Al escribir estas líneas se pide una disculpa a los “puristas de la lengua de Cervantes” por utilizar un par de términos del argot digital: los anglicismos “scroll e infinite scroll” o desplazamiento sin fin, se refieren al desplazamiento continuo del contenido en una pantalla”. En la primera parte de la columna se hace una revisión sucinta de la literatura médica, escrita a partir de 2010, y que sirve como referencia para tratar de responder al interrogante: ¿Por qué el scroller puede causar adicción? En la segunda se describe brevemente los rasgos más peculiares de uno de los creadores del “infinite scroll”: Aza Raskin. La última, se dedicará a conocer el statu quo de las regulaciones-gubernamentales-al uso indiscriminado de internet en un celular o cualquier otro dispositivo electrónico.
Imaginemos un concurso informal en la primavera de 2026, cuando un grupo de amigos -todos adolescentes- de una escuela secundaria decide probar la capacidad de resistencia ante el uso ininterrumpido del celular. El joven que se llevó las palmas estuvo atento a la cámara durante más de tres horas. Fue el ganador absoluto. Por esas raras contradicciones que tiene el destino de los hombres, más de 15 años atrás del sui géneris concurso maratónico, un hombre estando conectado a un buscador de internet, se enfadó por los respiros-pausas-que tenía el “escudriñador electrónico”, que, para él, eran perniciosos porque rompían con las intenciones del internauta. Su reacción no se quedó en la simple frustración, sino que fue directo a su laboratorio californiano y comenzó a investigar sobre una fórmula que lo librara de interrupciones y le permitiera continuar con sus trabajos.
¿Por qué el scroller puede causar adicción?
Entre los científicos que han estudiado los efectos conductuales del uso intensivo de la internet destacan investigadores de la sicología y la neurociencia. En sus investigaciones aparece un elemento recurrente: la recompensa que puede obtener el usuario al interactuar con una plataforma. Esa gratificación, por más fugaz que sea, la puede encontrar en saber de un amigo, enterarse del aumento de su popularidad al acumular “like” o simplemente informarse sobre su grupo musical favorito. El mecanismo adquiere mayor interés cuando la recompensa es variable e incierta. El usuario no sabe qué encontrará al realizar el siguiente desplazamiento: puede aparecer contenido irrelevante, pero también una noticia, una imagen, un comentario o un video que resulte especialmente atractivo. La literatura especializada ha señalado que esa variabilidad puede reforzar la búsqueda repetida. La repetición puede contribuir a la formación de un hábito y, en determinadas personas y bajo determinadas condiciones, ese patrón puede evolucionar hacia una conducta adictiva. La curiosidad humana, siempre ávida de novedades, ha sido muy bien capitalizada por las plataformas digitales y, por supuesto, por el mercado digital.
¿Qué papel juega la economía en el scroller?
El advenimiento de internet trajo aparejados muchos cambios en la conducta del ser humano, que no se limitaron a los mercados de información y comunicación. Las teorías económicas convencionales tuvieron que incorporar el estudio del comercio online, que permite comprar y vender productos sin que medie la presencia física del consumidor. Pero el intenso consumo de las redes sociales y de otros servicios digitales dio una nueva dimensión a la llamada economía de la atención, cuyo objeto de estudio es la competencia de las plataformas por captar y conservar el tiempo y la atención de los usuarios. Esta atención se convierte en un recurso económico porque las plataformas pueden utilizar los datos derivados de la actividad de sus usuarios para conocer sus intereses y preferencias, personalizar contenidos y ofrecer espacios publicitarios dirigidos a determinados segmentos del mercado.
En este modelo, el usuario no necesariamente paga con dinero por el servicio que recibe. Puede hacerlo, en cierto sentido, con su tiempo, atención y actividad digital: cada desplazamiento, búsqueda, reproducción, “like” o interacción puede aportar información sobre sus preferencias. La plataforma, a su vez, puede convertir parte de esa información y de esa atención en valor económico mediante la publicidad dirigida. La economía de la atención, por tanto, no considera al scroll solamente como una acción realizada por una persona frente a una pantalla, sino como parte de un proceso en el que la atención del usuario se convierte en un recurso susceptible de ser captado, medido y monetizado.
¡Sin necesidad de hacer clic!
Aza Raskin es un desarrollador estadunidense especializado en tecnologías digitales. Después de egresar de la universidad y de trabajar durante un breve periodo en una compañía tecnológica de California, fundó su propia empresa, orientada al desarrollo de software y al diseño de interfaces digitales. En 2006 creó el scroller- infinito, aunque existe una controversia histórica -no judicial- porque un ingeniero de Microsoft documentó haber implementado un mecanismo similar un año antes. Pero independientemente de la autoría, navegar por las pantallas electrónicas sin necesidad de hacer clic, o de detenerse siquiera unos segundos, ha traído consecuencias no muy positivas para los usuarios. “El propio creador, el Sr. Raskin, testificó en febrero de 2026 en un juicio en Nuevo México contra Meta, expresando su arrepentimiento por haber creado un mecanismo que atrapa al internauta en un scroll sin fin”.
Regulaciones gubernamentales
Los economistas convencionales llaman “fallas de mercado” a aquellas situaciones en que la libre competencia deja de beneficiar al consumidor, lo que justifica la intervención regulatoria del Estado -el ejemplo son los monopolios y duopolios en las economías capitalistas-. El caso del scroll infinito, sin embargo, corresponde a otra categoría: una falla de mercado de tipo conductual, en la que el diseño del producto explota deliberadamente sesgos sicológicos del usuario, generando una externalidad negativa -el deterioro de la salud mental- que la plataforma no asume como costo propio.
Frente al uso indiscriminado del celular, la reacción de los gobiernos ha sido distinta: el bloque europeo optó por exigir a las plataformas -tanto estadunidenses como asiáticas- que modifiquen la estructura misma del scroll; los países orientales, en su mayoría, se limitaron a reducir las horas de exposición al aparato telefónico.
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