofreciendo riquísimos churros.
El churrero repentinamente desapareció y tiempo después supimos que sufrió un ataque de catalepsia, (accidente nervioso repentino, de índole histérica, que suspende las sensaciones e inmoviliza el cuerpo en cualquier postura en que se le coloque). Su familia pensó que había muerto e hicieron los preparativos para sepultarlo y cuando lo estaban velando sobre una mesa, el hombre “volvió a la vida”. Se incorporó e incrédulo, preguntó el porqué estaba ahí. Los asistentes salieron en estampida y espantados. “El hombre había resucitado”, según decía la gente.
La industria panificadora saltillense fue y es muy amplia, con onda tradición.
La anécdota
En mi tiempo de locutor en la XESJ de Saltillo, invariablemente había café y pan de La Radio, de la calle de Múzquiz, que aun perdura en ese lugar. Por las tardes llegaba una demenciana dama, María Liachos, con su “recamara en un costal”, pues solía pasar la noche en el pórtico del edificio que ocupaba la emisora en Allende y Lerdo de Tejada en el Centro Histórico. El gerente de la estación, el caballeroso licenciado Jorge Ruiz Schubert, le ofrecía café y pan. “¿Gustas una tacita de café, María?, “¡No será mucha molestia, licenciado!”, era la respuesta de esta mujer, cuya historia es digna de una telenovela sin final feliz.
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