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Coahuila

Han cambiado de ropaje cada época; hoy, doñas Censura e Inquisición enfrentan crisis

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 41 minutos

Estábamos inmersos en el alud de información generada por los acontecimientos más recientes y nos llamaba la atención la forma en que algunos medios de comunicación tradicionales, y varias plumas adalides de la verdad, buscaban aparentar que informaban con objetividad, pero en realidad trataban de encubrir lo que era imposible. 

A la par, en las redes sociales, aquello era un torrente de opiniones que, como en cualquier creciente, así decían en el pueblo, llevaba mucha basura que era menester desechar. En ese proceso, nos empeñábamos en formarnos un juicio objetivo sobre los hechos. Mientras dilucidábamos como alcanzar nuestro objetivo, de manera alternativa, nos dábamos un paseo por notas y artículos del anteayer. 

Sin que podamos explicarlo, de pronto, encontramos un texto de hace dos siglos y casi un lustro que versaba sobre dos damas que vienen de mucho antes y llegan hasta nuestros días, siempre adecuándose a los tiempos y portando el ropaje de la época respectiva. Vayamos al texto.

Eran los días en que, parafraseando a López Velarde, la patria buscaba lucir impecable y diamantina con su independencia recién obtenida. Sin embargo, lograr dicha meta lucía imposible cuando al frente del Gobierno se encontraba el criollo quien se sintió noble, Agustín Cosme Damián. 

Sin embargo, ante el estado de cosas novedoso, no paraban de aparecer impresos cuyo objetivo era dejar bien claro el significado de lo que ellos llamaban “nuestro naciente imperio”. Una de esas publicaciones surgió, el 28 de octubre de 1821, bajo el nombre de “El Farol”. 

Se anunciaba como “Periódico Semanario de la Puebla de los Ángeles en el Imperio Mejicano”. Si bien su postura era monárquica y contrarrevolucionaria, por la “j” aparecía el rabo de que manos jesuíticas estaban involucradas. A la par, clamaba que tendría “por objetivo esencial explicar en cada número cualquiera de los puntos a que deberá contraerse la Ley fundamental de nuestro naciente Imperio”. 

Para dejar bien claro cual  era su propósito, señalaba: “Servirá pues este periódico de conducir a nuestros ciudadanos, y a nosotros mismos, por lo que llamamos senda constitucional hasta ahora recién abierta y poco trillada; no siendo dudable que, si logramos  desempeñar un asunto de tan grande provecho como dificultad, encenderemos una linterna o un farol, que nos lleve sin tropezar al magnifico templo de las leyes, cuyas piedras de mármol han empezado a labrarse en el centro del Anáhuac”.  

Como siempre, los aspirantes a dictadores empleando plumas que invoquen el imperio de la ley bajo la grandilocuencia. Pero eso es otro asunto, retornemos a 1821.

El 16 de diciembre de dicho año, en el número 8, de la publicación referida apareció un artículo titulado “Anécdota y Capitulación” que nadie lo firmaba. Trataba del encuentro de dos damas, ya para entonces entradas en años, sin considerar que más de dos siglos después, se continuaría hablando de ellas. Aclaramos que, en el relato, respetaremos el texto original. Aquello daba inicio así: “En la Corte de México se ven cosas originales. Encontrándose dos viejas [nada de acusaciones de misoginia, el texto es tal cual] hace cinco días en la plazuela de Santo Domingo, y después de saludarse con sendas reverencias, se arrimaron a la pared a fin de saber cada una quien era la que tenía delante. Yo soy doña Censura, dijo la más remilgada; pues yo, replicó la otra con voz casi imperceptible, me llamo para mi desgracia señora Inquisición. Aquí fue Troya, pues no lo dijo tan quedo su tremenda señoría, que no lo oyera al pasar un poblanito muy chulo vestido de Capitán, quien espantado como era natural con tan repentina visión, y espumándole la boca, iba a echar mano del sable para embasar a doña Carcomida”. Pero antes de que eso sucediera, la dama lo interpeló.

“No, señor militar, dijo ella, no ejercite V[os] su valor con una mujer anciana, que viene del otro mundo arrastrando sus huesos. Sépase V[os] que estoy despreocupada, y si quiero comparecer ante los hombres, es renunciando a la espada que en otros tiempos ceñía, y no trayendo sino el olivo de la paz a fin de capitular con mis perseguidores y enemigos”. Esas palabras, sin embargo, no terminaron por convencer al oficial.  

Dejó de lado cualquier corrección política y dijo: “No buena vieja, no, repuso el capitancito: Está escrito, y nadie lo impugnará, que todo es capaz de reforma, excepto la Inquisición”. Ante tal aseveración, la señora Inquisición no podía quedarse callada.

Altiva espetó: “¿En que puede fundarse, replicó la reverenda, un principio tan exótico? Se escribe que los reyes eran tiranos y bebedores de sangre; sin embargo, los reyes se dejan con tal de que sean moderados. Se declama también contra muchos tribunales por su desorden e injusticias; pero se les hace continuar corrigiendo sus abusos. Sobre todo, mi señora doña Censura, que presente está, era odiosa al mundo como yo misma, y sin embargo la veo bien recibida en todas las cortes ilustradas”. Como movida por un resorte, saltó la aludida quien no podía dejar pasar la ocasión para aclarar ciertos puntos.

Plena de sorna, señaló: “Si, mi alma, dijo entonces la Censura; pero ha de saber V[os] que yo he tenido política; me visto a la moda, oigo sin hacer gesto cualquiera conversación, soy disimulada, condescendiente, aduladora, no guardo secreto en mis negocios, y a estos lindos reformadores (aquí se abrazó con el capitán, dándole hasta cuatro besos, y continuó diciendo) a estos divinos escritores les dejo imprimir cuanto quieran, con tal de que me manden un ejemplar de su discurso para divertirme a la siesta. Si V[os] quiere vivir a mi lado señora doña Inquisición, y pasársela buena, ha de seguir todas mis máximas: Remozese V[os] amiga mía como yo lo he hecho…” Acto seguido, le precisaba como lograrlo.

“No a la francesa, sino a la española, déjese V[os] de chocheras, tire las tocas y el Santo Cristo, no traiga V[os] unos atavíos que tanto se oponen a las luces de nuestro siglo, y sobre todo jamás tome V[os] en su boca la herética prabedad [perversidad herética” o corrupción de las creencias cristianas establecidas], porque este es un duende que no existe, ni puede existir entre tantos católicos”. Aquellas palabras surtieron efectos gratos en el sentir del castrense.

Conforme a la narrativa, “pusose de humor el poblanito con los besos de doña Censura, y entrándose con ambas viejas en la casa chata (con perdón sea dicho) dejó escrita esta capitulación que dicen queda imprimiéndose. Artículo 1º. Se repone la Inquisición a tan odioso nombre el de jurisdicción episcopal; Artículo 2º. La Inquisición así repuesta nada podrá inquirir propio motu, ni menos proceder a la formación de causa, si no precede denuncia; Artículo 3º. Para que estas denuncias no sean tan repetidas y enfadosas, se procurará molestar a los denunciantes, tachándolos de fanáticos; Artículo 4º. El mejor medio para lograr lo que va prevenido en el artículo anterior, es decirle al reo el nombre del denunciante, para que por si o por tercera persona le encaje puñal o veneno, y que estos perros serviles vayan a denunciar a su madre; Artículo 5º. En orden a circulación de libros, aunque sean los más infernales, y su introducción en los puertos, nada podrá disponer la inquisición episcopal, porque esto no es atribución sino del gobierno civil (según se declaró en España) y en las utilidades de la ilustración y del comercio, no pueden ser estorbadas por frijoleras de religión. Con esta capitulación del poblano concluyó tan famosa escena. Que tontos eran nuestros abuelos, pues no se les ocurrió un método tan sencillo, sin mortificar a nadie”. 

Todo lo anteriormente descrito es un asunto que, a pesar del tiempo transcurrido, continúa estando vigente. Ni doña Censura, ni la señora Inquisición, se han ido a ningún lado. Han prevalecido actuales a lo largo de los tiempos. Lo único que han tenido que hacer es cambiarse de ropajes, portar los pertenecientes a cada época y buscar quienes caigan rendidos ante sus encantos. Nunca han faltado, ni estarán ausentes, quienes pasen por alto la presencia grotesca de ambas damas cargadas de años y arrugas, mismas que con una buena embadurnada de maquillaje y aquello desaparece ante los ojos de los galanes. Eso sí, nada es de gratis. Ese par de damas, quienes siempre han presumido de señoritas, tienen a la mano diversas formas para atraer a quienes no terminan de convencerse de sus atractivos. A unos, los encargados de hacerles los trabajitos que las mantienen vivas, les surten con fajos de billetes. En nuestros días, cada vez les es más difícil atraer seguidores, pero como las interfectas aún tienen medios para dominar rejegos, pues los sometidos no van a exponerse a perder la concesión o los recursos que les permiten comprar el papel en donde imprimen las alabanzas sancionadas por doña Censura y la señora Inquisición. Pero, en los tiempos últimos, se han presentado situaciones que estas damas aun no dilucidan como enfrentar.

El desarrollo tecnológico ha cambiado la dinámica. Las páginas electrónicas, al igual que las redes sociales, han hecho que los afeites de doña Censura y la señora Inquisición no sean suficientes para cubrirles las arrugas. Ante ello, a las dos no les queda sino armar a sus seguidores para que salgan a soltar una falsedad tras otra en contra de quienes no dan como palabra sagrada lo que las amas de esos lacayos les ordenas que repitan. Ante ello, a la parejita no le ha quedado sino volver a sus orígenes y cubriéndose la faz con la mantilla de que ellas son puras y castas, por lo que están dispuestas a cualquier cosa, inclusive retornar a los métodos empleados cuando nacieron, para callar a quienes no caen rendidos ante la belleza de doña Censura y la señora Inquisición. 

Sí bien en los tiempos que corren, podemos ver que doña Censura y a la señora Inquisición lucen debilitadas, no debemos de confiarnos pues portan un costal de mañas y sus adoradores, que nunca faltan, están dispuestos a hacerles el favor para vendernos verdades distorsionadas o, simplemente, falsedades. [email protected]

Añadido (26.17.55) ¿Al fin, el principio o el principio del fin?

Añadido (26.17.56) No es lo mismo ser consumidor de cacahuates que atender asuntos de diplomacia de primer nivel. Mientras tanto, los profesionales en la materia están relegados o bien ya los echaron fuera del sistema exterior mexicano.

Añadido (26.17.57) ¿Qué tal si, aprovechando que el domingo estarán reunidos los más conspicuos integrantes de la cofradía, llegan y se los llevan a todos? Después, como se hacía en el antepretérito cuando la gente espulgaba los frijoles, se colocan a un lado las piedras cuyo destino será el bote de la basura.

Añadido (26.17.58) ¿Sorprendidos porque no se haya dado respuesta oficial a la actitud desafiante de los socios del acusado?  Muy recomendable sería revisar el texto de las sanciones que, ayer viernes 1 de mayo, se implantaron en contra del gobierno de Cuba y quienes hagan negocios con él.

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