Muchos vimos la película “2001: Odisea del espacio”, en la que una nave espacial era controlada, como ayuda a la tripulación, por una computadora. En esa época no existían computadoras en la mayor parte del mundo y, en general, todo mundo creía que sus capacidades reales eran otras.
En la historia, la computadora empieza a tomar decisiones que llevan a la muerte de tripulantes y, al destrabar el problema, el héroe le desconecta los fusibles…
En las décadas posteriores, principalmente en la Unión Americana, la cibernética tuvo un enorme desarrollo, desde la astronáutica, la aeronáutica, las contabilidades y la industria pesada. El efecto colateral es que esto fue aprovechado por la parte del poder como una forma de reducir el costo y poder laboral. En esa época, al estimar la formación de empresas, se asignaba muchas veces un 10% de costo laboral, incluyendo, claro, sueldo, prestaciones, capacitación, etc.
Pero, como los contadores y financieros fueron escalando en el organigrama, el valor de la labor tendió a disminuir. Esa tendencia, sumada al sindicalismo en Estados Unidos (el cual debemos reconocer es de los únicos que defienden realmente a sus trabajadores), llevó a que la industria gringa fuera gradualmente saliendo de su territorio.
No debemos perder de vista que la producción salió de suelo gringo, pero no cambió de dueño. La industria maquiladora mundial se colocó en Japón, Filipinas, Singapur, Corea del Sur, India, Brasil, México y Centroamérica, principalmente.
En los 80, con las microcomputadoras, se generalizó el uso, ayudado por herramientas que permitían el uso por iletrados de otras profesiones. Colateralmente, el empleo demeritó parcialmente; sin embargo, esos paquetes de software requerían de capacitación, que hasta entonces era complicada.
El internet cambió radicalmente el uso de computadoras. Por un lado, la dependencia de la comunicación e información por los medios, ya con los teléfonos celulares añadidos a los recursos. Paralelo a eso, en la industria pesada, seguía disminuyendo el valor de la labor, pero los medios cumplían ya con tener una labor que antes tenían las religiones: mantener anestesiado al pueblo, anestesiado y obediente.
En todo ese tiempo, nos fueron llenando de paradigmas para asegurarse de que el control sea mayor.
Con la campaña de la inteligencia artificial, por un lado, es hereje quien se atreve a dudar de los alcances de dicho nivel de tecnología y, como línea de impacto a la mente, en estos días publican que se tiene el riesgo de que las superinteligencias artificiales dominen al mundo o lo destruyan; por tanto, debemos temer y esperar instrucciones.
He leído, no puedo decir que extensivamente, pero varios artículos en los que las máquinas, en juegos de guerra, todas consideran desastres nucleares como opción, y la narrativa lleva a temer la maldad sembrada o producto de esa tecnología.
Eso tendría sentido si el destino del mundo no tuviera dueño desde antes del año 1900.
Sería increíble creer que ninguna inteligencia artificial haya considerado que se consigue más atacando a los dueños de la industria de armamentos, o los especuladores con doctrina de largo plazo, o los grandes de las finanzas e industrias petroleras y alimenticias, que, curiosamente, se han beneficiado del desastre de la pareja del año: Trump-Netanyahu.
En este nuevo escenario de “religión”, el demonio son las inteligencias artificiales y la iglesia son las democracias.
Hace 300 años, el temor era que el demonio saliera debajo de la cama; ahora es que aparezca en las noticias o los medios.
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