Ser parte de un harem, desde los tiempos antiguos, significaba ser propiedad y objeto de felicidad para el sulaimán o sultán, que es un ser divino o con una relación directa con su divinidad.
Entonces tener este grupo de señoras selectas para darle placer al amo era algo que incluso se esperaba en esta cultura polígama, en la que el poderoso se puede dar “el lujo” de ayuntarse con toda mujer que desee. Era libre de casarse y tener concubinas a voluntad. Las que se casaban eran las ganonas porque poseían derechos y sobre los hijos, descendencia del sultán. Los hij@s de las concubinas eran propiedad de su padre y las madres no tenían ningún derecho sobre sus propias criaturas. Y notemos que estos bebés eran hij@s de las mujeres más hermosas conocidas hasta ese momento en la historia de la humanidad, por lo que entendemos su belleza étnica.
La idea occidental que se ha elaborado sobre el harem es sexual y morbosa: asumen que este grupo de mujeres andan encueradas sexosas y calientes y, que cuando el sultán entra en la sala, se tira en medio de ellas para que le caigan encima como novias de Satán en ácido, como ménade hambrienta.
Dentro del harem se proporcionaba un entrenamiento refinado para algunas mujeres que aprendían a leer, escribir, a estudiar el Corán y a realizar una serie de actividades que les permitiesen ser aptas para la corte y el sultán. Además de los afeites que debían aplicarse para estar buenas y hermosas la mayor parte del tiempo, porque realzaban su belleza y los tesoros de su conocimiento. Muy parecido o en el mismo tenor está el entrenamiento de las geishas antes de entrar al servicio de entretenimiento para caballeros.
El asunto del harem es que es un estado de esclavitud, de encierro y secuestro, y de trabajo sexual no remunerado. Las mujeres del harem envejecían ahí dentro, confinadas con sus compañeras y eran vigiladas por eunucos, otro grupo de personas reclusas y víctimas de una práctica barbárica. Los eunucos eran hombres africanos cuyos testículos eran removidos o destrozados de formas espantosas. Ellos se encargaban de cuidar a las señoras del sultán para que no se dieran entre ellas ni con nadie, ni siquiera con frutas o verduras que tuviesen forma fálica. La diversión solo era para el sultán y los eunucos y las morras no podían ser felices.
Pero además de mantenerse frescas y firmes para el sultán, en el harem la ley de la selva era lo que reinaba. Imaginen a decenas de mujeres, ansiosas de que el sultán, su amo, las elija para ir a su cama, con la posibilidad de darle un hijo que automáticamente les daría una presencia relevante, herencia para la criatura y seguridad. Pero todas las presentes quieren lo mismo, entonces la intriga y la maldad entre las compañeras de harem son parte de su cotidiano. La preservación del sultanato será parte del trabajo de las mujeres del sultán y la criatura más fuerte y apta de entre hijos de las esposas o concubinas, será el próximo sultán. Claro que luego de encargarse de matar a sus hermanos todos, sino es que ya habían sido ultimados de niños, lo cual era muy común
Los harem han cambiado de forma y de manifestación, pero siguen existiendo y siendo parte de la tradición islámica en ciertos países y su intención es la misma, sin el estigma de esclavitud…aparente. Lo vimos ahora en el Mundial de Qatar 2022, en donde fue presente y ostensible el choque de occidente y oriente, en el tema de las mujeres y sus derechos.
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