Viví una parte de mi infancia en Viesca, Coahuila. Mi familia materna es de ahí y de ese tiempo recuerdo la afición de mis abuelos por los higos, la granada, el queso de cabra, el cabrito (que mi abuela Natalia preparaba en estofado) y el jocoque. A primera vista, esta afición culinaria se puede explicar porque eso era lo que había en el pueblo. Normalmente, en algunas casas había una higuera y, cerca de ella, estaban unos granados.
Era normal ver a los rebaños de cabras resistiendo al calor y la sequía, pastando cerca de la carretera, guiadas por el chivero, quien a veces iba a pie o, en el mejor de los casos, montando un burro, acompañado por sus perros.
De tal suerte que si hay higueras y granados, pues comes higos y granadas; si hay chivas, pues comes su carne, su leche y sus derivados, eso se puede explicar, pero las raíces de este rasgo cultural son más profundas, mucho más.
Mi trabajo implica leer libros y tratar con escritores, historiadores y artistas. Poco a poco he ido conociendo la historia de la fundación de Saltillo (lugar donde vivo) y, en general, del noreste de nuestro país; he seguido de cerca el trabajo editorial que han realizado mis compañeros y de la difusión que hemos hecho de algunas obras (ediciones de la Secretaría de Cultura de Coahuila), de las cuales me aficioné a los temas y de las que podría señalar La Complicidad de Coahuila, de Gustavo Iruegas, que trata sobre un proceso de brujería durante el siglo 18 en Monclova; Brujería y Hechicería en la Villa de Santiago del Saltillo, de Alan Orlando Caballero; Ensayos de Historias Nordestinas, y La Gente del Mezquite, de Carlos Manuel Valdés; Guachichiles y Franciscanos.
En el Libro más Antiguo del Convento de Charcas, 1586-1663 de Lucas Martínez, entre otros.
Cada uno de dichos libros nos señala cómo se fue forjando nuestra sociedad, quiénes vivían aquí, quiénes llegaron a colonizar e imponer otra forma de ver y entender el mundo, y sus remotos orígenes en Europa; también nos hablan del papel de la Iglesia católica, su labor, por una parte evangelizadora y piadosa y, por otra, como protagonista de la represión y la intolerancia.
Esto último explica, en parte, la llegada al noreste de esos nombres que tenemos tan presentes: Francisco de Urdiñola, Alberto del Canto, Diego de Montemayor, Luis de Carvajal y de la Cueva y Luis de Carvajal “El Mozo” o Joseph Lumbroso. Cada uno de ellos con historias interesantes, llenas de secretos, de hazañas heroicas, crímenes graves y acusaciones justas e injustas, de claroscuros.
Sobre este último, Luis de Carvajal “El Mozo”, la escritora regiomontana Gabriela Riveros nos acaba de entregar Olvidarás el Fuego (Lumen 2022), novela en la que narra la vida del protagonista, proveniente de una familia portuguesa de origen sefardí, quien tuvo que enfrentar un juicio por herejía.
Esta es una novela apasionante que se fundamenta en las memorias de dicho personaje que fueron robados del Archivo General de la Nación y descubiertas en 2016 en una casa de subastas de Nueva York. Quizá la presencia de la higuera, el granado, las cabras y muchas cosas más se remonten tan lejos como a la expulsión de los judíos de España y Portugal a fines del siglo 15.
Nuestras raíces culturales son tan profundas y remotas que se extienden por las llanuras áridas del noreste, donde las naciones nómadas vagaron durante siglos, pero también cruzan el océano y llevan en su memoria otros credos ocultos, la necesidad de huir y el sufrimiento que provoca la intolerancia racial y religiosa. ¿Hasta dónde llegan nuestras raíces realmente?
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