Querida persona lectora,
¿Cuántas de las cosas que haces a lo largo de tu día te gustan?
Estoy segura de que hay personas que tienden a amar lo que hacen. Quizás sea porque trabajan en algo que les apasiona, porque han encontrado un equilibrio entre los deberes y obligaciones que la vida en sociedad nos impone o porque simplemente han aprendido a vivir sin demasiadas preocupaciones, ocupándose solo de lo que necesitan atender.
También hay personas que hacen la gran mayoría de sus actividades sin entusiasmo, viendo sus obligaciones y compromisos personales, profesionales, familiares o sociales como si fueran las peores cargas.
Pero no todo es blanco y negro. La realidad tiene muchos matices y colores. Incluso las personas más positivas pueden atravesar momentos de oscuridad y sentirse agobiadas por cosas que normalmente llevarían con ligereza. Y viceversa, situaciones que suelen parecer pesadas pueden volverse más llevaderas.
Quizás las cosas que se nos hacen pesadas sean aquellas que, en el fondo, no queremos hacer. Para mí, por ejemplo, sentir la obligación de hacer algo que no me gusta es una gran carga. En cambio, puedo estudiar, dar clase o escribir sobre un tema que me apasiona durante horas o días sin darme cuenta del paso del tiempo ni percibirlo como una obligación.
Sin embargo, si tengo que hacer algo que no me gusta (sea por el tema o por la forma en que se debe hacer), se vuelve una carga que convierte el tiempo invertido en una pérdida de energía.
También podemos desperdiciar mucho tiempo y energía tratando de cumplir con todo lo que los demás parecen exigirnos o con lo que nosotros mismos nos imponemos para no defraudar expectativas ajenas. Muchas veces, además, estas exigencias son contradictorias o implican un esfuerzo excesivo en ciertos momentos de nuestra vida.
Es como si nos jalaran de un brazo hacia un lado y, al mismo tiempo, del otro brazo en dirección contraria. Pensemos, por ejemplo, en cuando alguien (tu pareja, tus padres o cualquier otra persona) te pide que salgas a comprar comida o hacer un mandado, pero al mismo tiempo no quiere acompañarte ni quedarse solo en casa y te reclama. Otro ejemplo sería cuando te exigen que construyas relaciones personales o profesionales sin que eso implique alejarte de tu espacio de estudio o trabajo (y, posiblemente, sin usar redes sociales u otros medios de comunicación modernos).
Quizás estos sean ejemplos triviales, pero si quisiéramos dramatizar la situación, podríamos imaginar a alguien que te dispara o apuñala y, al mismo tiempo, te exige que no sangres.
Evidentemente, esto no es posible, así como tampoco lo es cumplir con todas las responsabilidades que vivimos como compromisos ineludibles, sintiendo casi la obligación de esforzarnos más allá de lo saludable para no decepcionar a quienes, realmente o solo en apariencia, tienen altas expectativas sobre nosotros. También es cierto que, hagamos lo que hagamos e incluso si damos nuestro mejor esfuerzo, algunas personas nunca estarán satisfechas.
Entonces, la pregunta debería ser: ¿hasta qué punto debemos esforzarnos? Hoy en día, mi respuesta, que es la de alguien que ha trabajado duro durante mucho tiempo para obtener los mejores resultados posibles en todas las áreas de su vida, sería la siguiente: demos nuestro mejor esfuerzo, con la conciencia de que nuestro objetivo nunca debería ser la perfección o cumplir con expectativas ajenas que ni siquiera compartimos. Esto puede ser peligroso y llevarnos a mostrar facetas de nosotros mismos que no necesariamente son las mejores.
Nuestro objetivo debería ser avanzar y progresar sin perder la paz interior y la tranquilidad. Ese es el límite que nunca deberíamos cruzar.
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