Arte

Publicado el martes, 31 de mayo del 2022 a las 04:11
Saltillo, Coahuila.- Hay algo de apocalíptico en la cercanía de un incendio que consume las orillas de una ciudad. Un fin del mundo que se presagia y que no termina de arrasar a la civilización. El humo que invade las calles, los residuos de árboles calcinados que como una nevada oscura danza en el ambiente y que, sin embargo, no logran reducir a ceniza los cataclismos personales de cada uno.
Los saltillenses lo saben bien, después de que la semana pasada la sierra de Zapalinamé ardiera. Y eso también lo saben Natalia, Erre y Conejo, los personajes principales de El Baile y el Incendio, el libro más reciente del mexicano Daniel Saldaña París, y con el que resultó finalista del Premio Herralde de Novela, convocado por la prestigiosa editorial Anagrama.
La historia toma lugar en una Cuernavaca sitiada por el fuego que incuba una enfermedad venidera y que, aunque pareciera, no es el Covid-19, como lo describe Natalia en la primera parte del libro: “No ha llovido en varios meses; los incendios se han ido propagando por el estado como un rumor insidioso que va diezmando la floresta (…) Yo no le temo tanto al fuego como a los hombres. Lo que sí es que debo llevar la cara embozada en una tela, como si atravesase el desierto del Sahara, para evitar que la ceniza, invisible, se me pegue a los pulmones”.
Concebida antes de la pandemia, la novela de Saldaña París es relato que adelantó la situación actual, y que a su vez la utiliza para hablar de tres personajes que deben convivir consigo mismos y con el resto, todo con ese desastre susurrándoles al oído
Para él “en la novela sí hay un ambiente apocalíptico que no termina de estallar, porque creo que el fin del mundo está siendo así. En ese sentido creo que es una novela realista, porque el fin del mundo va a ser mucho menos explosivo de cómo lo esperábamos, y me hace pensar en un verso de T.S. Eliot que dice ‘así es como se termina el mundo, no con una explosión, sino con un lamento’. No va a haber una gran explosión, sino una especie de desencanto creciente, una amenaza que no termina de llegar, pero que, al mismo tiempo, ya llegó”, como explicó a Zócalo en entrevista.
Así, El Baile y el Incendio sigue las tribulaciones, los deseos incompletos, las ilusiones rotas de sus personajes a lo largo de tres partes. En la primera Natalia aborda su relación con su trabajo como coreógrafa y la intención de realizar una pieza de baile inspirada en la misteriosa Mary Wingman y su obra Hexentaz, pero también en las epidemias de baile que azotaron a Europa durante la Edad Media, a la vez que habla de su pareja, Argoitia, un pintor consagrado y mayor que ella.
Siendo ella quien “se parece mucho más a mí en ciertos sentidos, porque está más obsesionada en trabajar con algo artístico, que en su caso es la danza. Ahí me interesaba mucho rastrear el proceso creativo, el entusiasmo creador de cuando empiezas a escribir, proyectar una pieza o en su caso una obra coreográfica, y que todas las cosas se alinean, porque de pronto ya todo lo que lees o ves tiene que ver con tu trabajo”.
Erre, por otra parte, enfrenta un dolor clavado en su cuerpo –una conexión con la ciudad que arde–, pero también con sus sueños no logrados como cineasta, como un hombre de familia rota que regresa a la ciudad que alguna vez abandonó, el pasado que lo sostiene. Un personaje “que trata más las ilusiones perdidas, porque hay un desencanto, pero es uno cómodo de dejar ir las cosas y decir algo como ‘bueno, no se logró y ya’, pero también hay una convivencia con esa falta. Saber que puedes dejar ir ciertas ilusiones y vivir con esa especie de fracaso y seguir adelante, porque la vida no se acaba. El caso de Erre no es una historia trágica en ese sentido”, comentó.
La novela finaliza con un capítulo dedicado a Conejo, un joven que busca disfrutar de las pequeñas cosas, y que anda a sus anchas por la urbe de la eterna primavera, y “quien nunca tuvo esas ilusiones o nunca fueron muy claras, y que en cambio, encuentra alegrías diminutas que no tienen que ver con el trabajo, su goce tiene que ver con la conversación, con los amigos, la música y los momentos de soledad y cierta exaltación del espíritu, pero no con el trabajo. Eso es algo que yo envidio a mucha gente: la capacidad de encontrar la felicidad en cosas que no tienen nada que ver con lo que haces. Yo no soy muy capaz de eso, pero me gustaba la idea de tener un personaje que sí lo fuera.
Para Saldaña París este trío de treintones son un motivo para “hablar del momento vital de los personajes, que es el mío también, el de un adulto que ya no es exactamente joven, pero que tampoco siente que ha encontrado su lugar definitivo. Todos los personajes están un poco a la espera de encontrar algo más, de moverse a otro lugar o de encontrar uno más definitivo para sus vidas. Me interesaba la situación medio perdida de los adultos que no tenemos hijos y que quizá eso nos deja un poco menos anclados, en algún sentido”.
Así, la triada deambula entre sus recuerdos de adolescencia –los tres fueron amigos; Natalia y Erre, novios–, pero también en su relación con Cuernavaca. La ciudad en la que Saldaña París creció y se convirtió en una obsesión para él. Por eso este libro es, también, una historia de la ciudad mitificada por Malcolm Lowry en su novela fundacional Bajo el Volcán. Un compendio de los fragmentos de tiempo que encierran sus paredes, sus edificios y calles.
“En esta novela hay muchas lecturas de historia de Cuernavaca que me interesaba rescatar porque creo que el presente de la ciudad es muy aburrido. Me interesaba que eso circulara en la novela”, apunta y añade que su intención era “revivirla, rascar un poco debajo de las piedras y las calles para ver qué historias hay ahí enterradas, tanto arquitectónicamente como a nivel ficción e histórico.
Ese es uno de los temas que recorren mi obra no solo con Cuernavaca, sino con muchos otros lugares. Es una especie de arqueología del espacio, y una investigación sobre cómo esas historias terminan, también, afectando a las personas que ahí habitamos. En la Ciudad de México, por ejemplo, todas las personas tienen una idea del fantasma del lago de la ciudad, convivimos con la ausencia del lago de una manera muy cotidiana que nos marca. Entonces quería utilizar esas posibilidades en el caso de Cuernavaca”.
Esa influencia de los espectros urbanos, los fantasmas de quién se fue en un tiempo y quién se es ahora, está presente en los pensamientos de sus personajes, especialmente Erre, quien se fue a la Ciudad de México lleno de sueños y volvió a Cuernavaca con la bolsa vacía, en una especie de viaje de retorno perdido. En algo “de lo cíclico pero formulado más cómo pregunta: ¿qué tanto podemos regresar a un lugar? Cuando Erre regresa a Cuernavaca espera encontrar todo igual, y hay cosas que siguen iguales y otras que no. Él es una persona distinta, sus padres también. Es una pregunta sobre la posibilidad del regreso y qué tan posible es trazar esos ciclos, porque muchas veces pensamos que estamos trazando un círculo, pero en realidad es una especie de espiral, porque no regresas al mismo punto y todo está un poco descoyuntado. Me interesa la idea del círculo imperfecto que se traza”.
Así, la novela inicia con un incendio que ruge a la lejanía, cuyo calor puede sentirse en la piel, y guarda más secretos. Pero ese intenso grito cataclísmico se reduce a un simple zumbido que en nada afecta los holocaustos personales de los habitantes de esa Cuernavaca infernal. Es, pues, una “sensación de fin del mundo aplazado que termina convirtiéndose en un rumor de fondo, porque estamos tan acostumbrados a, por ejemplo, las noticias sobre la pandemia, que ya no las consideramos ni siquiera como un fin del mundo que merezca estar hablando todo el tiempo. Es, simplemente, el telón de fondo de nuestros dramas personales, porque la gente se sigue enamorando y desenamorando, buscando trabajo… aunque escribí esto antes de la pandemia, sí me interesaba que el incendio fuera un ruido de fondo que se termina asimilando con una realidad inamovible”, concluyó el también autor de Aviones Sobrevolando un Monstruo.
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