Querida amiga, querido amigo:
En algunas ocasiones anteriores, en este mismo espacio, hablamos de decisiones. Reflexionamos por ejemplo sobre las personas que decidimos ser, sobre el derecho de cada quien a decidir cómo desea vivir su vida, así como sobre las huellas y los vacíos que decidimos dejar.
También reflexionamos sobre el derecho de observar, de detenernos un momento y preguntarnos hacia dónde queremos llevar nuestra vida.
Al final, la vida no es otra cosa que la suma de una infinidad de decisiones: algunas pequeñas y cotidianas, casi automáticas; otras mucho más importantes, capaces de cambiar de manera evidente el rumbo de nuestra existencia.
En este mismo espacio siempre hemos sostenido también el derecho de cada persona a tomar sus propias decisiones de manera libre: nadie debería tener el poder de obligarnos a hacer algo que no queremos.
Debemos tener la libertad de quedarnos o irnos, guardar silencio o hablar, aceptar una propuesta o rechazarla, comprometernos con una idea y también cambiar de opinión.
Podemos decidir empezar algo nuevo y también terminar algo que ya no funciona. Sin embargo, esta libertad puede ser prácticamente absoluta en el momento de elegir, pero siempre debe ir acompañada de una conciencia muy clara: todas nuestras decisiones tienen consecuencias.
Las tienen sobre nosotros y sobre nuestra vida, pero, en la gran mayoría de los casos, también impactan en la vida de las personas que nos rodean.
Quizás no siempre podamos prever exactamente cuál será el impacto de nuestras decisiones y tampoco podemos controlar la reacción de las demás personas frente a ellas.
Pero lo que sí tenemos la responsabilidad de hacer es reflexionar sobre los posibles efectos que nuestros comportamientos pueden Por ejemplo, si nos dirigimos de forma grosera y agresiva a una persona, podemos prever de manera razonable que esa persona se sentirá herida o humillada.
Si desaparecemos sin dar ninguna explicación, podemos imaginar que quien está del otro lado experimentará frustración, tristeza e incluso dolor.
Si en nuestro trabajo no cumplimos con lo que nos corresponde, alguien más tendrá que resolverlo. Si hacemos mal una tarea, ocultamos o manipulamos información, tergiversamos los hechos o no asumimos aquello que nos corresponden, inevitablemente habrá consecuencias que alguien más tendrá que asumir.
Por supuesto que tenemos la libertad de decidir qué personas queremos ser en el trabajo, en nuestras relaciones, en nuestras amistades y en nuestra familia. Podemos decidir si queremos ser personas confiables o personas que incumplen, si queremos hablar con honestidad o no, si queremos reconocer nuestros errores o buscar siempre una justificación que nos permita trasladar la responsabilidad a alguien más.
Sin embargo, no importa demasiado qué tipo de persona hayamos decidido ser hasta ahora ni qué comportamientos o decisiones hayamos adoptado.
Siempre podemos cambiar de opinión, revisar nuestras decisiones, reconocer que nos equivocamos y decidir actuar de otra manera.
Lo que sí es importante es hacernos cargo de las consecuencias: de lo que hicimos y también de lo que dejamos de hacer; de las palabras que dijimos y de cómo las dijimos, así como de los silencios que elegimos; de los compromisos que asumimos y de aquellos que incumplimos; de nuestros errores, de nuestras omisiones y también del daño que pudimos haber provocado.
Hacerse cargo no significa asumir responsabilidades que no nos pertenecen ni cargar con las decisiones de otras personas.
Significa tener la madurez suficiente para distinguir lo que depende de nosotros de aquello que escapa a nuestro control y, cuando algo sí nos corresponde, tener el valor de reconocerlo y actuar en consecuencia.
Hacerse cargo significa no obligar a las demás personas a pagar el precio de nuestras decisiones y de nuestros comportamientos.
Porque podemos elegir qué tipo de persona queremos ser, tomar nuestras propias decisiones y actuar de la manera que consideremos mejor.
Pero esa libertad también implica aceptar que nuestras elecciones dejan efectos, generan consecuencias y, cuando esas consecuencias nos corresponden, no podemos simplemente mirar hacia otro lado.
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